Atreverse a comenzar

Estamos luchando con un nuevo comienzo tras la pandemia. La palabra mágica que está en boca de todos es “reinicio”. No obstante, hay que aprender la severa pero valiosa lección de la pandemia y proyectar un nuevo comienzo.

Comenzando, por ejemplo, por la escuela. Esta no debe servir solamente a los parámetros de la economía de mercado, sino a los valores de la persona, de cada persona. Tampoco debe limitarse a transmitir el patrimonio cultural del pasado, sino promover el pensamiento crítico, construir nuevos instrumentos de análisis, dar sentido y orientación a la vida actual y del mañana. No debe convertirse en una escuela que ha olvidado enseñar el para qué vivir, que tiende por entero a inculcar meras competencias instrumentales, el modo de garantizarse un título de estudios. Ahora bien, tampoco esta idea de escuela es nueva. Numerosos pensadores y educadores la proclamaron a partir del siglo xix. Muchos ministerios de educación, no solamente en Europa, sino en todo el mundo, la colocaron como base de las reformas de sus sistemas educativos. La misma Unión Europea ha producido decenas de documentos para incentivar el derecho a la educación y a la calidad de la escuela. Y, como último hito en el tiempo, aparece en ese sentido el gran pacto educativo global, cuya ambición es implicar a todas las instituciones educativas en un grandioso proyecto para pensar y proyectar de nuevo el acto educativo.

Está bien: todo esto es loable y necesario, pero, lamentablemente, se queda a menudo en un discurso declarativo, retórico, a pesar de las buenas intenciones de intelectuales, pedagogos, decisores políticos y administradores. Aquí o allá surge alguna buena práctica ejemplar, pero que sigue siendo a menudo una excepción y no llega a convertirse en una práctica general compartida. Falta, en suma, el coraje de un verdadero nuevo comienzo. Y ello, tal vez, porque la empresa es macroscópica, desmesurada para las fuerzas de un país, de una Iglesia, de un centro educativo, de una familia.

¿Cómo atreverse a comenzar de nuevo?

Así pues, intentemos pensar de manera más realista: partamos, como hipótesis, del microsistema de un docente con su grupo de alumnos en un aula escolar durante la hora de Religión. ¿Cómo atreverse a comenzar de nuevo? Veamos tres propuestas mínimas, entre muchas posibles.

  • Tus alumnos: comienza a no tratarlos más como una masa de destinatarios estándar de tu enseñanza ni como adultos in fieri, sino como personas dotadas de una dignidad inviolable, identificables por su rostro único e irrepetible. Recuerda que tienes frente a ti a una clase formada por hijos con improntas familiares de lo más variadas; cada alumno es portador de experiencias y de competencias no  intercambiables; cada uno es capaz no solamente de aprender los saberes impuestos por el programa, sino de pensar por sí mismo, de dialogar y de objetar, de compartir y de rechazar, de soñar y de proyectar. La persona nueva del mañana nace a partir del modo nuevo con el que ha crecido en los bancos de la escuela.
  • Tu asignatura: comienza a no servirte de la religión, sino a servirla, a no tomarla como pedestal de tu carrera (aunque sea la que te asegura un salario). Sí, la religión es un saber curricular, pero es también otras mil cosas sobre las cuales la escuela debe reconocer humildemente su propia incompetencia. De religión tratan también muchos de tus colegas de otras disciplinas: ¿cómo puedes colaborar con ellos, aunque implique salir de la burocracia del programa y de los horarios? Y, por encima de todo, el verdadero programa que hay que desarrollar no es tanto el que está escrito en el libro de texto, sino más bien el mucho más difícil de hacer surgir y madurar las competencias del Homo religiosus.
  • Tu papel: comienza a no identificarte con el papel de defensor fidei, sino, si acaso, procura ser en la escuela un fiel confessor fidei. En la escuela no estás llamado a “defender” la fe, la Iglesia, la verdad (que son realidades serias, que no necesitan defensa), sino para defender más bien el derecho primario de los jóvenes a escoger libremente, a buscar un sentido, a participar en los valores de una comunidad, a compartir, eventualmente, una fe. ¿Nos atrevemos a comenzar de nuevo?
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