El valor de la diversidad
Uno de los principios que aparecen entre los más valorados en la cultura de nuestro tiempo es el respeto a la diversidad, de pensamiento, de elecciones sexuales, de adscripción política o ideológica, y de creencias, entre otras.
Todos sabemos que este principio, que se coloca en un lugar de privilegio en relación a otros y que se fomenta desde las políticas públicas, los medios de comunicación, la publicidad y que está en el discurso cotidiano sobre todo de las generaciones más jóvenes, cuando se lleva a la práctica empieza a encontrarse con algunas dificultades. Respetar aquello que es distinto a la propia tradición, a las convicciones personales, o simplemente diferente a como es cada uno, no es una tarea fácil por más que se proclame como principio rector de la cultura contemporánea. Por eso encontramos junto con esta valoración positiva del respeto a la diversidad numerosas y crecientes manifestaciones de intolerancia que en no pocas ocasiones se materializan en acciones violentas hacia el que es o piensa diferente. Lo vemos con claridad en el ámbito de las redes sociales, donde muchas veces lo que se va a buscar en estos espacios es el refuerzo de las propias convicciones o la agresión al que piensa distinto. Pero en un plano de mucha mayor gravedad, lo apreciamos en el drama de la guerra que atraviesa hoy a tantos pueblos, en la exclusión de los pobres y migrantes, en la persecución por motivos religiosos que se sigue sucediendo en este tiempo, en la violencia hacia las mujeres, y tantas otras situaciones en el que ser diferente se convierte en un peligro.
Desde la educación, y en lo que nos concierne especialmente, desde la educación religiosa escolar tenemos una gran oportunidad que a la vez es un desafío para poder contribuir a que estos principios puedan volver a comprenderse y llevarse a la práctica. Más allá de algunas voces que puedan seguir cuestionando esta disciplina, no caben dudas de que uno de los pilares para la construcción de una sociedad que transite los caminos de la tolerancia y el entendimiento mutuo es la educación en materia religiosa. Aunque parecería que esta perspectiva es más propia del modelo no confesional, hoy no podemos concebir la enseñanza de la religión desde el modelo confesional prescindiendo de este enfoque. La misma reflexión del magisterio de la Iglesia de estos últimos tiempos ha dado muestras suficientes del valor que le asigna a la educación en clave de diálogo intercultural. En América Latina, se puede apreciar que los cambios que se fueron produciendo en materia de enseñanza religiosa escolar en relación a lo que se practicó durante mucho tiempo como ERE concebida como formación exclusiva en la fe católica, van en la línea de la aceptación y hasta un favorecimiento de un nuevo paradigma. Parece haber una toma de conciencia de la necesidad de estas modificaciones a partir de la realidad que se impone desde el reconocimiento y valoración que se tiene en este tiempo acerca de la diversidad y del diálogo intercultural, que se busca favorecer incluso dentro de la misma escuela católica.
Apertura a la diversidad
Mirando la situación que vive la Iglesia, vemos la tensión que produce en su interior la apertura a la diversidad. En realidad esto no es algo nuevo, y una clave de lectura de la historia de la salvación podría hacerse desde la tentación de la uniformidad de Babel hasta el acontecimiento de Pentecostés, en el que don del Espíritu hace posible que los apóstoles se hagan entender con los hombres y mujeres provenientes de diversos lugares. El magisterio del papa Francisco se ha expresado insistentemente en este sentido. Se lo decía en 2021 a los obispos en Budapest: “La diversidad siempre da un poco de miedo porque socava las seguridades adquiridas y desafía la estabilidad conseguida. Sin embargo, es una gran oportunidad para abrir el corazón al mensaje del Evangelio: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12). Ante la diversidad cultural, étnica, política y religiosa, podemos tener dos actitudes: encerrarnos en una rígida defensa de nuestra supuesta identidad, o abrirnos al encuentro con el otro y cultivar juntos el sueño de una sociedad fraterna”. Desde el lugar que nos toca, tenemos la oportunidad de contribuir a que este valor pueda dejar de ser un sueño y convertirse en realidad.
Tenemos la oportunidad de contribuir a que este valor pueda dejar de ser un sueño y convertirse en realidad

