Monseñor Romero
Nacido y bautizado en 1917 con el nombre de Óscar Arnulfo, ha sido el primer salvadoreño y nativo de Centroamérica elevado a los altares. Hizo sus estudios de Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y, tras su ordenación sacerdotal, tuvo una trayectoria eclesiástica sin nada relevante que destacar (cura en un par de parroquias de su país, luego obispo auxiliar), hasta que en 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador, capital de la república de El Salvador. Fue en esa sede donde en solo un par de años se distinguió por una clara alineación por los pobres y opción en favor de ellos, por la defensa también de la teología de la liberación y, sobre todo, la defensa de los derechos humanos. Tanto se distinguió en esto último que el Parlamento del Reino Unido le propuso para el Premio Nobel de la Paz en 1979, un año en el que ese premio recayó en otra nominada que también llegaría a santa: la madre Teresa de Calcuta. Monseñor Romero denunciaba la represión que en El Salvador sufrían las clases pobres y la propia Iglesia católica; y eso seguramente le costó la vida, como también le iba a costar a su amigo Ignacio Ellacuría. El veinticuatro de marzo de 1990, mientras celebraba la eucaristía, un francotirador le hizo un disparo mortal. Fue un asesinato instigado, sin duda, por alguna autoridad salvadoreña, y que recuerda al que muchos siglos antes, en diciembre de 1170, sufrió Thomas Becket, arzobispo de Canterbury, en el atrio de su catedral mientras participaba con la comunidad monástica en el oficio de vísperas: asesinatos ambos de origen político, dictados desde el poder. Thomas Becket fue canonizado tres años después de su asesinato. Óscar Romero lo fue en octubre de 2018; y su festividad se ha fijado en el aniversario de su muerte, el veinticuatro de marzo.

