Entrevista con Alfonso Carrasco Rouco

“La ERE significa un bien para todos en el currículo escolar”.

Se ha completado, para la Comisión Episcopal para la Educación y Cultura que preside el obispo de Lugo, D. Alfonso Carrasco Rouco, el primer curso escolar en el ejercicio del encargo recibido por la Conferencia Episcopal Española en la centésima décima quinta asamblea plenaria en marzo de 2020. La pandemia y una nueva ley de educación han marcado la actividad de este curso escolar.

Don Alfonso, antes de entrar en otros asuntos, nos parece importante que nos explicase, brevemente, el significado y las funciones de la Comisión Episcopal que usted preside.

Con las comisiones episcopales, nuestra Conferencia busca poner a disposición de los obispos un instrumento adecuado de cooperación, corresponsabilidad y comunión efectiva. La reciente renovación de estatutos de la CEE ha modificado el panorama de las comisiones y ha hecho confluir en una nueva Comisión Episcopal para la Educación y Cultura las antiguas de Enseñanza y de Patrimonio Cultural, así como la Subcomisión de Universidades. Se nos abre así un horizonte muy vasto, que implica sin duda compartir tareas con otras comisiones; aunque, por supuesto, nuestras funciones más específicas son aquellas que estaban ya encomendadas a las comisiones que han sido integradas en la nuestra.

Quisiera referirme, en particular, al gran tema de la educación, en el que recogemos el testigo de la anterior Comisión de Enseñanza (consciente de la íntima relación con Universidades y con Patrimonio Cultural). De hecho, “Enseñanza” se focalizaba en los diferentes aspectos de lo que es hoy la Educación Infantil, Primaria y Secundaria; y esto sigue siendo función específica de la Comisión.

En ello se refleja ante todo el significado inmenso que tiene la educación en la vida de la Iglesia: el amor al prójimo (a los seres más queridos y más pequeños) y la responsabilidad por el bien de la sociedad son verdaderas en la misma medida en que asumen el desafío de la educación, la apuesta sistemática por la razón y la libertad, por la formación integral de la persona. La transmisión de la fe (la comunicación de las verdades más importantes, de lo más precioso del propio corazón) ha significado desde siempre un camino educativo en el que, podríamos decir, pudiese verificarse en la vida de cada uno que el Logos se ha hecho carne. Colaborar en la salvaguardia de una adecuada comprensión de la educación es también tarea de la Comisión.

En este horizonte, se sitúan luego diversas funciones concretas referidas a la relación con las delegaciones diocesanas de enseñanza, a la clase de Religión, la formación del profesorado o la escuela católica. Es siempre una labor de acompañamiento, de orientación y coordinación, al servicio de los verdaderos protagonistas de la comunidad educativa; aunque sin olvidar la responsabilidad específica encomendada a los obispos en el cuidado de la enseñanza de la Religión Católica en la escuela. Sobresale, asimismo, la función que ejercemos en las relaciones con el Gobierno de España, por lo que respecta a la legislación sobre educación. No se trata de una tarea puntual, que se referiría solo a los momentos (frecuentes) de cambios legislativos; pues resulta necesario cuidar el diálogo y seguir con atención la actividad de las diferentes Administraciones estatales, cuyo protagonismo es evidente en la gran red de escuelas de titularidad estatal, y cuyas decisiones, en todo caso, tienen una influencia directa en el conjunto del sistema educativo.

En todas estas funciones de la Comisión se expresa, en resumen, la voluntad de hacer todo lo que nos corresponde a favor de la libertad de enseñanza, los derechos de las familias, el bien de la Iglesia y de la sociedad; lo que puede resumirse en una palabra, que nos propone el papa Francisco: promover en nuestra sociedad un pacto educativo global.

La preocupación y el impulso de la Iglesia en España por la educación va mucho más allá. La preocupación por que el legislador atienda al bien común y al respeto a los derechos de los individuos y las familias en su regulación y a la integración escolar de la enseñanza religiosa escolar como un bien para el individuo y la convivencia, ¿qué debe significar a la Iglesia con una voz propia, en el mundo de la educación?

Cuidar todos los aspectos del marco legislativo y social de la educación, defender la libertad y los derechos de todos, individuos y familias, subrayar el significado de la ERE o del ideario propio de las escuelas católicas, es un bien para toda la sociedad, y creemos una ayuda en las difíciles tareas gubernativas.

Pero la Iglesia significa ante todo una presencia amplia, consciente y propositiva en el mundo de la escuela.  No solo enriquece el sistema educativo con una propuesta hecha desde la identidad católica y conscientemente abierta a la transcendencia de la persona; sino que pone también de manifiesto que las mejores opciones pedagógicas son las que tienen en cuenta todas las dimensiones del alumno, en vista de su formación integral.

Así, en el mundo educativo de hoy la Iglesia está llamada a mostrar que es posible una escuela libre de instrumentalizaciones utilitaristas o ideológicas, nacida de la pasión por el bien de niños y jóvenes, que defienda sin reparos la libertad de enseñanza y los derechos de las familias. Esta pretensión suya se hace creíble por la experiencia real de una dedicación y una entrega de muchos años, poniendo a disposición medios materiales, consagrando personas y comunidades enteras, aportando ingenio, novedades y trabajo pedagógico incansable, acercándose a todos los lugares y a todas las necesidades.

Sorprendieron en julio con una propuesta de diálogo con el Gobierno. ¿Ha merecido la pena ese esfuerzo?

Por supuesto que sí. Para nosotros era una responsabilidad aportar todo lo propio en el diálogo con el Gobierno, por respeto a nuestras autoridades políticas y por el bien de toda la sociedad. Aunque no vimos acogida nuestra propuesta en el texto de la ley, abrimos una posibilidad de diálogo real sobre el bien que significa la ERE en el currículo escolar y la necesidad de su presencia. Esta reflexión era urgente y creemos que ha sido un bien poder iniciarla con el Gobierno, con las fuerzas políticas que lo sostienen y con los demás actores en este proceso legislativo. Y vemos imprescindible continuarla más ampliamente con todos los miembros de la comunidad educativa. Por otra parte, el desarrollo normativo de la LOMLOE no está todavía acabado: el diálogo con el Ministerio sigue siendo necesario y las vías indicadas en nuestra propuesta pueden revelarse útiles todavía en el proceso de aplicación de la ley, en la relación con las diferentes Administraciones educativas.

La celebración de los foros del currículo ha supuesto un soplo de aire fresco para el profesorado. ¿Cómo valora su implicación? ¿Qué fruto valora más positivamente?

La implicación del profesorado en los foros del currículo ha sido grande. La valoro muy positivamente, tanto en el seguimiento de las sesiones como en las reacciones y propuestas que hemos recibido. Ha puesto de manifiesto la seriedad con que el profesorado de Religión asume sus responsabilidades, su compromiso con la enseñanza encomendada y con la vida de la escuela, su deseo de renovarse, su voluntad de responder a los desafíos actuales. Valoro muy especialmente haber podido abrir la reflexión al conjunto del profesorado y escuchar sus aportaciones, el eco de su experiencia. Es una riqueza muy grande a la hora de elaborar el currículo. Por otra parte, las sesiones del foro han sido también un apoyo muy bienvenido para la Comisión, que se ha sentido alentada y confirmada en la importancia de la tarea. Y creo que han sido significativas también para el profesorado, que pudo trabajar unido en un servicio decisivo para la educación presente y futura de nuestro alumnado. En resumen, el impulso dado por los foros a asumir con toda confianza el desafío eclesial y pedagógico de la ERE me parece lo más positivo.

Como conclusión de los foros del currículo, han subrayado la vitalidad de la ERE y han remarcado su carácter profundamente escolar y eclesial. ¿Cuáles son los retos a los que el nuevo currículo debería responder?

El reto consiste fundamentalmente en saber integrar en el horizonte curricular y pedagógico de la nueva ley una enseñanza religiosa escolar fiel a su identidad, que es católica. Tenemos en primer lugar el desafío de mostrar en la enseñanza la unidad de la fe y de la cultura, y esto no nos da miedo. Sabemos que a la luz de la fe, ante el amor del Padre misericordioso, reflejado en el rostro de su Hijo Jesús, se ilumina la verdad de cada uno; que así se fortalece la apertura de la razón, cierta de la bondad de su búsqueda, y florece la vida y, por tanto, la cultura. Nos conforta en esta certeza el inmenso patrimonio cultural cristiano y la vida espléndida de tantos testigos, santos grandes y pequeños, muchas veces contemporáneos o personas queridas y cercanas.

Y tenemos el reto pedagógico de adaptar esta gran riqueza a los espacios y los ritmos que marca la ley, a las etapas educativas. Ello implica, en particular, el desafío de mostrar la contribución específica de la ERE a la adquisición de las competencias básicas previstas por la LOMLOE, sobre todo las más referidas a los conocimientos, actitudes, destrezas y desempeños más personales y sociales. Será posible entonces integrar adecuadamente la ERE en el conjunto del currículo, mostrando su relación con las otras asignaturas y con toda la vida de la escuela. De esta manera, no solo los profesores sino también los alumnos podrán percibir más fácilmente el horizonte íntegro de la educación, al que tienen derecho y en el que tiene su lugar la ERE.

 

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