Empezar con gracias y perdón
Ya se avecina el nuevo curso. Pronto llegarán los alumnos. El tiempo, que no descansa, cumple con lo prometido y septiembre obliga a recoger muchos instrumentos y recuperar materiales olvidados. A veces cuesta, al volver al entrar por el colegio, saber qué hacíamos allí exactamente. Y no digamos “lo de las contraseñas”.
Si decimos que la persona es lo primero, comencemos por ahí. Por el nombre, por conocernos, por escuchar. Que el alumno pueda decir algo, antes de que le caigan encima, hora tras hora como de costumbre, objetivos, criterios, cosas, materiales e incluso tareas varias, cuando no exámenes de evaluación inicial, lecturas iniciales.
Podríamos tomar como referencia las palabras del papa Francisco en CV 221: “Una de las alegrías más grandes de un educador se produce cuando puede ver a un estudiante construirse a sí mismo como una persona fuerte, integrada, protagonista y capaz de dar.” Si decimos, entonces, que la persona es lo primero, que el profesor también diga algo. Que hable. ¿Por qué no dar gracias y pedir perdón? ¿Ya, antes de que pase, al menos, un mes? ¿Hay algo que agradecer y disculpar, sin habernos todavía conocido?
Se me ocurre. Dar gracias por la oportunidad de aprender, porque nos dedicamos a algo bello, bueno, enriquecedor, constructivo, ilusionante, exigente. Dar gracias porque nuestra vida sería de otro modo sin la escuela, sin el empeño de la educación, sin la dedicación de los maestros desde nuestros primeros pasos. Dar gracias por la colaboración, por la amistad, por las sorpresas que nos superarán y de las que tendremos ocasión de mejorar, por las iniciativas y novedades que vengan, por la solidaridad que demostremos, por la pasión, la admiración, la entrega. Dar gracias por la escucha, la atención, la claridad. Y tantas y tantas cosas que, a buen seguro, viviremos. Incluso juntas.
Pedir perdón a los alumnos que no saben por qué están aquí, por qué van a la escuela, en general, o han pasado curso y curso sin amar lo que hacen, por mera obligación social, familiar. Pedir perdón a los alumnos que no hemos sabido cuidar, que han vivido algo importante sin tiempo para reflexionarlo, para hablarlo calmamente, y están heridos, por las mismas relaciones de las que además esperaban cariño, comprensión y paciencia. Pedir perdón a los alumnos a los que no les hemos pedido lo mejor que pueden dar, que no lo hemos sabido ver, o a los que pasaban simplemente normal, discretamente, sin ser valorados y reconocidos. Pedir perdón por la carencia de sentido en la que se puede llegar a convertir esto de entrar en el aula, leer, hacer operaciones, ser creativos, ejercitarse, trabajar en grupo.
En la escuela de Ignacio de Loyola, de cuya fuente beben tantos y tantos educadores y personas en el mundo, se aprende a identificar el buen y mal espíritu, para darle rienda suelta al primero y moderar el impacto del segundo. Ojalá este fuera, en la cotidianeidad de la escuela y su ritmo, algo siempre prioritario: discernir y usar tanto cuanto, el examen sincero, confiado y frecuente, la presencia del “monitor” que me ayuda a conocerme mejor.
Buen curso 2021.

