A “okupar” la calle
“A ocupar la calle, que no pase nadie, que pase…”. Esta cancioncilla ha alegrado la infancia de infinidad de niños. En los puntos suspensivos, variantes de la creatividad popular. Hoy, algunos quieren helar las risas del juego. Cambian una simple letra, la “c” por la “k”, suena igual, pero chirría al oído fino. Y las variantes, reducidas a una, a uniformar: “A okuparlo todo, que no pase nadie, que pase quien yo diga”. No pasarán, a jugar, quienes no canten la nueva letra. Pueden acusarles de lo que quieran, pero no de incoherencia. Proclaman siempre alto y claro su superioridad moral. Es lógico que dicten ellos las normas. Saben lo que nos conviene. Es más, bien mirado, es normal que ellos se erijan en norma, de donde emanen leyes y jurisprudencia. Aunque haya jueces que no quieran entender que supremo ya no significa supremo.
Cercanas las fechas de puertas abiertas, elección y matriculación, se reactiva el agitprop, estrategia de agitación y propaganda “por una escuela pública y laica; Religión fuera de la escuela”. En su adoctrinamiento es esencial la mentira, con disfraz de lenguaje doble. “Pública y laica”, en raíz sinónimos, perteneciente al pueblo, ahora significan “estatal” y “atea”. Herederos del absolutismo (“el Estado soy yo”), corregido y aumentado por el imperialismo napoleónico y discípulos aventajados (Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, Castro… hasta hoy mismo), ellos son el pueblo. Por eso nos empujan “hacia una plena laicidad del Estado, con especial urgencia en el ámbito educativo”. Laicidad es aquí laicismo. Y “estatal, público y laico” significan “privado”, pues el Estado es algo privativo suyo, su granja (clarividente Orwell). “Exprópiense” los alumnos a sus familias. Ser profesor de Religión tiene que ser algo importante dado el tesón y la saña con que los acosan y persiguen. Proclamar rey al alumno, poniéndose a su servicio, trae consecuencias.

