Factor religioso en Europa

Caminamos hacia una Europa que ha superado confesionalismos y fundamentalismos religiosos, pero también ateísmos de Estado y laicismos que anteponen las ideas a las personas. Es la Europa del bien común.

El análisis del factor religioso en Europa es complejo y poliédrico. En los últimos años, predominan explicaciones de secularización y descristianización. Ejemplo de esta prevalencia son titulares que golpean todavía hoy dicho análisis, por ejemplo, los argumentos de Bertrand Russell en ¿Por qué no soy cristiano?; o la pregunta del titular de Newsweek: “¿Ha muerto Dios en Europa?”. André Glucksmann parece responder que sí en su obra La tercera muerte de Dios, en la que describe el eclipse de Dios, un apagamiento que, a su juicio, está aconteciendo silenciosamente en Europa.

Sin embargo, los numerosos pronósticos sobre la muerte de Dios no siempre acaban siendo realidad. Hay cambios, pero no finales. No se han cumplido las predicciones de los maestros de la sospecha; la religión resiste, explica el catedrático de Biología, Ramón María Nogués, con evidencias históricas y antropológicas: cambiará y se adaptará, pero resiste. Otro sociólogo de la religión, José Casanova, concluye, tras sus análisis de lo religioso en sociedades modernas, que Dios siempre estará de moda. Otros autores circunscriben la crisis a lo institucional y hablan de un retorno de lo religioso. En cualquier caso, nosotros sabemos que la muerte es solo un paso más de la vida y, por tanto, acogemos la realidad con responsabilidad, pero sin alarmas.

En este contexto se ha celebrado, sin demasiado impacto mediático, el quincuagésimo aniversario de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Unión Europea y, también, el quincuagésimo aniversario de la presencia de la Santa Sede como observador permanente ante el Consejo de Europa. Con estos motivos, se ha publicado una carta del papa Francisco al cardenal Parolin. Son relaciones que funcionan con normalidad y que nadie considera que correspondan al pasado o sean privilegios de otro tiempo. Forman parte de una comprensión colaborativa en la construcción del bien común y se valoran como positivas.

Qué Europa queremos

Francisco actualiza en su carta las palabras de Juan Pablo II en Santiago de Compostela: “Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma”. Y añade: “Europa, tú, que has sido una fragua de ideales durante siglos y ahora parece que pierdes tu impulso, no te detengas. […] Europa, ¡vuelve a encontrarte! Vuelve a descubrir tus ideales, que tienen raíces profundas. ¡Sé tú misma! No tengas miedo de tu historia milenaria, que es una ventana abierta al futuro más que al pasado”.

En este marco, se plantea qué Europa queremos, cuál ha de ser su contribución a la humanidad. Y la respuesta tiene que ver con ese modo de comprender lo humano tan propio de las raíces europeas y de la tradición judeocristiana: la originalidad europea está, sobre todo, en su concepción de persona y de sociedad; en su capacidad de iniciativa y fraternidad. “Sueño [explica Francisco] una Europa amiga de la persona y de las personas. Una tierra donde sea respetada la dignidad de todos. Una tierra que cuide la vida en todas sus etapas, que protege al más frágil y débil. Sueño una Europa que sea una familia humana teniendo en cuenta la diversidad. Sueño una Europa solidaria y hospitalaria, con esa solidaridad inteligente que no se limita a necesidades en casos puntuales”.

“Sueño [concluye Francisco] una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos, pero no contrapuestos. Una tierra abierta a la transcendencia. […] Han terminado los tiempos de los confesionalismos, pero también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y a Dios, porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la transcendencia no respeta a la persona”.

Desde nuestro “Punto de vista”, esta perspectiva europea del bien común es una inspiración a tener en cuenta y que ayudaría a comprender lo religioso en la sociedad y en el sistema educativo. Nos vendría bien leer y pensar la carta citada.

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