Jóvenes españoles 2021. Ser joven en tiempos de pandemia

Jóvenes españoles 2021. Ser joven en tiempos de pandemia es el noveno informe general sobre juventud de la Fundación SM en el marco de un trabajo más extenso que viene desarrollando con el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica.

En esta investigación, con las anteriores, la Fundación SM incorpora a sus clásicas líneas (valores, espiritualidad, integración político-social, cultura y ocio), nuevos temas que se están situando en el centro de los principales intereses y preocupaciones, tanto del colectivo joven como de los profesionales que trabajan a su lado, como sus perspectivas de futuro sobre la formación y el empleo, actitudes con respecto a la igualdad de género y la diversidad o el impacto de la tecnología en las relaciones y los hábitos de consumo de la información, así como la realidad marcada por las consecuencias sanitarias y socioeconómicas de la pandemia provocada por la COVID-19.

Valores finales

La pregunta sobre los aspectos importantes de la vida (GRÁFICO 1) es clásica en la serie de estudios de juventud de la Fundación SM, como también en los sondeos generales de opinión y valores.

 

Al preguntarle al joven, directamente, el grado de importancia que concede a diferentes aspectos en su vida, este traza un primer bosquejo de su eje básico de coordenadas en el mundo, un sencillo mapa del mundo del joven que, por tanto, debe obligarnos a dejar en la puerta de entrada de cualquier estudio sobre la juventud el nuestro propio, tanto el que nos acompañó durante nuestra propia juventud como el actual, desde los que no pocas veces juzgamos a los jóvenes de hoy día. En este gráfico encontramos diferentes cuestiones que vertebran el estudio y que han sido analizados en mayor profundidad dentro de cada capítulo por los diferentes autores del informe:

Junto con los grandes pilares clásicos de la salud, la familia y la educación, entran con fuerza tres valores introducidos como novedad en el informe: la igualdad de género, la igualdad social y el medioambiente.

Aunque en torno a la mitad de los jóvenes (46 %) considera que su vida futura será́ mejor que la que han tenido sus progenitores, un nada desdeñable 16 % considera que será́ peor y la mitad que tendrá́ muchas dificultades para poder trabajar en lo que les guste, por lo que más incluso de la mitad (52 %) considera que es bastante o muy probable que tengan que emigrar para poder trabajar en el futuro, especialmente para mejorar la calidad de vida o para encontrar trabajos mejor pagados.

De ahí también el fuerte nexo que los une con los estudios, motivado en la mayoría de los casos con la posibilidad de encontrar empleo (41 % de los jóvenes que sigue estudiando), porque les gusta (23 %) o para ir a la universidad (19 %). Aunque la mayoría (57 %) de los jóvenes que ha dejado de estudiar lo ha hecho por haber terminado la formación prevista, existe un nutrido grupo que afirma haber abandonado los estudios por motivos económicos (30 %). La gran mayoría de jóvenes reconoce que el centro educativo en el que han estudiado les ha enriquecido considerablemente. En especial en lo relativo a la “educación en valores” (el 68 % dice que bastante o mucho), “conocimientos útiles” (66 %) y “aprendizaje para convivir democráticamente” (61 %).

Un fenómeno enormemente llamativo es el que se produce en la esfera “amigos y conocidos”, tradicionalmente uno de los valores más sólidos de los jóvenes. La comparación ya simplemente con los datos del anterior informe, a cuatro años vista, son más que sorpendentes: en el informe de 2017, el 62 % de los jóvenes consideraba que los “amigos y conocidos” eran muy importantes en su vida, disminuyendo este porcentaje hasta el 49 % en el presente informe, pasando, además, de un 48 % a un 27 %, quienes señalan a los amigos como una de las principales fuentes en las que se dicen las cosas importantes de la vida. Asimismo desciende el porcentaje que considera a sus congéneres “leales en la amistad”, desde un 25 % en 2005 al 16 % en la actualidad.

En el terreno de la igualdad de género, los jóvenes interpretan mayoritariamente que la situación de las mujeres es peor que la de los hombres en lo que respecta a los salarios (un 45 %), la presencia en puestos de toma de decisiones en el ámbito empresarial (un 43 %) y político (41 %), el reparto de tareas (un 42 %) y responsabilidades en el hogar (un 40 %), y el trato recibido en las redes sociales (un 42 %). Sin embargo, en el resto de las cuestiones relacionadas con el ámbito laboral y educativo, existe una creciente percepción de equidad.

Por lo que respecta al medioambiente, los jóvenes se declaran muy concienciados desde el año 2005, año en el que la Fundación SM incluye una batería de preguntas en torno a esta problemática. En este último informe, ocho de cada diez considera el cambio climático como el principal problema de España y que su conservación ha de ser prioritaria, considerando en la misma proporción que su estilo de vida es importante para ello. Esta cuestión, sin embargo, no deja de tener importantes claroscuros: una cuarta parte de los jóvenes sigue considerando, en mayor o menor medida, que la crisis climática es una exageración, otra cuarta parte que “el equilibrio de la naturaleza es lo bastante fuerte para resistir tanto el impacto de los países desarrollados como los que están en vías de desarrollo” y casi un 40 %, por último, que “la inventiva humana (ciencia y tecnología) asegurarán que no convirtamos la Tierra en inhabitable”, una hipótesis bastante endeble pero fuertemente defendida a día de hoy por los que en su día fueron (o siguen siendo) negacionistas.

La política, por último, parece estar viviendo un autentico renacer entre los jóvenes que, si bien muestran una profunda animadversión hacia los políticos, manifiestan claramente, a diferencia de informes anteriores, que la vía política se ha convertido para ellos en un instrumento eficiente de cambio, mejora y transformación social.

Religión y espiritualidad

En el informe jóvenes españoles del 2005, la lectura de los datos recogidos llevó a hablar de un “salto mortal” en el mapa religioso juvenil español, llegando a afirmar incluso que, claramente, se habían cumplido todos los temores de una rápida aceleración de la secularización y descristianización juveniles en España. Este “salto mortal” fue más adelante interpretado por Alfonso Pérez-Agote como una “tercera ola de secularización” de la sociedad española (para quien quiera profundizar algo más en este tema, en la anterior edición del informe, Jóvenes españoles entre dos siglos 1984-2017, se realiza una síntesis mucho más amplia de la teoría de este autor así como de otras sobre secularización tanto en los países de nuestro entorno como en España: Juan María González-Anleo, Fundación SM, Madrid 2017, 238).

¿Cuáles fueron los datos concretos que sirvieron a ambos autores para llegar a unas conclusiones tan “drásticas”? Si observamos la tabla el GRÁFICO 2, puede observarse que entre 1999 y 2005 el número de católicos, teniendo en cuenta la paleta completa, desde los “muy buenos católicos” a los “católicos no practicantes”, sufría un brusco descenso de un 18 %, pasando de un 66,5 % a un 48,4 %, mínimamente por debajo de la mitad exacta de los jóvenes.

En el anterior informe, los datos volvían a indicar un nada despreciable nuevo hundimiento, pasando el porcentaje total de católicos en 2016 a un 40 %, lo que fue interpretado como un parte de la erosión propia de la tercera oleada. Los datos del presente informe, sin embargo, corrigen aquella interpretación: la pérdida de un 13 % de católicos no puede ser interpretada como la cola de arrastre de la tercera ola de secularización. En los últimos diez años, los jóvenes católicos se han reducido más de un 20 %, pasando de ser aproximadamente la mitad de los jóvenes españoles a no alcanzar siquiera ser un tercio de ellos.

Las expresiones “poscristiano” o “poscatólico” no son nuevas en los estudios sobre religión en los países de nuestro entorno, pero, aunque también se han usado este tipo de expresiones en nuestro país, nunca hasta el momento han sido una realidad tan palpable como en el momento actual. Una de las pruebas de esto ha sido hasta el momento la escasísima penetración de creencias no relacionadas con la cosmovisión cristiana, sirviendo la cultura cristiana, inequívocamente, de muro de contención.

Con la drástica disminución de católicos y el desarrollo de la tercera ola de secularización de la que hablaba Pérez-Agote, caracterizada, fundamentalmente, no por la descatolización (propia de la segunda oleada), sino por la exculturación como proceso por el cual toda la cultura va perdiendo sus raíces católicas, el catolicismo ha terminado perdiendo esa fuerza de contención para nuevas formas de espiritualidad.

Vemos, de hecho, que la única creencia de la que tenemos datos de anteriores informes que cae, “Dios como Padre bondadoso que nos cuida y nos ama” es la más aferrada a la cosmovisión cristiana, la forma más evangélica de concebir a Dios (GRÁFICO 3). El resto de creencias tiene una penetración muy desigual pero, en general, bastante alta en el panorama espiritual de la juventud española. La más aceptada, con un 68 % de jóvenes, es el “karma (ley cósmica de retribución)”. El resto, aunque muy por debajo del 68 % del karma, rondan todas aproximadamente la cuarta parte de los jóvenes: las “artes mágicas (brujería, chamanismo, personas con poderes especiales)”, con un 28 %, la “predicción del futuro (leer las manos, los tarots, horóscopos, astrología, etc.)”, con un 26 % y, por último, las “energías curativas (reiki, cristaloterapia, piedras energéticas, etc.)”, con un 24 %.

Del análisis de este fenómeno por autodefinición religiosa surgen varias cuestiones muy interesantes, pero me centraré solo en una, que resulta realmente sorprendente: la mayor apropiación de las creencias no-cristianas no la protagonizan los no creyentes, como podría pensarse, sino precisamente los “católicos practicantes” y los “no muy practicantes”, incluidas, con bastante diferencia sobre el resto de opciones religiosas, la “reencarnación”, la “predicción del futuro”, el “karma”, las “artes mágicas” y las “energías curativas”.

A la vista de estos datos anteriores sobre nuevas creencias, en este nuevo estudio hemos querido preguntarnos si esta relevancia en momentos y esferas importantes de la vida del joven de las creencias varía si se amplía la pregunta incluyendo ya no solamente las creencias estrictamente religiosas, sino todas sus creencias espirituales. El resultado es sorprendente. Cuando se amplía el rango de creencias, la influencia en prácticamente todas las esferas, como poco, se duplica, excepto en aquellas en las que ya era alto. De todas formas, y a pesar de los incrementos registrados en cuestiones puntuales, los datos siguen señalando claramente que las funciones de consuelo o búsqueda de fortaleza en la vida o frente a la muerte priman sobre las públicas o aquellas que conllevan elecciones vitales.

Queda claro, por tanto, que el tan anunciado proceso de absorción de nuevas espiritualidades, su hibridación y su personalización son ya una realidad en el panorama religioso de la juventud en nuestro país, y que esa nueva realidad abre un universo enorme de nuevos escenarios que tendrán que ser investigados con mayor profundidad en futuros estudios.

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