Elogio del alumno que pregunta
La asignatura de Religión es lugar propio para estas preguntas valientes
Un alumno que pregunta es un valiente, que sabe estar en su lugar. No solo está abierto a algo más, llamado por algo más, sino que busca. En todo ámbito del conocimiento, los que ya saben mucho, tienen más y más preguntas nuevas, que van surgiendo. Da igual el campo, aunque los métodos y los objetivos sean diferentes. Es denominador común a toda ciencia que se precie de ello, situarse continuamente en el margen de su realidad y desear el siguiente paso.
Pienso mucho en los más pequeños, que comienzan toda esta andadura. Y en las metodologías que permiten esta admiración, asombro o necesidad, y las que cercenan esta vía. Un alumno pequeño que aprende a restar y se encuentra con 4 menos 7, con frecuencia concluye que no se puede. Otro muchacho que se enfrenta a su primera carrera larga, de kilómetros, sin saber lo que realmente supone. Otros que se lanzan a trabajar en equipo como novedad. Otros que deben sentarse a memorizar, sin saber bien cómo se hace aquello. Otros que, por su propio crecer, se ven de cara con un silencio interior ya cargado con innumerables palabras y la tarea de poner orden. Así una y otra vez.
Hay un momento crucial e impreciso, que se da de múltiples maneras, en el que se abandona la infancia. Y salvo por la protección continua de los padres y sus parches, los chavales se ven sobrecogidos y sobrepasados por lo que ignoraban, se crea de golpe un mundo propio diferenciado de las rutinas y todo lo demás, y se ven obligados a sujetar lo inabarcable. Nace la persona capaz de preguntar desde sí, no por mero asombro. Nace la persona que cuestiona sus propias cuestiones. Nace la persona causada no por sí misma, a merced de vientos y mareas y frágil en principios, nace la soledad con su originalidad y miedos y la necesidad de vivir en auténtica compañía. Todo esto, mucho más, ¿tiene eco en algún momento?
El alumno que pregunta, que de verdad pregunta, está ahí, sale de sí mismo y está dispuesto a escuchar.
Que las respuestas no lleguen tan pronto como para ahogar la Vida que despierta y se libera de cavernas. Que las respuestas no pretendan devolverlo a esa infancia perdida y le permitan saludar al horizonte molesto de la complejidad. Que las respuestas no le hagan sucumbir en indiferencia, en el escepticismo de la nada que vacía todo de valor y valía. Que las respuestas no le impidan el sacrificio de lo que vendrá. Que las respuestas, sin más, le renueven la valentía y el ansia.
Creo, desde mi experiencia, que la asignatura de Religión es lugar propio para estas preguntas valientes. Frente a todos lo que piensen lo contrario. No es cultivo de la interioridad, sin más. Ni apertura al otro, sin más. Es espacio para el despertar y la liberación. En unos tiempos, la asignatura de Religión sirvió a las preguntas que iban más allá de lo eclesialmente establecido, y supuso auténtica crítica a unas costumbres dominantes; hoy, igualmente, mantiene su vocación de pregunta radical sobre lo Absoluto, sobre las preguntas que se han dado al Bien, la Verdad, la Belleza queriendo mirarlos cada vez más de cerca.

