Como mucho, neurodidáctica
Algunas consideraciones sobre la nueva ola que nos visita en educación: la neurociencia y sus aplicaciones a nuestra tarea educativa
Participé recientemente en un encuentro de la escuela católica en una tierra muy querida. Mi aportación tenía como objetivo proporcionar criterios para situarse ante la avalancha de propuestas innovadoras que nos invade. Entre las ponencias que compartían estrado conmigo, hubo una que me llamó la atención: se hablaba de neuropedagogía. La escuché atentamente y tuve un largo y gozoso encuentro posterior con mi compañera ponente. En efecto, la neurociencia ha llegado al mundo de la educación, y bienvenida sea como todo aquello que nos ayude a comprender al ser humano y sus procesos de aprendizaje. El primer dato que aquellos que la estudian ponen encima de la mesa es que se trata de un estudio que está en sus fases iniciales. Es ya un lugar común afirmar que este siglo será el del cerebro en cuanto a avances de conocimiento del ser humano. Si esto es así, no pretendamos un lunes en clase aplicar lo que hemos aprendido en una conferencia sobre neurociencia el viernes o sábado anterior. Lo segundo que nos suelen plantear los estudiosos del tema es que nos tenemos que apear de falsos mitos sobre el funcionamiento del cerebro, tales como las diferencias personales basadas en la preeminencia de uno de los dos hemisferios, el uno más analítico y el otro más creativo, o acerca del escaso uso que hacemos de las posibilidades de nuestro cerebro. No es mi intención adentrarme en este terreno que sigo con interés, aunque no en calidad de experto sino como educador interesado en estar al día de cualquier desarrollo de nuevos conocimientos que puedan serme de ayuda a la hora de seguir profundizando en elementos clave de mi misión educativa.
El contenido de la ponencia fue verdaderamente interesante. Mi sorpresa por su título no procedía de lo acertado de lo que allí se dijo, sino de la pretensión manifestada el título de atribuir a la neurociencia la autoridad para establecer una pedagogía. Eso era lo que realmente me incomodaba, constituir a la neurociencia como fuente de una posible pedagogía. Ese propósito choca con la idea que siempre he defendido sobre la pedagogía, magníficamente expresada por März cuando afirma que “la pedagogía depende de la filosofía y se apoya en la psicología. Aquella muestra la meta de la formación ocupándose del ser humano en su totalidad”. O el mismo Duch cuando nos dice que “toda buena antropología debería ser en realidad una praxis pedagógica”. Así es. La pedagogía brota como correlato natural de la antropología, de la visión filosófica que se tenga de la persona. Y, como tal, es la primera concreción en el camino de la elaboración de una propuesta educativa.
Lo que subyace al título de la ponencia a la que me refiero es uno más de los reduccionismos en los que nos podemos instalar si no estamos atentos. Resulta que es la biología, en este caso la biología del funcionamiento del cerebro, quien determina la pedagogía. Nunca mejor dicho eso de “determina”. ¿No es esta una nueva forma de que se nos cuele el determinismo biológico, como ha ocurrido con otras propuestas educativas a lo largo de la historia? Quizá el problema más de fondo reside en el hecho de que estamos huérfanos de antropología o, como comentaba recientemente en un encuentro con profesores jóvenes, que hacemos gala de una ingenuidad antropológica, creemos que el ser humano es algo que no corresponde con su grandeza y su dignidad. No dejamos de constatar un cierto desmoronamiento de la fuerza y potencia de las utopías que den luz y eleven el fin de la educación. Entre los déficits de la educación actual encontramos, sin duda, el de la dimensión más utópica. Si esta desaparece, nos queda acudir a progresos como el de la neurociencia para que nos marquen el camino de la innovación. El mismo Héctor Ruiz nos recuerda que los posibles avances de la neurociencia podrán ayudar a la psicología cognitiva, pero en ningún caso se pueden constituir en la fuente directa de nuestro quehacer como profesores. En este sentido, y así lo convinimos en agradable tertulia con mi compañera ponente, a lo sumo podríamos hablar de neurodidáctica.
La pedagogía brota como correlato natural de la antropología, de la visión filosófica

