Europa: es hora de repensar tu escuela
El paso de la pandemia no dejará intacto el tejido conectivo de nuestras sociedades, e incidirá en las dinámicas de producción, consumo, viajes, etc. También cambiarán, deberán cambiar, los sistemas educativos.
Europa tiene mil y una razones para preguntarse seriamente sobre sus modelos educativos. Más allá de tantas buenas intenciones a menudo declaradas pero raras veces mantenidas, ¿en qué se ha convertido el sistema de escuela en la generalidad de los países europeos? En una escuela tomada, literalmente, como rehén del sistema económico- productivo. En una escuela preocupada por preparar al trabajador, al profesional, al experto, pero que olvida demasiado a menudo formar a la persona, al ser humano, al ciudadano. En una escuela esclava del paradigma tecnocrático del homo faber, que aspira a proporcionar competencias instrumentales, alentando así el individualismo competitivo y la discriminación social. En una escuela que, retóricamente, pretende comunicar los valores de la justicia, la
libertad, la solidaridad, pero que, objetivamente, termina alimentando el ego(ísmo) y haciéndonos regresar al estado salvaje del homo homini lupus de Hobbes.
Bienvenida, pues, una iniciativa de alto contenido ético como la vaticana del pacto educativo global (cf. Religión y escuela, marzo de 2020), que hunde sus raíces en los cuatro “noes” de la exhortación apostólica Evangelii gaudium (53-60): no a una economía de la exclusión, no a la nueva idolatría del dinero, no a un dinero que gobierna en lugar de servir, no a la inequidad que genera violencia. Un pacto educativo que se propone implementar el triple imperativo de una ecología integral (encíclica Laudato si’ 138-155), una ecología sistémica que debe ser contextualmente medioambiental, económica y social. Y no hay icono más idóneo para representar plásticamente este pacto nuevo entre el ser humano, las generaciones y el cosmos que esa imagen “casi apocalíptica” de Francisco que, mientras cae la noche sobre una plaza de San Pedro desierta y en un silencio roto solamente por las sirenas de las ambulancias, implora salvación para toda la humanidad, porque todos los seres humanos, creyentes de todas las fes o no creyentes, “estamos en la misma barca”.
Reinventar la escuela
Urge repensar de raíz los fundamentos de la educación. Antes de Francisco, varios “profetas de la nueva educación” (Paulo Freire, Iván Illich, Lorenzo Milani o Xavier Zubiri) habían formulado severas críticas a la deriva de la escuela tradicional, pero sus propuestas radicalmente humanísticas fueron lamentablemente desoídas como si fuesen generosas utopías quijotescas. ¿Podrá, al menos, un poderoso evento histórico como esta pandemia hacer que se abran los ojos y los corazones a los deplorables déficits que padece la educación occidental? ¿Podrá la Unión Europea repensar un perfil de ser humano y de sociedad digno de la mejor cultura moderna, pero sin traicionar los principios fundacionales de la gran tradición bíblico-cristiana?
Reinventar la escuela en los contextos problemáticos de la actual coyuntura significa empeñarse por una educación que sepa respetar, por lo menos, algunos presupuestos mínimos, como, por ejemplo: distinguir lo necesario de lo contingente y no confundir lo necesario con lo útil; no confundir los medios (la cultura, los saberes, las competencias) con el único fin, que es la persona; restablecer la alianza entre la escuela y la familia, entre lo público y lo privado, entre lo local y lo global; conjugar el respeto de los derechos fundamentales con el cumplimiento de los no menos esenciales deberes; integrar “cabeza, corazón y manos” en una circularidad ininterrumpida de pensamiento crítico, sabiduría emotiva y capacidad creativa.
En la vertiente específica de la enseñanza de Religión, no se podrán minimizar o ignorar ciertos interrogantes que inquietan las conciencias de la opinión pública y de los responsables políticos y religiosos, y que los mismos docentes de Religión viven en sus propias carnes de profesionales de la enseñanza. Docentes de Religión de toda Europa: es hora de repensar vuestra “increíble” misión.

