Liderar instituciones educativas

Muchas instituciones educativas de la Iglesia pueden ver comprometida su continuidad si no logran realizar cambios que les permitan adaptarse a la nueva realidad. Los educadores directivos deben saber liderar en esta situación.

Es una alegría volvernos a encontrar otro año para compartir nuestra mirada sobre la enseñanza religiosa escolar y sobre la educación católica desde América Latina. Me toca reflexionar en un tiempo de vuelta a clases en Europa después de los meses de confinamiento y de vacaciones, mientras en esta parte del planeta la mayoría de las escuelas permanecen cerradas y no parece haber un horizonte de apertura hasta el próximo año. Dentro de todos los frentes que se  presentaron para la educación en general a causa de la pandemia, hay un desafío que enfrenta la educación de gestión privada, y en este marco la educación católica, que tiene que ver con su sustentabilidad a raíz de las consecuencias económicas que ya está dejando este tiempo  inédito.

En América Latina, hubo un progresivo aumento de la educación privada desde los años sesenta a esta parte, con un impulso sobre todo en la década del ochenta y una consolidación en nuestros días, en el que se puede observar un incremento de la participación de la matrícula en escuelas privadas sobre el total. En algunas grandes ciudades latinoamericanas, la educación privada puede superar el treinta por ciento del total de la matrícula (por ejemplo, en la ciudad de Buenos Aires, llega al cincuenta por ciento). No podemos desarrollar aquí cuáles son los motivos que llevan a las familias a elegir la educación de gestión privada sobre la de gestión estatal, pero sí podemos decir que esta decisión se ve condicionada por el factor económico. Salvo en los países en los que el Estado subsidía a algunas escuelas privadas, lo que permite que los aranceles puedan verse reducidos o hasta ser una oferta gratuita, en el resto de los casos, estas escuelas pueden sostenerse solo con lo que cobran a las familia. Y si los ingresos económicos se ven reducidos como está sucediendo, muchas familias tendrán que buscar otras alternativas dentro del sector privado o público para la educación de sus hijos.

Sentido de urgencia

Muchas instituciones educativas de la Iglesia pueden ver comprometida su continuidad si no logran realizar los cambios necesarios que les permitan adaptarse a esta nueva realidad. Frente a una crisis de este estilo, que en muchos países de América lamentablemente estamos acostumbrados a tener cada tantos años, se hace necesario poder contar con personas capaces de liderar en medio de la tormenta. Y estos líderes no son otros que los miembros de los equipos de conducción, que tienen la responsabilidad de dirigir y gestionar el desarrollo del proyecto educativo institucional, que en la escuela católica es un proyecto pedagógico pastoral.

El hermano Afonso Murad, en su libro Gestión y espiritualidad: una puerta entreabierta, plantea algunas pistas interesantes acerca del proceso de la gestión del cambio. Entre las que desarrolla, hay una que considero que nos toca de cerca a nuestras instituciones educativas de la Iglesia. Murad menciona que el primer paso para el cambio es establecer un sentido de urgencia, para lo que hay que tomar en serio el grito de alerta que nos presenta la situación actual. Lo contrario a este sentido de urgencia es la complacencia, defecto en el que pueden caer las instituciones de la Iglesia católica, que por ser algunas muy antiguas y estar arraigadas en sus logros, no sienten que tengan que cambiar nada. Desde este sentido de urgencia, el equipo directivo deberá buscar respuesta a la pregunta: ¿qué cambiar y por qué cambiar ahora?, haciendo foco en aquellas cuestiones que necesitan cambios rápidos, al mismo tiempo que se trabaja para desarrollar una visión de futuro.

La mirada profética de Francisco nos había convocado a unirnos este año en un pacto educativo global. Es por eso que se hace necesario más que nunca que los educadores directivos conduzcan la barca en medio de la tormenta y, aun cuando se hace difícil porque no se ve con claridad la otra orilla, puedan llevarla a buen puerto para que nuestras instituciones educativas católicas puedan seguir aportando desde su identidad a la construcción de la “aldea de la educación”.

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