Totalitarismo, autoritarismo y democracia

La dignidad, la libertad y los derechos juegan un especial protagonismo en los regímenes políticos que aquí se tratarán. Unos regímenes los violarán y anularán y el otro los convertirá en su esencia, su razón de ser y su piedra angular.

En este artículo, se estudiarán tres realidades históricas y políticas para las cuales el pueblo fue o es su principal instrumento y componente. Frente a un pueblo perseguido, aterrorizado y adoctrinado, encontraremos a uno libre y vivo, titular de derechos y libertades.

Totalitarismo

Nuestra autora de cabecera en esta entrega será Hannah Arendt y su obra Los orígenes del totalitarismo nuestro mapa. Así nos presenta Arendt este régimen político, el totalitarismo: “La dominación totalitaria, lejos de manejar el poder en interés de una sola persona, está completamente dispuesta a sacrificar los vitales intereses inmediatos de cualquiera a la ejecución de los que considera ser la ley de la historia o la ley de la naturaleza”. Bolchevismo, fascismo y nazismo fueron ejemplos de regímenes que impusieron el terror y anularon los derechos humanos, las libertades y la dignidad.

El modus operandi de cualquier régimen totalitario para con las masas es el siguiente: de puertas para adentro, se ganará el poder y el apoyo de los suyos mediante discursos vacuos pero viscerales que calarán y arrancarán el júbilo de las masas (más si estamos en tiempos convulsos); tras acceder al poder, pondrá en marcha todo su programa ideológico a través del adoctrinamiento y la educación y se librará de los obstáculos o resistencias mediante la persecución y el terror; y, de puertas para afuera, lavará su imagen e intentará granjearse simpatías internacionales a través de propaganda falsa. Como se señalaba al principio, es de vital importancia el discurso inicial de cualquier movimiento totalitario para sumar adeptos que legitimen y secunden sus propuestas. En esto, los líderes totalitarios fueron hábiles publicistas pues supieron hacer una lectura social muy correcta en su beneficio y en el de sus fines totalitarios y se valieron de argumentos “científicos” para legitimar aún más sus pretensiones. Tal fue el caso, como nos señala Arendt, de la propaganda bolchevique y nazi: los unos advertían del peligro de perder el tren de la historia si no llegaban al poder y los otros amenazaban “con una irreparable y misteriosa deterioración de su sangre” si vivían contrariamente a las leyes de la naturaleza y la vida. Resulta cuanto menos curiosa esas continuas alusiones a leyes eternas que harán justa a la sociedad cuando, de manera sistemática, se despojaba a los ciudadanos de su dignidad y derechos y libertades ya adquiridos, según los casos.

El terror será la principal arma de la que se valdrán los líderes totalitarios para conseguir sus objetivos una vez alcanzado el poder, una población atemorizada es una población sometida, anulada, que no ofrecerá resistencia para “hacer posible que la fuerza de la naturaleza o la historia corra libremente a través de la humanidad sin tropezar con ninguna acción espontánea”. Pero el terror, por sí solo, no sirve para apresar a los ciudadanos: es necesario anularlos como personas. Por ello, el terror no solo busca contener comportamientos o actos exteriores, sino también busca erradicar rebeliones internas, mentales, vaciando a las personas y convirtiéndolas en recipientes complacientes e inofensivos, sin contenido. Se busca aislar a las personas en sus relaciones sociales públicas, evitando organizaciones, pero, sobre todo, aislarlas mentalmente, empujarlas a la más inofensiva y yerma soledad interna, “en la experiencia de no pertenecer en absoluto al mundo, que figura entre las experiencias más radicales y desesperadas del ser humano”.

Autoritarismo

Por el contrario, el régimen autoritario no busca imponer una ideología ni el culto a un líder supremo y carismático, no. Aunque se puedan dar estas circunstancias, y para muestra tenemos la experiencia franquista, no son la nota esencial de este tipo de regímenes, los cuales ostentan el poder de forma repartida mediante coaliciones entre distintos actores, a saber: ejército, generales y las altas esferas de las Iglesias según los casos. Tal como lo definiría el politólogo español Juan Linz, “es un sistema político con un pluralismo político limitado, no responsable; sin una ideología elaborada que lo dirija (pero con una mentalidad distintiva); sin movilización política extensiva o intensiva; y en el cual un líder (u ocasionalmente un grupo pequeño) ejerce el poder dentro de límites indefinidos formalmente aunque bastantes predecibles”. Esa ausencia de ideología que caracteriza a los regímenes autoritarios, en contraste con los totalitarios, se suple con un marcado carácter pragmático en sus políticas y por una legitimación que pasa tanto por la tradición como la instauración de un orden que se ha perdido. Según los regímenes, se dejará con mayor o menor libertad cierta movilización social o participación política que cuente con el beneplácito de las élites y que no genere peligro o inestabilidad, pudiendo incluso integrar a estos actores dentro del régimen. Podemos encontrar regímenes autoritarios con un marcado carácter militar y dirigidos por generales, regímenes que tengan un marcado carácter “organicista” y que establezca canales y cuotas de representación y de poder entre las distintas élites y actores políticos u otros que surjan tras experiencias totalitarias y se abran a una tímida participación política oficia, del régimen. En cualquier caso, a pesar de estas diferencias señaladas, aquí también se anularán derechos y libertades y se perseguirá a los opositores, imponiendo el terror aunque de una forma no tan extrema.

Se busca aislar a las personas en sus relaciones sociales públicas,
evitando organizaciones, pero, sobre todo, aislarlas mentalmente

Democracia

Frente a los dos regímenes políticos anteriores, se presenta a la democracia como estandarte del triunfo de la libertad frente a la tiranía, de los derechos frente a la persecución y las injusticias. No conviene olvidar anteriores entradas en donde se trataban tanto las constituciones y sus derechos fundamentales como el Estado de derecho y su evolución, pues no se entiende la democracia sin estas figuras. Además de la remisión a esas notas tratadas, acudiremos a las reflexiones que el jurista y filósofo italiano Norberto Bobbio dejó sobre la democracia. Empezaremos con una cita del pensador italiano que puede parecer desoladora: “La democracia perfecta no puede existir o, de hecho, no ha existido nunca”. Sin duda, esto se debe a esa distinción kantiana entre el “ser” y el “deber ser”, todas las formulaciones sobre la democracia y su realización ideal no dejan de ser teóricas, la realidad es que siempre será muy difícil, por no decir imposible, la consecución material absoluta de los principios que han de inspirarla. La academia se encuentra dividida a la hora de señalar los componentes mínimos que una democracia ha de tener para comparar unas y otras pero, sin embargo, hay un consenso de mínimos que refleja Bobbio: “Los valores últimos en los cuales se inspira la democracia, con base en los cuales distinguimos a los gobiernos democráticos de los que no lo son, son la libertad y la igualdad”. Esos valores mínimos son la piedra angular de toda democracia y, frente a la tiranía y terror de los dos regímenes anteriores, una sociedad democrática disfrutará de esos valores gracias a una constitución que los ampare y proteja, unos derechos fundamentales reconocidos a todos sus ciudadanos, un Estado que cumpla las exigencias del Estado de derecho y un gobierno que observe y cumpla los derechos humanos.

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