¿A qué temperatura arden los libros?

Pendientes de memorias que sanar y culturas por reconciliar, ni el silencio, ni el olvido, ni la ocultación sirven. Sin una aceptación real, paciente y dialogal, los gestos de reconciliación nos llevan a equívocos.

A primeros de septiembre, apareció la noticia: queman cinco mil libros en Canadá. Además de algún diario español, se hizo eco de ella el diario católico francés (allí uno de los más prestigiosos y fiables diarios es La Croix; en Italia ocurre algo parecido, también l’Avenire se hace leer; ambos son muy respetados por todos; ambos envían un mensaje a los católicos: podemos contribuir con serenidad y calidad a formar una opinión seria y ecuánime).

No fueron cinco mil los libros quemados, sino treinta, en una llamada ceremonia de purificación. Entre ellos, figuraban algunos Tintín y Astérix. “Nunca estaré de acuerdo con la quema de libros”, afirmó Justin Trudeau, primer ministro liberal progresista, al tiempo de subrayar la importancia de la reconciliación; el candidato conservador también afirmó estar comprometido con la reconciliación, pero para ello no creía que hubiese de pagarse el precio de “derribar Canadá”; el candidato socialdemócrata afirmó que había de cambiarse el enfoque de la enseñanza.

Tras la polémica en torno al “auto de fe”, la quema se suspendió. El consejo escolar católico de Providence (Ontario), desde 2019 había mandado retirar de las bibliotecas casi cinco mil obras acusadas de estereotipos racistas. Hace unas semanas, en Canadá el clima estaba muy condicionado, al menos por tres factores: elecciones, internados católicos y cancel culture. Faltaban pocos días para las elecciones federales; volvió a ganarlas Trudeau; la campaña ya se había “envenenado”: para la opinión pública en Canadá y en otros muchos lugares la identidad es tema sensible.

En Francia, se han planteado recientemente las cuestiones de Ruanda, de Argelia y de las trescientas treinta mil víctimas de abusos a menores entre 1950 y 2020, y alguno quiere hacer referéndum sobre la inmigración. En España, como ha indicado el papa Francisco, la memoria sigue sin sanar. La noticia de los internados católicos que “redujeron” a miles de niños de las llamadas primeras naciones, indios e inuit, además de mestizos, de finales del siglo XIX a finales del XX, contándose por miles los fallecidos, era muy reciente. En último lugar, la llamada cancel culture: un “trabajo de memoria” paciente, dialogal y mesurado es la única alternativa ante un movimiento como el de cancel culture que solo propone silencio, olvido u ocultación usando las redes sociales de forma despótica.

Los demonios han de ser discernidos para “lanzallos”; existe sin embargo el riesgo del angelismo por el que se cuelan aquellos con sus perversas intenciones. De esto escribió san Ignacio de Loyola muy acertadamente (Ejercicios espirituales, números 329, 331 a 336). La Croix advierte: “Cuando se pretenden reconciliar las culturas, ni la emoción ni la ingenuidad deben guiarnos”. Por eso es muy recomendable leer la entrevista (está en abierto) que la revista Études hacía al prestigioso jurista y político Jean-Marc Sauvé, promotor y presidente de la Comisión Independiente sobre Abusos en la Iglesia Católica (CIASE) en Francia, que a lo largo de treinta y dos meses ha elaborado un informe de dos mil quinientas páginas y presentado a primeros de octubre.

Un “trabajo de memoria” paciente, dialogal y mesurado
es la única alternativa

451 grados Fahrenheit

En su biografía de 1993 sobre san Juan de Brébeuf, jesuita normando del siglo XVII martirizado por los iroqueses, el teólogo René Latourelle aclaraba que había evitado referirse a los habitantes de las primeras naciones con palabras hirientes, pero que en la trascripción de textos había mantenido la palabra “sauvages” (‘salvajes’), pues entonces no era peyorativa, sino descriptiva, para referirse a los habitantes del bosque, a las personas silvestres, como se hablaba del niño del Aveyron, l’Enfant sauvage, sobre el que Truffaut hizo una magnífica y bella película. El consejo escolar católico pretendía “hacer un gesto de reconciliación”. ¿Hacía falta someter a los libros a los 451 grados Fahrenheit? Ese era, por cierto, el título de otra película de Truffaut: a esa temperatura arden los libros.

 

Revista RyE   N.º 354   Noviembre 2021

 

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