Europa: ¿dónde están tus jóvenes?
Y no pregunto por los espacios físicos, sino por cuáles son los lugares esenciales en los que habitan, por qué ideales viven, qué relaciones experimentan. En otras palabras: qué es lo que plenifica (o vacía) su vida.
No faltan estudios sociológicos: organismos nacionales y europeos nos los ofrecen de continuo. También el último sínodo sobre los jóvenes favoreció sondeos y análisis de expertos. El universo juvenil es monitoreado en cada uno de sus aspectos: intereses cotidianos, proyectos de vida, relaciones afectivas, conflictos de identidad, la escala de valores éticos o la evolución de las tendencias religiosas. Limitándome a observar estas últimas, la religiosidad de los jóvenes europeos presenta rasgos indudablemente desconcertantes. Pero no son características que infundan un pesimismo radical. Verdad es que la religión se encuentra siempre en la cola en la escala de preferencias. La institución, su doctrina y sus ritos no interesan. Su moral, la de las prohibiciones, se considera anticuada en una sociedad éticamente neutral. Gran parte de los jóvenes, sin estar “contra”, aprende muy pronto a vivir simplemente “sin”: sin Dios y sin Iglesia. Es el conocido fenómeno de la creciente desafección religiosa, señal visible de una secularización que, con diversas velocidades y modalidades, ha invadido tanto las sociedades escandinavoluteranas como las católicas mediterráneas y, ahora también, las eslavo-ortodoxas tras la caída del muro de Berlín.
No sin razón intelectuales y teólogos hablan desde hace años de una Europa poscristiana. También los obispos católicos, desde el sínodo para el nuevo milenio (1991), se habían atrevido a hablar de una apostasía de Europa. A todos, y no solamente a los jóvenes, se les hace hoy cada vez más difícil seguir creyendo como las generaciones precedentes. La “brecha generacional” se hace sentir pesadamente también en la transmisión de la fe. Gran parte de los jóvenes, sin estar “contra”, aprende muy pronto a vivir simplemente “sin”: sin Dios y sin Iglesia Y no pregunto por los espacios físicos, sino por cuáles son los lugares esenciales en los que habitan, por qué ideales viven, qué relaciones experimentan. En otras palabras: qué es lo que plenifica (o vacía) su vida.
Ya se sabe: desde Dublín hasta Atenas, desde Oslo hasta Malta, la práctica religiosa desciende en todas partes una vez que se han recibido los sacramentos de la iniciación cristiana, y solo una exigua minoría de los jóvenes encuentra apoyo en una familia que sigue siendo practicante o, quizá, a través de la participación en una asociación juvenil; o, también, en la clase de Religión (siempre que el docente se abstenga de todo comportamiento abierta o solapadamente proselitista).
Saber dar testimonio, educar y acompañar
Pero, aunque muchos jóvenes se vuelven rápidamente alérgicos a la religión heredada del ambiente, un buen número de ellos (madurando con los años y creciendo en sociedades culturalmente promiscuas y multirreligiosas) sabe mantener viva la sed de lo trascendente, se pone en busca de estilos de vida y de nuevas espiritualidades (tal vez más en busca de un bienestar y de un apoyo psicológico que por anhelo religioso), sigue alimentando de todos modos aquel interrogante insoslayable y nunca satisfecho del “por qué vivir”. La solidaridad social y la no-violencia, el cuidado de la interioridad, la escucha del otro y del diferente, la búsqueda de adultos significativos con los que consultar y en los cuales reflejarse, las luchas ecológicas por un futuro sostenible: son valores que regresan visiblemente al centro del interés del joven europeo “poscristiano”.
Lamentablemente, estas tensiones positivas hallan obstáculos objetivos y contradicciones en muchos aparatos de la sociedad civil y de las mismas Iglesias. ¿Cómo ser seriamente solidarios con el pobre y con el inmigrante si el sistema Estado y Europa funcionan implacablemente basados en el mito del mercado y de la competencia? ¿Cómo educar la dimensión de la interioridad si el joven (habitualmente hiperconectado, cómplice de la insidiosa dependencia de la infosfera) renuncia al imperativo agustiniano “redi in te ipsum, in interiore homine habitat veritas” (‘entra dentro de ti mismo, porque en hombre interior reside la verdad’) para dejarse captar por el fácil mundo virtual? Y ¿cómo encontrar adultos significativos cuando los mismos padres, aun habiendo pedido el bautismo para sus hijos, son los primeros en renunciar muy desenvueltos a su vocación bautismal? La misma enseñanza de Religión puede hacer bien poco, muy poco, si la familia y la Iglesia local son las primeras que no saben dar testimonio, educar, acompañar.

