Educar la memoria
Europa es memoria: un gran museo continuo, construido por una cadena de generaciones. Lo que los historiadores llaman “la gran cultura europea” es, sustancialmente, la memoria de un patrimonio de ideales.
Europa se alimenta de memoria. Mucho antes de que nacieran los Estados nacionales, las sociedades europeas se habían dado ordenamientos civiles para evitar los conflictos tribales entre etnias no homogéneas y reducir la disparidad entre las clases. Desde el imperio hasta el feudalismo y los distintos tipos de monarquía, desde esta última hasta los actuales regímenes de democracia parlamentaria, la Europa política, entre evolución y revoluciones, ha recorrido un itinerario histórico experimentando modelos de vida fundados en la memoria de las propias raíces plurales. Códigos y legislaciones, desde Constantino hasta el Tratado de la Unión Europea, se nutren de la savia vital de los grandes textos civiles y sagrados del pasado y, por decirlo así, se convierten en una memoria viviente. Ni siquiera la Revolución francesa, con su declarado ateísmo, pudo prescindir de las raíces bíblicas; sus mismos ideales de libertad, igualdad y fraternidad se han convertido en un “Evangelio al revés”. Valores como la dignidad de la persona, la justicia social, las libertades individuales y colectivas, la solidaridad, se han arraigado lenta pero ampliamente en la ética pública y privada hasta el punto de que se puede hablar de una civilización europea específica, singular, distinta, por ejemplo, de civilizaciones asiáticas o culturas africanas. Si, más allá de las leyes de convivencia civil, se piensa también en el enorme patrimonio de la producción intelectual y espiritual que la ciencia y la cultura actual han heredado de dos milenios de tradición cristiana, bien se puede decir que Europa sigue alimentándose de la mina de tantas memorias capitalizadas del pasado, vivificándolas en el presente.
Europa hace memoria. Pero no se vive solo de los recuerdos del pasado. El pasado tampoco merece ser reconocido como un nostálgico patrimonio museológico. El pasado reemerge en el presente. De ello dan testimonio los muchos aniversarios que celebramos periódicamente, sea como sociedades civiles (por ejemplo, la fiesta del cumpleaños, el fin de una guerra, la fundación de la República, la caída del muro de Berlín, etc.), sea como sociedad religiosa. Las mismas fiestas litúrgicas señaladas en nuestros calendarios hacen memoria cotidiana y cíclica de los santos y, sobre todo, de los acontecimientos pascuales de la vida, muerte y resurrección del Señor. En efecto, en el centro del rito eucarístico resuena la frase “haced esto en memoria mía”, palabra creadora por excelencia, puesto que esta memoria “realiza” la comunidad eclesial. Por el contrario, resulta doloroso reconocer que en la historia de la pastoral y de la catequesis modernas la memoria haya sido asociada casi siempre y solamente con un cuerpo de doctrinas y de normas morales que los niños tienen que aprender de memoria y conservar durante la vida adulta. La fe vivida es algo muy distinto de este árido recuerdo conservado de memoria. La Europa cristianizada de los siglos pasados podrá seguir viviendo y creciendo todavía como Europa cristiana (aunque sea en un tiempo que se ha vuelto culturalmente poscristiano) en la medida en que haga memoria activa de la Palabra de la cual ha nacido, en que haga memoria ética de ese gran código que es el Evangelio, en que haga memoria eucarística de su Salvador en aquella mesa que hace hermanos.
Memoria y educación
Europa educa la memoria. Para generar memoria en las nuevas generaciones, hacen falta padres, maestros, educadores. He ahí el papel de la escuela con sus docentes de Historia, de Literatura, de Arte, de Ciencias, para transmitir a los jóvenes la memoria de la multiforme creatividad del genio humano y habilitarlos a convertirse en dignos herederos y promotores del capital cultural aprendido. Y he ahí todavía la escuela europea con sus docentes de Religión para comunicar la memoria de aquellos valores específicos transmitidos por una tradición confesional particular que dan sentido a la vida, que indican normas de conducta a la vida comunitaria en sociedad y que plantean interrogantes profundos a quienes se ponen en la búsqueda de un ideal trascendente.

