Pedagogía del esfuerzo y del mérito
Nada hay más alentador para un estudiante que la satisfacción personal por un trabajo bien realizado, que ha costado mucho esfuerzo. Las propuestas más retadoras y complejas producen enormes beneficios cognitivos.
In illo tempore, sería cerca del año 90 d.C., cuando un ilustre romano –nacido en nuestras hispánicas tierras– M. F. Quintiliano estaba escribiendo su Institutio Oratoria. Tantos años siendo un brillante maestro le habían otorgado numerosos reconocimientos públicos y, ahora, en el retiro de su senectud, se había propuesto transmitir sus experiencias y sus convencimientos profundos sobre la educación de los jóvenes.
Por aquellas latitudes educativas, no estaban muy convencidos de la capacidad infantil para aprehender conocimiento. A menudo, aconsejaban dar poco alimento intelectual a los niños, pensando que el esfuerzo les haría daño. La comparación, que él mismo empleó, es elocuente: “…quisiera que los maestros, a la manera de las amas de leche, tratasen a los entendimientos tiernos con algo más de regalo y, por así decirlo, no llevasen a mal el hartarlos de la leche de una enseñanza gustosa…” Y parece que los últimos estudios sobre las capacidades cerebrales del ser humano (v.gr. Amor Pan, J.R., Bioética y neurociencias) le dan la razón: las propuestas más retadoras y complejas producen enormes beneficios cognitivos.
El sabio Marco Fabio creía firmemente en la exigencia, el esfuerzo y el afán de superación. Su razonamiento era claro: “…porque a los niños ni se les debe pedir ni esperar de ellos nada perfecto y, así, más vale que manifiesten un esfuerzo generoso…” Es decir, no hay que exigirles la realización de actividades perfectamente acabadas, pero sí debemos proporcionarles contenidos enjundiosos y solicitarles energías para desear el aprendizaje.
Nada hay más alentador para un estudiante que la satisfacción personal por un trabajo bien realizado, que ha costado mucho esfuerzo. Supongo que todos los docentes tenemos experiencias de este tipo, al ver las reacciones de nuestros alumnos. Por otro lado, bien sabemos que los regalos inmerecidos constituyen el declive del espíritu. En palabras de Quintiliano: “…porque ninguna cosa alienta más en los estudios, que la esperanza…”
Hic et nunc, sigue haciéndonos mucha falta recordar estas palabras de nuestros sabios predecesores. La cultura del esfuerzo se echa por tierra, cuando un gobierno propone cambios legislativos que repugnan a todo recto raciocinio. No es sólo “pasar de curso” con cualquier número de suspensos. No. Es la exclusión de todo lo que suene a esfuerzo, de unos contenidos curriculares completos y brillantes, para cursar un bachillerato digno de tal nombre.
Pero no arrojemos toda la culpa sobre nuestros políticos. En ocasiones, hemos sido nosotros mismos, los profesores de Religión, los que hemos devaluado nuestra materia. Recuerdo cómo una profesora de griego (atea contumaz, para más INRI) protestaba furibundamente al profesor de Religión, porque en sus clases de Bachillerato se dedicaban a ver películas sin fin y no trataban en profundidad la riqueza mitológica del Antiguo Testamento: “Cuando menos, leer la Biblia al nivel con que el profesor de literatura explica Garcilaso. ¡Que son alumnos de bachillerato!” Así, a menudo, llegan a mi clase de 4º de carrera, alumnos que desconocen quién es Noé. Sí, Noé. No digo la reina Esther, o Noemí, o Melquisedec: ¡Noé!
Durante años se han ido laminando los contenidos serios de nuestros temarios más altos. Preferimos dar eternamente las características de las religiones monoteístas (lecciones que tenemos bien trilladas en toda la ESO) y no meternos con profundidad en: Doctrina Social de la Iglesia, Teología Moral Personal,… Entonemos, algo también, el mea culpa.

