Cuerpo glorioso
La Semana Santa andaluza tiene mucho que ver con dos concilios. Trento encauza y potencia, y Vaticano II clarifica y purifica. El cartel de la de Sevilla de este año tiene que ver con el segundo.
Antes del Concilio de Trento, existían en España cofradías que comienzan a ser punta de lanza de la evangelización por dos motivos fundamentales: su cercanía sociológica a la gente y la facilidad con la que los fieles asumen y entienden las formas de expresión de las propias cofradías. La otra cara de la moneda es la primera voladura controlada de las cofradías penitenciales que se produce en el reinado de Carlos III. Sus ministros ilustrados decretaron la abolición de un gran número de estas asociaciones. Pensaban que erradicarlas equivalía a “terminar con uno de los focos de espiritualidad bárbara e incluso impía”. La animadversión de los burócratas josefinos hacia las formas externas de religiosidad popular se evidenció en el mismo sentido.
La Novísima recopilación de 1805 legaliza esa situación y trasluce la finalidad de erradicar un tejido de células de poder religioso, so pretexto de que su vida interna era terreno abonado para escándalos de todo tipo. Pero la religiosidad popular vivenciada al comienzo del siglo XIX continúa apegada a las fórmulas barrocas en cuanto a la finalidad de las cofradías, con una fuerte carga asistencial y la plasmación del ritual procesionista en Semana Santa. La restauración religiosa decimonónica culmina tras la Guerra Civil. Las celebraciones vinculadas a la religiosidad “popular” del nacionalcatolicismo legitimaron muchas veces la situación establecida, a veces en pugna con otros imaginarios franquistas o como escape de estos. Consecuencia de la autocrítica religiosa desarrollada en España desde mediados de los cincuenta y del impacto del concilio, las reticencias llegaron hasta el pontificado de Juan Pablo II. La jerarquía eclesial posconciliar da cuenta de ello al estar convencida de que “la médula de esa religiosidad popular [está en] sentir la necesidad de expresiones más accesibles para aquellos para los que las fórmulas litúrgicas, cuyo lenguaje bíblico y teológico no consiguen comprender y cuyo clima resulta demasiado austero para su exuberante sensibilidad imaginativa” (El catolicismo popular en el sur de España, documento distribuido oficialmente “para la reflexión de los obispos”, publicado en 1975).
Paralelamente, el interés de la Iglesia por adecuar las variadas y ricas expresiones de la religiosidad popular a la doctrina del Concilio Vaticano II tiene su primera manifestación en el magisterio de Pablo VI: la exhortación apostólica Marialis cultus, sobre la ordenación del culto a la santísima Virgen María, de 1974. Y al final de ese mismo decenio se dice también que “la piedad popular se refiere a […] las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo o de una etnia y de su cultura. Por ello, no solamente es objeto de evangelización, sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo” (Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla, 1979, 450). Los nuevos ayuntamientos socialistas y comunistas soplaron a favor.
Celebrar la resurrección
Entre 1969 y 1972 se gesta la Hermandad de la Resurrección de Sevilla. En 1972, la Junta de Gobierno se plantea la necesidad de tallar la mejor imagen posible de Jesucristo en su resurrección; se encarga a Francisco Buiza Fernández. Entre 1981 y 1992 ya es Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos, aunque un sector del mundo cofrade protestó vehementemente por su inclusión entre las penitenciales. En 2019, se celebra el cincuenta aniversario de la fundación, con procesiones extraordinarias: un vialucis con el cirio pascual y Nuestra Señora de la Aurora, y la salida de la Sagrada Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Sin estos precedentes, no tendríamos el cuerpo glorioso con el que Salustiano García ayuda a celebrar “la parte luminosa” de la fiesta religiosa, es decir, la resurrección.
Salustiano García ayuda a celebrar «la parte luminosa» de la fiesta religiosa

