Deber de resistencia
A finales de octubre, Macron fue invitado a Roma, donde saludó a la nueva presidenta del consejo de ministros que aquel día había constituido su gobierno y, lógicamente, fue a ver al papa Francisco.
El motivo principal de su viaje, sin embargo, era asistir al encuentro “Il crido della pace” que Sant Egidio viene celebrando desde 1987 y que, esta vez, contó para su apertura con personalidades como el presidente de la República Italiana, Sergio Matarella, y de la francesa, Macron, que se dirigió a la asamblea durante media hora y habló entre otros aspectos del “deber de resistencia”. Para los franceses, la palabra resistencia no solo aporta información, sino que tiene connotación. Lo mismo que “rassamblement” (aquí la traducimos levemente por “reunión”). A muchos franceses evoca la voz y la palabra del general Charles de Gaulle: “Il faut rassambler”. Las connotaciones no son ingenuas. Crean o resucitan complicidades. Deberíamos darnos cuenta.
Macron llama a las religiones a resistir ante los poderes políticos, ¿incluso el suyo? El de un presidente francés es el mayor poder democrático en nuestro mundo, mayor que el de un presidente de los Estados Unidos, al fin y al cabo muy controlado, como por suerte vimos a partir de 2016 y más en enero de 2021 cuando intentó aquel golpe de mano violento, el de un rey británico o el de un presidente italiano. Supongo que si Macron ante Andrea Riccardi, el fundador de Sant Egidio, o Marco Impagliazzo, actual presidente de la comunidad, dice eso es que espera que las religiones no solo se resistan a los poderes iliberales, como ahora se les llama, sino también a los poderes públicos democráticos. Quizá es esa “reserva escatológica” de la que escribió Erik Peterson, es la que da a las religiones capacidad de resistencia. Ese es un aspecto de la paradoja democrática: sin resistencia no hay democracia, pero, si la resistencia es muy fuerte, los poderes públicos democráticos se inquietan. El deber de resistencia es profético, no está controlado ni tutelado y, por tanto, es impredecible en su formulación crítica. No me cabe duda de que la República Francesa es un sistema político democrático, pues reconoce los dos principios esenciales de este: legalidad y representación del pluralismo. Hay quienes están en desacuerdo con la ley del “separatismo” y defensa de la laicidad, hay movimientos como el de los “gilets jaunes” (chalecos amarillos) o el de la “manif pour tous” que, en algunos casos, tienen que ver con ese deber de resistencia. ¿Son todos movimientos de vuelo rasante? ¿Son simplemente integristas o fundamentalistas? Si tienen algo de verdad, esta se basa en sus argumentos. No son simplemente reacciones infundadas. Hace ya años el sociólogo de origen aragonés e investigador en Georgetown, José Casanova, lo avanzó así. El descontento que se expresa de esta forma debe ser escuchado. Los poderes iliberales lo reprimen, pero los democráticos deben plantearse la pregunta por su origen. Puede haber un deber de resistencia.
¿Verdadero deber?
Recientemente, se han vertido juicios descalificatorios contra un notable economista francés Gaël Giraud. Quizá molesta por ser crítico con el capitalismo, pero se le acusa de propósitos “conspiracionistas” por haber relacionado la política de Macron con la banca Rothschild, una antigua familia centroeuropea judía, dominante en la banca europea. Hacen falta argumentos para poder descalificar. Si no, invertiremos los términos de aquel triste o cínico “los culpables de todo son los judíos y los ciclistas”, ante lo que el oyente, ¿ingenuo?, pregunta “¿por qué los ciclistas?”. Estamos quizá ante una manifestación de cancel culture. Si los argumentos de Giraud son consistentes, no sirve descalificarlos como conspiracionistas. Los de este prestigioso economista católico a mí me parece buenos argumentos, discutibles, por eso son buenos. ¿Estamos a favor de ejercer un verdadero deber de resistencia? La muerte, al parecer por asesinato de una llamada “policía moral”, de una iraní, Mahsa Amini, es una tragedia contraria a la dignidad humana. Lo que nos hace falta son argumentos para saber si podemos estar de acuerdo o no con ciertas posiciones. Argumentos, no juicios de valor.
Deben plantearse la pregunta por su origen.
Puede haber un deber de resistencia

