La sorpresa de saber que los alumnos saben y tienen preguntas
Me parece muy interesante recuperar lo que los alumnos saben y viven, acompañar sus experiencias con seriedad y libertad.
Un buen profesor entra en clase con la sesión preparada y teniendo claro qué tiene que decir y qué tienen que hacer los alumnos para llegar a este objetivo. Con voz robótica, la frase anterior tiene mucho más sentido. Al tiempo, es mucho más preocupante. Han desaparecido por arte de magia tanto el profesor como el alumno, han dejado de ser personas, y todo se convierte en “do ut des”. Es decir, y traduciendo, una máquina expendedora puramente objetiva de producción de sujetos. En lenguaje coloquial, “como churros”.
Lo anterior lo aprendí de un marxista ateo que, pensando en una buena educación para formar personas libres, me confesaba en secreto: “Nos faltan preguntas, les sobran respuestas. Y respeto entre los adultos que queremos educar a la siguiente generación.” No son estas palabras, pero sí su esencia. Nuestra amistad estaba basada en una buena educación y en el interés por las personas. Creo que no discutimos nunca sobre este punto. Una humanidad nos unía educativamente.
Me parece muy interesante recuperar lo que los alumnos saben y viven, acompañar sus experiencias con seriedad y libertad. Me parece muy interesante en general y para todos. De hecho, creo que un buen educador se deja interpelar por el rostro del alumno, su persona, su historia, su vida, e intenta dar respuesta sin ponerse de lado para que el golpe llegue a otros. Si el contenido de la enseñanza supera a las personas a quienes involucra, allí no habrá ni maestría, ni aprendizaje.
Los profesores de Religión, en ocasiones, piensan que sus alumnos llegan a clase sin saber nada. Qué error. Llegan sabiendo mucho de Religión, trayendo su fundamento y preguntas, sus grandes cuestiones. Lo mejor que puede hacer un buen profesor (del ámbito y especialidad que sea) es seguir impulsándolas, sin convertirlos en falsos adultos antes de tiempo y sin menospreciar su conciencia, su situación en el mundo y su preocupación radical. Los alumnos llegan a clase sabiendo, como me decía un amigo y compañero, mucho. El problema de algunos es que no saben lo que ellos quieren que sepan.
No es nada ajeno, pienso yo, a cualquier materia. Es error del sistema educativo, vinculado con la productividad, y en gran medida de las familias que depositan hijos en colegios como si fueran mochilas que después de unas horas se recogerán y seguirán cargando hasta el final del día.
Todas las materias, asignaturas, ámbitos en su conjunto, dicho en general, o buscan despertar al alumno (dar clase a primera hora no es una metáfora cuando tratamos con adolescentes) o los adormecen aún más.
En tiempos en los que, seriamente y no digo cualquier cosa, la robótica y la inteligencia artificial transformarán el mundo en muy poco tiempo, la persona no dejará de ser persona pase lo que pase. Y sus preguntas, su aliento, su vida (en griego, alma) seguirán estando aquí, con su necesidad de ser lo que son, respondiendo a lo que son.
Religión es re-ligar, volver a unir. Una tarea infinita después de una separación que ha dejado herida, con una historia que nos supera y en la que aparecemos casi por sorpresa para nosotros mismos y para otros. Unir a la persona con su pregunta radical es, una vez más en la historia, algo digno de ser puesto en primer plano.

