Cultivar

Desde su origen, la humanidad ha estado muy ligada a la tierra y a la naturaleza. El ser humano era consciente de que su propia subsistencia dependía de la tierra. Este vínculo era una fuente de sabiduría práctica.

Ahora también dependemos de la tierra, pero muchos hemos perdido el vínculo que nos une a ella. Conviene volver a nuestras raíces agrícolas e indagar qué podemos aprender. Para que la semilla germine, se desarrolle y dé sus frutos, es necesario dominar el arte del cultivo, es decir, la agricultura. De por sí, la vida de una semilla tiene un gran dinamismo vital que se potencia con la intervención del ser humano, que siembra en buena tierra, le echa abono, la riega y la previene de las plagas. La tradición bíblica está llena de ejemplos que explican el crecimiento de la persona desde el vínculo misterioso y vital con Dios: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que dé semilla al que siembra y pan al que come, así es también la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos” (Is 55,10-11). Y, siguiendo esta tradición, Jesús enseña que el ser humano es campo de Dios y la semilla es símbolo de su Palabra creadora destinada a volverse una espiga o un árbol lleno de frutos. Explicando la imagen de la vid y los sarmientos, Jesús concluye: “Os he elegido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). El mensaje es concluyente: la vocación de la persona es dar frutos, desarrollar al máximo las capacidades que Dios le ha dado. Estas capacidades humanas se desarrollan con la ayuda de las letras, las ciencias y las artes, es decir, con la cultura. De hecho, los vocablos “cultivar”, “cuidar” y “cultura” proceden del verbo latino “colo, colere, cultum”, que significa etimológicamente ‘cultivo’.

Educar sería una paciente tarea de cultivo y cuidado de todas las potencialidades que Dios ha dado a los niños. Usando esta imagen, Erasmo de Roterdam considera que, “en el campo recién salido de barbecho, debe plantarse alguna simiente, para que no lo ocupe la cizaña si se deja sin cultivar, pues es de todo punto necesario que algo crezca en él. De igual modo, si no llenamos la tierna cabeza del niño con fructíferos conocimientos, se perderá en medio de los vicios” (De pueris). Un siglo después, José de Calasanz definía la educación como un “diligente cultivo de las plantas tiernas y fáciles de enderezar que son los muchachos, antes de que se endurezcan y se hagan difíciles, por no decir imposibles, de orientar” (Memorial al cardenal Tonti). En el acto educativo se combinan dos dinamismos. Por un lado, la fuerza imparable de la vida cuyo origen está en Dios y, por otro, la acción humana de cultivar, es decir, de cuidar con paciencia y diligencia el crecimiento integral de la persona.

El oficio del educador

El oficio de educador sería semejante al de un agricultor que acompaña el crecimiento de la planta. Al principio la semilla es pequeña y parece que no tiene vida, pero tiene un gran potencial. Desde la más tierna infancia, el educador debe sembrar en los niños buenos hábitos y contenidos culturales valiosos en un entorno amable para que puedan germinar y crecer con naturalidad. En este proceso, los educadores deben ayudar a los niños a desarrollar al máximo su potencial. Así como la semilla está destinada a convertirse en un árbol que da frutos, toda persona tiene una vocación que cumplir en la vida desarrollando sus talentos y en respuesta a la realidad del entorno. El agricultor ha de tener mucha paciencia, también el maestro. Muchas veces quisiera obtener los frutos con rapidez, pero no es posible porque los procesos de crecimiento tienen su tiempo que hay que respetar. También debe aceptar que hay factores que no puede controlar en el proceso educativo y que dependen de las inclemencias del tiempo. El buen agricultor trabaja duramente, pero sabe que es Dios quien hace crecer; por eso, le reza con fe por el éxito de la buena cosecha.

Desde su experiencia como apóstol-educador, san Pablo habla a los corintios: “Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento” (1 Cor 3,7); y concluye: “Somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios” (1 Cor, 3, 9).

Educar sería una paciente tarea de cultivo y cuidado de todas las potencialidades que Dios ha dado

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