¡Espera en Dios!
El papa Juan Pablo II, con sus ochenta y dos trabajosos años, recordaba bien la llamada. Dos años antes, en los ejercicios de Cuaresma del Gran Jubileo de 2000, el director invitaba con énfasis: “¡Confía en Dios!”. Sus reflexiones calaron hondo, la profundidad iba acompañada de memoria de vida. Ahora, en su funeral, recordaba
el anciano Papa en la homilía cómo este heroico heraldo del Evangelio de Cristo “contaba que precisamente en la cárcel había comprendido que el fundamento de la vida cristiana consiste en elegir a Dios solo, abandonándose totalmente en sus manos paternales”.
El arzobispo vietnamita Francisco Javier Nguyen Van Thuan había pasado trece años en cárceles comunistas, amando siempre a todos. El secreto: clavarse cada día en la cruz con Cristo. Adelgazaba el hombre viejo para ir dejando traslucir resplandores de eternidad. Reescribía la Sabiduría en su vida: “Su esperanza estaba llena de inmortalidad. Dios lo aceptó como holocausto”. Se une al grandioso desfile de túnicas blanqueadas en la sangre del Cordero que celebra la solemnidad de Todos los Santos. Sus increíbles vidas invitan a unirse al canto coral: “El Señor es mi luz, ¿a quién temeré? Espera en Dios, sé valiente; ten ánimo, espera en Dios”. El Evangelio es una temeridad. Propone lo imposible, que seamos perfectos como el Padre. Nguyen confesaba tener miedo a la santidad, le gustaban las medias tintas. Pero cuando aceptó la voluntad de Dios (cárcel, tumor), pudo decir: “En su voluntad está mi paz”. Ser profesor de Religión supone gozar del privilegio y la responsabilidad de distribuir la sabiduría del Evangelio de Jesucristo, patrimonio cultural de la humanidad, que genera tales maravillas. No pocas veces, en su peculiar “cárcel”, como Van Thuan, solo necesitará tres gotas de vino y una de agua en la palma de su mano para que
se obre el milagro eucarístico: derribar los muros que separan y crear fraternidad.

