Mirando a China
Hemos mirado con miedo a China por ser el origen de la pandemia que aún vivimos. A través de esta serie de artículos, os invitamos a renovar la mirada más allá de los prejuicios: la tradición que el país del centro atesora y su inmenso caudal sapiencial, así como la lealtad a la creciente comunidad china que convive con nosotros, nos obliga a ello.
Cada tres de mayo, la gente del pueblo de Lian, en la ciudad de Fujian, se congrega al amanecer en el templo La Brillante Luna, al oeste del condado, y preparan ofrendas para honrar a su ancestro Xuelingzhi. La imagen, ataviada con túnica roja, bonete bialar y tupida barba, es paseada en procesión por las calles del lugar precedida de estandartes, al son de tambores y bajo nubes de incienso. Si usted preguntara a cualquiera de los lugareños sobre cuál fue el mérito de Xuelingzhi para recibir tan distinguidos honores, la respuesta sería clara: hincar los codos, es decir, estudiar. Xuelingzhi es para los habitantes del Lian el paradigma del buen estudiante, y eso en estas tierras no es cualquier cosa. En la tradición confuciana, el estudio aporta a la persona que lo práctica una naturaleza cuasisagrada, iniciática, de ahí que, en muchos templos, el lugar de la enseñanza y el altar de la veneración no estén tan lejos el uno del otro.
Estudiantes: héroes, santos y mártires
Algunos han dicho que China inventó los exámenes, y tal vez sea cierto. Los llamados imperiales, presentes desde la dinastía Sui, a finales del siglo vi, se dividieron en diferentes gradaciones: locales, provinciales y el propiamente imperial, llamado “dianshi”. En su configuración final, los candidatos respondían a cuestiones referidas a los cuatro libros y los cinco clásicos. Si a día de hoy alguien contemplara sus exámenes, y en algunos museos puede hacerse, se sorprendería por la extensión de los mismos, la ausencia de errores y su perfección inmaculada.
Podemos reconstruir la escena: la prueba transcurría al interior del palacio de la Armonía, en plena Ciudad Prohibida. Duraba lo que la luz del día: del amanecer al atardecer. Sentado sobre su trono, el emperador presidia el evento. Ante él, los candidatos, encajados en pequeñas mesas, se esforzaban por verter el contenido memorizado en años. Algunas anécdotas hablan de desmayos o lapsus por la tensión y el cansancio acumulado.
El estudio, única posibilidad de ascenso interestamental, ensalzaba a la familia y por extensión a la comunidad
Al día siguiente, todo se disponía para la gran ceremonia. Los aspirantes eran convocados en la misma estancia mientras el exterior, la gran explanada, se poblaba con representantes de los distintos ministerios. Un funcionario especial, el zhuanluguan, cantaba el nombre de los participantes. Cuando llegaba a los tres últimos, los primeros puestos, añadía el rango, el lugar de origen y el nombre. Después, el canto se repetía en la plaza adyacente coreado por los guardias, y así consecutivamente, brincando de patio en patio hasta saltar los muros de palacio. Más tarde, ese nombre se enmarcaba en la orla del emperador quedando pendiente la tarea de esculpirlo en las estelas de algunos templos.
A continuación, el ganador, vestido de gala, era venerado en la llamada piedra Ao, donde se inscribe el proverbio “duan aotou” (‘solo uno ocupa la cabeza’), para finalmente desfilar por la yudao (‘calzada imperial’), reservada al emperador. Pasados los fastos, llegaba el viaje de regreso al lugar de origen, la mayor parte de las veces a través del gran canal. El pueblo del estudiante construía arcos ornamentales y decoraba la casa natal recibiendo por todo lo alto al nuevo héroe. Xuelingzhi fue uno de ellos e, incluso a fecha de hoy, sus paisanos le siguen pidiendo la bendición. El estudio, única posibilidad de ascenso interestamental, ensalzaba a la familia y por extensión a la comunidad.

También en nuestros días, si la ciudad posee un templo dedicado a Confucio, se puede observar algo que no ha cambiado en mucho tiempo. Los jóvenes que aprobaron un examen se acercan al lugar, pagan el donativo, escriben sus nombres o alguna frase sobre una tablilla roja, reverencian con tres inclinaciones la imagen del ancestro y, por último, cuelgan dicha tablilla en la rama de un árbol en señal de agradecimiento. Desde la Ilustración, se ha descrito el confucionismo no como una religión sino como un sistema filosófico-ético de pensamiento. Cuesta sin embargo entender lo que les explico sin el paradigma litúrgico y sin un elemento añadido para nada despreciable: la devoción.
En el pasado de aquel alumno que llegó al templo, pudiera haber quedado el que en nuestros días sigue siendo considerado el examen más exigente del mundo: el Gaokao. Una auténtica carrera de resistencia que suele incluir jornadas maratonianas de estudio, apoyo familiar incondicional y una puesta en escena capaz de poner a toda la ciudad a disposición del evento: transporte especial, paralización en la construcción de obras cercanas al centro que pudieran alterar el obligado silencio y, con los nuevos tiempos, sistemas de vigilancia de última generación, drones, coches blindados para transportar los exámenes y penas de prisión para los que osen copiarse. Los protocolos, puntillosos a la manera oriental, poseen estrategias para saber qué hacer incluso si se diera el caso de un desastre natural.
Puede parecer exagerado a nuestros criterios, pero en el marco de la meritocracia china, el Gaokao marca un antes y un después en la vida de los jóvenes. Es difícil entrar en la universidad y fácil salir de ella, un poco a la inversa que en nuestras latitudes. Las familias, y más durante el período de la política del hijo único, depositan sus expectativas de progreso en la representación que el descendiente hace del apellido paterno. De ahí que, cuando dichas expectativas no se ven cumplidas, la sensación de fracaso sea abismal y el índice de suicidios alto.
Las baremaciones actuales otorgan al inglés, el chino y las matemáticas ciento cincuenta puntos. El resto de disciplinas recibe un puntaje inferior. Un punto arriba o abajo, en un país que posee el quinto de la población mundial, marca la diferencia. Los jóvenes pertenecientes a etnias distintas a la Han, la dominante, reciben puntos compensatorios, aunque la gran brecha del resultado final viene condicionada por la procedencia del estudiante, en detrimento del área rural.
Naturaleza del estudio
Las características que el estudio aporta en la construcción de la persona son especialmente valoradas por la cultura oriental: disciplina, esfuerzo, autoconocimiento, constancia, control. Si acudimos a los clásicos, ser buen estudiante y ser buen hijo son casi la misma cosa. Así lo recuerda el Dizigui, obra del siglo xvii escrita bajo la dinastía Qing. Sus normas para ser buen estudiante y buen hijo están repletas de consejos en esta dirección (capítulos 1 y 7):
Cuando mis padres estén enfermos, probaré la medicina antes de dársela. Los cuidaré día y noche y permaneceré junto a su cabecera. Durante los tres primeros años de luto tras la muerte de mis padres, los recordaré con gratitud y me entristeceré a menudo por no haber sido capaz de compensarlos por su bondad al criarme. […]
Si no pongo en práctica lo aprendido y estudio solo superficialmente, mis conocimientos aumentarán, pero no serán profundos. ¿En qué clase de persona me convertiría, entonces? Si aplico concienzudamente mis conocimientos, pero dejo de estudiar, lo que haga estará basado únicamente en mis opiniones y creeré que hago lo correcto, pero, de hecho, desconoceré la verdad.
Es la llamada piedad filial que estructura las sociedades de raigambre confuciana, no solo en China, sino también en Corea, Japón, Vietnam, Taiwan y Singapur. Su sapiencialidad es clara: si el que ha estudiado no sabe cuidar de los padres, algo no ha funcionado en el proceso. La potencialidad ética del estudio se retroalimenta en la praxis.
Igual de interesante resulta el Libro de los tres caracteres (San Zi Jing), joya literaria de la dinastía Song escrita por Wang Yingling, discípulo de Zhuxi (el que fuera artífice y promotor del llamado neoconfucionismo en el siglo xii). Adentrarse en el San Zi Jing permite repetir el itinerario realizado por los estudiantes chinos hasta no hace mucho, y aunque es cierto que el lugar prevalente en el proceso pedagógico de la obra ha cambiado, para nada ha desaparecido de la escuela. La primera frase, atribuida a Mencio, ya es toda una declaración de principios: “Los seres humanos en su origen son de naturaleza esencialmente buena. La naturaleza nos acerca, las costumbres nos separan”. El programa educativo parte de esta naturaleza que produce el cielo, por lo que la persona de virtud mirará al origen que nos unifica.

El Libro de los tres caracteres sospecha del ocio y ensalza la figura del estudiante que pone en práctica su esfuerzo: “El esfuerzo supera la falta de media. Lu Wenshu, un pastor de la dinastía Han del Oeste, era de origen humilde y no podía comprar aceite para su alcuza, valiéndose de una bolsa de luciérnagas o gracias al reflejo de la nieve, aunque fuera de familia humilde no interrumpió su estudio”.
O el siguiente pasaje que advierte de las fases vitales adecuadas para el estudio, aunque afirme sin ambages que no hay límites para la perseverancia: “Su Laoquan, a la edad de veintisiete años, comenzó a aplicarse con ahínco en el estudio de los libros. Como ya era mayor, su pesadumbre le llegó tarde. Vosotros, pequeños estudiantes, debéis reflexionar más temprano. Al igual que Liang Hao, que con ochenta y dos años logró el primer puesto entre los muchos letrados ante el tribunal imperial. Como obtuvo tal éxito, todos le consideraban alguien excepcional. Vosotros, pequeños estudiantes, debéis tomar una firme resolución”.
Igualmente, la obra pone como ejemplo a estudiantes que llegaron a ser colosos gracias al desarrollo de sus capacidades “Ying, con ocho años, era capaz de recitar de memoria el Libro de las odas. Mi, con siete años, podía escribir versos sobre el ajedrez. Por su destaca inteligencia la gente los consideraba portentos”. Todo podría resumirse en el siguiente adagio: “De pequeño estudiar, de mayor desempeñar tu profesión, hacia lo superior servir al emperador, hacia lo inferior, beneficiar al pueblo”, con una última invitación a alcanzar la celebridad en el estudio: “Si se propaga tu renombre, harás ilustres a tus padres, honrarás a tus antepasados y beneficiaras a tus descendientes”.
Estos principios que tanto han influido a lo largo de los siglos y que todavía pueden sentirse en la educación contemporánea estructuran la sociedad china. “El que ocupa un cargo público debe dedicarse al estudio en sus momentos de descanso. El estudioso por su parte debe ocupar un cargo público cuando no se dedique a su investigación” (Analectas). De ahí que esta “perfectabilidad” de la naturaleza humana que desarrolla el estudio con toda su potencialidad debe por lógica prolongarse en la responsabilidad cívica. Dicho con otras palabras: no hay cargo sin currículo.
El pasado, al servicio del presente
Se ha argumentado que la cultura de los exámenes “actúa como barrera para la expresión creativa, el pensamiento crítico y la resolución de problemas en la educación y, consecuentemente, en el trabajo” (Tian Wang, 2017). Sin embargo, más allá del tópico, conviene tener presente al menos tres aspectos: el primero es la forma en cómo el confucionismo hubo de balancear la nemotecnia con otro tipo de disciplinas como la poesía y la música (presente en los templos), en favor de un conocimiento profundo y no meramente superficial; el segundo nos recuerda la penalización del error con una consideración del mismo diferente a la europea, errar no es gratuito; y el tercero se refiere al concepto “copia”, que no significa tanto imitación exacta sino seguimiento, discipulado en el que inevitablemente entra a colación la figura del maestro. Si se comprende lo anterior, estaremos de acuerdo en que la creatividad a destiempo puede ser un atrevimiento.
Aun con todo, algo quedaría desdibujado en nuestra descripción si no habláramos de un paréntesis histórico digno de mención. Tras el nacimiento en 1949 de la República Popular China, las conexiones con el pasado fueron despreciadas con la sospecha de proceder de un sistema feudal generador de pobreza. El proyecto confuciano “había castrado el país al servicio de la clase dominante”, se decía. Una editorial de 1974 perteneciente al Diario del pueblo lo expresaba en los siguientes términos: “Aunque Confucio está muerto, su cadáver continúa emitiendo hedor aún hoy. La influencia de su veneno está todavía muy extendida”.
La llegada al poder del actual mandatario, Xi Jinping, impulsor del nuevo sueño chino, ideario amplio y ambicioso que pretende en continuidad con antiguos proyectos significadores fortalecer las conocidas como características chinas, permitió una recuperación del proyecto confuciano en un intento por renovar la cultura, afianzando la propia identidad. La visita en noviembre del año 2013 de Xi a Qufu, ciudad natal de Confucio, marcó un antes y un después. Sacrificios y algunas ceremonias suprimidas antaño volvieron a ser rescatadas, sin que los nuevos gestos permisivos tuvieran obligadamente que interpretarse como una identificación del partido comunista con el neoconfucionismo. No van por ahí los tiros, pero, sí, este tipo de gestos representan el surgimiento de una conciencia que desea poner el pasado al servicio del presente. El pueblo necesita de una ética para no pisotearse en la selva de la competitividad, y ahí es donde entra el código moral del estudiante, preámbulo del buen ciudadano.
Búsqueda de la excelencia
Sin duda, los tiempos han cambiado y, a ojos europeos, la presión que siguen viviendo los jóvenes chinos puede parecer desmesurada, sobria o excesivamente espartana. Focalizados en el estudio a un nivel sin parangón, en Occidente alguien pensaría que desperdician su juventud, pero, como tantas cosas en la vida, todo depende de la orilla desde la que se mire, aunque una cosa parece clara: China sigue empeñada en su búsqueda de la excelencia, con la certeza de que es imposible que una nación germine sin la ascética del tesón y el esfuerzo, y bajo la convicción de que algunas etapas de la vida, en las que no hay regresión, son determinantes para el futuro de las personas y el pueblo.

