San José, esposo de María, el santo de la vida ordinaria

San José pasa silencioso por las páginas de los Evangelios. Pero es el carpintero, el padre de Jesús, y fue puesto por Dios al frente de la Sagrada Familia de Nazaret. La imaginación de los poetas ha contemplado y admirado su papel en la historia de la salvación y su aceptación de la voluntad divina.

San José aparece muy poco en los relatos evangélicos; se entiende, en los canónicos, pues los apócrifos dan rienda suelta a la imaginación. Ninguno de los cuatro Evangelios recoge una sola palabra suya. Pero su silencio es muy significativo: José está muy presente en la vida de Jesús, pues no en vano es el esposo de María y custodio del Redentor. Toda su vida estuvo al servicio de Jesús y de María; su silencio expresa mejor la escucha de la voz de Dios. Vivió el misterio del plan salvífico con temblorosa reverencia.

Es frecuente que la iconografía de nuestros templos presente a María por un lado y a José por otro. Y, si aparece Jesús con ellos, es habitual presentar a la Madre con el hijo en sus brazos y a José con Jesús adolescente de la mano. Pareciera que María es esencial en la espiritualidad cristiana y, sin embargo, José no más que una añadidura devocional.

Mas no se trata de preservar la virginidad de María, quien tiene ciertamente una función que no compete a José en el plan salvífico, sino de contemplar el modelo de la Sagrada Familia: personas humildes, obedientes, trabajadoras, serviciales, indisolublemente unidas, que todo lo comparten, en perfecta comunión y donación, vírgenes y esposos fieles. En este breve recorrido por la poesía española de tema josefino, queda claro que toma relieve tardíamente y es mucho más escaso que otros temas religiosos. Hay un autor cumbre y fuente de la poesía josefina, José de Valdivielso, sacerdote mozárabe de Toledo, autor del poema heroico Vida, excelencias y muerte del gloriosísimo patriarca san José, esposo de nuestra Señora, compuesto por veinticuatro cantos en octavas reales, que suman más de dieciocho mil endecasílabos.

Las dudas del carpintero

Gómez Manrique, uno de los mejores poetas del siglo xv, en su Representaçión del nasçimiento de Nuestro Señor, presenta un soliloquio de José en el momento crucial de su crisis matrimonial:

¡Oh, viejo desventurado!
Negra dicha fue la mía
en casarme con María,
por quien fuese deshonrado.
Yo la veo bien preñada,
no sé de quién ni de cuánto;
dicen que d’Espíritu Santo,
mas yo desto non sé nada.

En el siglo siguiente, Juan de Padilla, el Cartujano, expone así las angustias de José:

Muy cierto del sueño leal se levanta,
y toma la Virgen con gran alegría,
la cual por adúltera ya la tenía,
aunque callaba su buena garganta.

No cabe duda de que un momento difícil y clave en la vida de José fue descubrir la maternidad de María. Calla y sufre en silencio esa situación difícil, esa prueba de Dios. Está claro que los poetas citados no eran expertos en teología. Pero ya Lope de Vega canta así en un romance:

Afligido está José
de ver a su esposa preñada,
porque de tan gran misterio
no puede entender la causa.
Sabe que la Virgen bella
es pura, divina y santa,
pero no sabe que es Dios
el fruto de sus entrañas.

Y el poema continúa por los senderos que marcan los Evangelios. Algunos teólogos de nuestros días, al hablar de las dudas del carpintero, apuntan que la Virgen María habría comunicado a su esposo, el casto José, su nueva situación milagrosa, debida a la acción del Espíritu Santo. A partir de ese momento, José ya no duda de María ni de lo que le manifestaba. Las dudas se convierten en perplejidad ante el misterio y no sabe qué actitud tomar: ¿cómo hacerse pasar por padre de un niño venido de Dios? Interviene un ángel, un mensajero celestial, para confirmarle el misterio ya desvelado por María y le da a conocer su misión con respecto al Mesías y Salvador: “José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,20-21).

Ambrosio de Montesino, como dando a entender que José sabía algo del misterio, aunque con menos información que la Madre de Jesús, canta el aturdimiento de José en estos versos de las Coplas a reverencia del nacimiento del Niño:

El esposo, varón santo,
en algo avisado desto,
como no informado tanto,
de la luz desmayó presto,
y entre cielo y tierra puesto,
sobre sí estaba elevado.

Así pues, a él le fue reservada la importante misión de imponer el nombre y asignarle una paternidad jurídica, lo que, al mismo tiempo, indicaba que el hijo de Dios y de María, por estar esta desposada con José, pasaba a descender de estirpe real, de la familia de David. En un extenso y logrado romance del siglo xx, Las dudas del carpintero, escrito por Antonio García Barbeito, se lee:

José se pasa la mano
por la frente, sosteniendo
el peso de aquella duda
que no se le acaba yendo:
“¿Y si no es hijo de Dios?
¿Y qué dirán los del pueblo
si cuando el niño sonría
aclara su parentesco?”.

Pero, al final, la épica del romance se desarrolla en perfecta ortodoxia hasta que contempla al Niño recién nacido:

Y José, rendido en llanto,
dolido en culpa de celos,
en las manos de María
pone disculpas de besos.
Se perdieron en la noche
las dudas del carpintero.
La mirada de Jesús
sola desveló el misterio.

La paternidad de san José

Cuando Dios muestra un amor preferencial por José, el esposo de María responde sereno, fiel, discreto y agradecido. Había sido y seguía siendo el “varón justo” en quien no había engaño.
Fue la cabeza de la casa y, aunque su paternidad no se derivaba de la generación, la ejerció con gran responsabilidad en los diversos momentos de la vida de Jesús.

José no es el padre biológico de Jesús, pero es el padre real y verdadero, pues la biología no es la única realidad existente en el ser humano. San Francisco de Sales lo explica con una semejanza o parábola suficientemente expresiva. Una paloma sobrevolaba un huerto mientras llevaba un dátil en el pico. Se le cayó o lo dejó caer, es lo mismo, y enseguida arraigó en aquella tierra. Pasaba el tiempo y crecía poco a poco. Hasta que un buen día se convirtió en una palmera bella y frondosa. Lo cierto es que el hortelano no había sembrado aquella palmera que empezó a dar fruto abundante y sabroso. Pero había crecido en su huerto y, por tanto, le pertenecía. Ya nadie se acordará, pasado un tiempo, quién la sembró, cómo fue creciendo, quién la cultivó, por qué las gentes empezaron a admirar su belleza y frondosidad. Y el santo doctor de la Iglesia se apresura a explicar la parábola y dice que el hortelano es san José, el huerto es María su esposa, la paloma es el Espíritu Santo y la palmera es Jesús, que pertenece a José, el esposo de María y dueño del huerto.

Muy bello es el romance El cerezo, de Gerardo Diego, centrado en los días anteriores al parto de María y sus antojos de madre nueva; no hay espacio para trascribirlo íntegramente, pero basten estos fragmentos:

Era José un hombre viejo
que labraba la madera.
Y era su esposa María
en tierras de Galilea.
Caminaban una tarde
perezosos por la huerta.
Allá arriba, entre hojas largas,
se encendían las cerezas.
A María se le antoja
aquella más alta, aquella.
Y levantando sus ojos
dice con su voz más tierna:
“José, porque espero el Hijo,
alcánzame esa cereza”.

José no responde. Mira
a lo lejos. Mira y sueña.
Una brisa viene y va
del cerezo a la doncella.
Y entonces, en el silencio
de una música que espera,
se oye una voz de infantico:
“Cerezo, dale cerezas”.
[…]

“Mira, José, aquí las tengo,
las ramas con las cerezas”.
Y la voz del niño dice:
“María, come cerezas.
Come cerezas, María,
antojos de madre nueva”.

María arranca una sola
y la muerde y sangra lenta.
Bajo los árboles quietos
María y José pasean.

Pero ya es hora de traer aquí unos versos de Valdivielso, el gran poeta josefino. Pues describe a la Madre atareada en los cuidados de su Hijo, y a José lo coloca participando en la redención por su gesto de procurar tener contenta a la esposa, a quien sirve lo mejor que puede:

Con lo que puede de Josef el arte
sustenta a la que es justo al mundo asombre,
Ella lo come, y luego lo reparte
con el Niño que tiene de Dios nombre,
y así Josef alcanza a tener parte
en la preciosa redención del hombre,
pues que con su sustento el Niño crece,
que él da a su esposa y ella al Niño ofrece.

En cierto modo, Jorge Guillén, en el siglo xx, reconoce, en su poema Epifanía, la paternidad de José y su oficio de carpintero: “Dios está de nueva manera, / y viene a familia de obrero, / sindicato de la madera”. Y, ya sobre el tema de la circuncisión del Niño, el mismo autor aporta la originalidad de atribuir a Jesús un parecido con José:

Como al Niño a Josef tanto parece,
piensa el ministro que es Josef el padre,
y dice que muy justo le parece
que el nombre suyo al Niño hermoso cuadre;
mas Josef el divino nombre ofrece
que trujo el Ángel a la virgen Madre.
“Jesús ha de llamarse”, y, admirado,
“Jesús” el fiel ministro le ha llamado.

El Evangelio de Lucas (Lc 2,22-35) dice que, cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron para presentarlo al Señor y entregar la oblación correspondiente como precio del rescate del hijo primogénito. Lo que manifiesta el texto evangélico deja clara la paternidad de José y también que la Sagrada Familia pertenecía al mundo de los pobres: “Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley” (27). Solamente seis versículos después, a continuación del conocido cántico que Simeón dirige al Salvador y luz de las naciones, vuelve a afirmarse dicha paternidad: “Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él” (33). El largo poema de Valdivielso coloca, después de la plática oblativa de la Virgen Madre, esta descripción:

Josef, mirando a su adorada esposa
enternecida con el Niño santo,
[…]
el gran Josef, como amoroso padre
del que es Hijo de Dios, hijo le llama,
llega a besar las plantas de jazmines
de quien alfombra son los querubines.

Valdivielso vuelve a constatar la paternidad de José, tanto en los versos citados como en otros que saltan en diversos momentos del largo poema; así, cuando dice: “y siendo hijo de Dios es hijo mío” o “que era su amor de padre verdadero”.

En silencio, al frente de la familia de Nazaret

El silencio de José manifiesta la aceptación de la voluntad de Dios cuando recibe el mandato de huir a Egipto con María y Jesús (cf. Mt 2,13-14). Este doloroso momento para la Sagrada Familia de Nazaret ha sido cantado por los poetas, que, en cierto modo, son altavoces y antenas que concentran el sensus fidelium. Uno de ellos es fray Ambrosio de Montesino, en las Coplas al destierro de Nuestro Señor para Egipto. Otros son los autores anónimos de diversos Autos de la huida a Egipto, siglos xv y xvi. En uno de ellos, se establece un diálogo entre el ángel y José:

–Guía al hijo y a la madre,
guía al viejo pecador,
que se parte sin temor
adonde manda Dios Padre;
y pues al niño bendito
y a nosotros tú sacaste,
ángel, tú que mandaste
de Judea ir a Egito,
guíanos con el chiquito.

–A quien cielo y tierra adora,
¿quién le podría guiar?
Por do os quisiere llevar
caminad con la señora.
Es verdadera carrera,
es eterno, es infinito.
Él os llevará a Egito,
Él os volverá a esta tierra.

También se han fijado algunos poetas en el regreso de Egipto, una vez pasado el peligro de muerte del Niño Jesús. La Sagrada Familia regresa a Nazaret. Y José continúa en silencio. Es un hombre santo y cercano: ni apóstol, ni mártir, ni profeta, ni obispo, ni siquiera seglar carismático. Es un simple carpintero, que trabaja para ganar el sustento diario y sacar adelante a su familia. Es el santo de la vida ordinaria, de la humildad laboriosa, un modelo de trabajador que hace de las tareas un acto de amor y de servicio. Un poeta de nuestros días, Rafael Fernández Pombo, escribe:

Nazaret, blanca de aldea,
limpia casa y la ventana
por donde la luz devana
todo el sol de Galilea.
Déjame, José, que vea
nuevamente tu taller,
el que abandonaste ayer,
el lugar de tu cariño,
donde hoy un Dios hecho niño
con las tablas carpintea.
A tu lado iba creciendo
en saber y en hermosura
–limpio lago de dulzura–
tu mandato obedeciendo.

Desde el primer momento, José tutelaba a la familia de Nazaret, la protegía y defendía. En silencio. Lope de Vega escribía:

Ya la palabra divina
se vistió carne mortal,
ya su nombre celestial
cielos y tierra ilumina.
Una Virgen nos lo dio,
su virgen Esposo cría
este zagal de María,
que cielo y tierra crió.

He ahí el secreto de la humildad de los números dos, su utilidad y efectividad. Por eso, como escribe san Bernardino, Dios le confió la custodia de sus principales tesoros: Jesús y María. Y Jesús lo llamó padre. ¿No dijo María, cuando lo encontraron en el templo entre los doctores: “Hijo, por qué nos has tratado así. Tu padre y yo te buscábamos angustiados” (Lc 2,48)? También se mencionará la paternidad de José, en el relato de la vocación de los primeros discípulos, cuando Felipe encuentra a Natanael y le dice: “Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret” (Jn 1,45).

Los Evangelios lo califican como un artesano de la madera. Cuando Jesús comienza su vida pública, la gente dice asombrada: “¿No es este el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6,3). Nada se dice en los Evangelios acerca de su muerte. Su figura pasa en silencio humilde y meditativo, obediente y dispuesto a la voluntad de Dios. Sin embargo, es exuberante la imaginación de Valdivielso en torno a las circunstancias y multitud de detalles de la muerte y la glorificación posterior del esposo de María. Dedica muchos versos a este tema: desde la pregunta de: “¿Qué es lo que siente, dulce padre amado?”, y la respuesta del padre “Ay, hijo, dice, que de un dolor fiero / asido al que es mi vida alegre muero” hasta la glorificación:

Cristo al lado del Padre está sentado,
y al de Cristo la Madre que ha escogido:
Josef al de María venturoso,
por padre de su Hijo y della esposo.

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