Benditos agnósticos
Ser minoría es una bendición. Dialogar con los agnósticos, los otros, también lo es. “Busca en tu espejo al otro, al otro que va contigo”, escribió Antonio Machado en "Proverbios y cantares".
Francesc Torralba publicó en primavera en catalán Benaurances per a agnóstics, que ahora ha aparecido en castellano. El autor ofrece una síntesis de la propuesta cristiana a partir de las bienaventuranzas a través de un imaginado intercambio epistolar. Un creyente dialoga con un agnóstico. Uno y otro se ayudan a dar a luz la verdad que los habita. El autor ya había publicado unas Cartas sobre Dios y Buda. Diálogo entre un cristiano laico y una monja budista, así como el epistolario Con Dios o sin Dios. Cuarenta cartas cruzadas. Torralba ha escrito un libro mayeútico. Para hablar hay que escuchar la verdad del otro y hacerla crecer como palabra audible que el otro debe articular como comunicable. “Tu verdad no, la Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela” (otra vez Machado). Torralba introduce los temas fundamentales del enigma y del misterio y de la encarnación. Un libro para el diálogo entre personas de diferentes edades, experiencias vitales o tierras de origen. Un libro para el diálogo con los alumnos, o entre estos y sus familias.
Este programa de vida es sorprendente. Lo sabemos. Algunos quedan chocados. La afirmación de un reino más allá de esta realidad empíricamente chata e irrelevante es una muestra de audacia. El programa cristiano anuncia una felicidad que comienza aquí, por la que hemos de trabajar juntos, pero que no acaba en nuestros días. Quizá solo los creyentes pueden captar agudamente toda la hondura del agnosticismo. El progreso no es el motor de la historia. El progreso perpetuo es un engaño, la obligación de euforia perpetua es totalitaria. Nadie nos puede obligar a ser felices. La esperanza es otra cosa. En la realidad histórica se inscriben el pecado, el mal y el fracaso. No vivimos en una historia acumulativa de progreso que al final nos acerque a una victoria total, vivimos en un “mientrastanto”. El canónigo Cardó Sanjoan, exiliado por la guerra y años después retornado, escribió en La nit transparent (1935) que “la noche no es la oscuridad, como se obstina en creer quien es vulgar. Al retirarse la cortina de la luz solar se produce en nosotros una gran liberación: los colores de la tierra se desvanecen, toda la gama cromática se apaga, incluso los susurros de los vivientes se extinguen en el silencio; la realidad recula hasta medio desvanecerse y provoca en el hombre de vida interior la gran presencia a sí mismo que solo la soledad hace posible”. La tiniebla es trasparente. La palabra boira nos hace entrever más posibilidades. Con la niebla podemos ver mejor que con una luz cegadora. Si solo progresamos, las catástrofes se convierten en serios argumentos contra esa linealidad. Estos días algunos han recordado la burla de Voltaire, puesta en labios de su Candide, ante los estragos del terremoto y maremoto de Lisboa en 1755. Guerras, migraciones masivas, catástrofes climáticas y riadas en nuestra tierra mediterránea, sindemias como la de 2020 con efectos duraderos en la salud mental de muchos, nos están robando el futuro con apelaciones apocalípticas.
Una esperanza escatológica
Los creyentes afirmamos la felicidad escatológica de los últimos. No afirmamos la distopía apocalíptica, el colapso inminente, ni la extinción universal. Byung-Chul Han describe en Der Geist der Hoffnung ese espíritu de esperanza de la mano de los judíos de origen Adorno, Arendt, Benjamin, Bloch, Espinosa, Fromm o Weil, también de Heidegger, Marcel o Moltmann, a quienes justificadamente podríamos añadir a nuestro aragonés Laín Entralgo, han abierto una nueva visión sobre el ser humano: en su espíritu hay una formidable capacidad de resistir y hacer fecundo el desierto. Esa es la esperanza escatológica de los profetas, reinventada por Juan de Nazaret. Esa es la esperanza no apocalíptica. Bienaventurados los que tienen esperanza. Esta creencia tenue de los agnósticos acuna la paciente espera de los creyentes. Los cristianos debemos mucho a los que nos plantean dudas razonables. La felicidad consiste en esperar. Gracias a los agnósticos.
Para hablar hay que escuchar la verdad del otro y hacerla crecer como palabra audible

