Manos de minero
En su pueblo, eran casi todos hijos de mineros. Él era un intelectual, aunque no parecía. Reconocido escolapio, profesor de Filosofía, intelectual italiano de talla.
Aquella tarde de 1987 me presentaron a una persona normal. Era un intelectual, no parecía. Sus manos eran de minero. Había nacido en Santa Fiora sul Monte Amiata, provincia de Grosseto, un pueblito de pocos cientos de personas. El catorce de junio de 1944, fueron fusilados setenta y siete mineros por los nazis. Su crimen no era político. Defendían la mina. Sabían que los ocupantes se marchaban y temieron que la hiciesen explotar, era lo normal. Los mineros fueron a defender el pan de sus familias. Un fascista del lugar pasó la lista de la vendetta. Seis fusilados en el acto, los otros al día siguiente. Entre ellos, veintitrés compañeros de juego y de escuela de aquel admirado intelectual.
En su pueblo, eran casi todos hijos de mineros. Él eligió otro camino. La miseria hereditaria no permitía salirse de la fila. En fila desde que se nace hasta que se muere. Los hombres salen de casa aún de noche, trabajan en la oscuridad, regresan otra vez de noche. La única luz es la escuela de sus hijos. Ernesto Balducci conoce por qué murieron sus compañeros de infancia. Ha vivido sus vidas desde dentro, sabe sus nombres: “Eraldo, Mauro, Sergio y los otros veinte eran de la misma materia que mi gente, pobre desde que existe memoria, esto es desde el tiempo de los etruscos”. Capaces de una dignidad ruda, orgullosa, sin hipocresías, sin diferencias entre decir y hacer. Conocemos gente de pueblos andaluces o aragoneses que son así. El progresismo, el oportunismo intelectual, el heroísmo prefabricado lo conoció después. “Mis compañeros no murieron por la patria ni por la libertad. Murieron porque hicieron en su lugar de trabajo lo que tenían que hacer. La minería era su infierno, en el que morían un poco cada día, para ellos era el pan de su familia, la muerte y la vida”.
Ernesto Balducci fue un reconocido escolapio, profesor de Filosofía en Scuole Pie Fiorentine de vía Cavour, intelectual italiano de talla. Murió por accidente de coche hace veinte años. El año pasado un congreso en Florencia y este año Testimonianze, los “cuadernos mensuales de espiritualidad” que él fundó, lo han recordado. Balducci sabía ver la avanzadilla de la paz. Leía el evangelio y los signos de los tiempos. Era hijo de un pueblo de mineros.
Desterrado
Aquel fin de semana de 1987, celebramos la eucaristía del comienzo del Adviento. Las superpotencias nucleares acababan de firmar un primer acuerdo de reducción de armas. La iglesia estaba a rebosar. Predicaba Balducci. Es difícil decir en una palabra qué era la Badia fiesolana. No era convento ni colegio, había una comunidad escolapia. Ya no era abadía, sino solo una de las seis que habían circundado Florencia. El bellísimo lugar albergaba el prestigioso Instituto Universitario Europeo, ahí sigue. Balducci había sido desterrado, la curia exigió que se fuera de la diócesis.
Fiésole, a un paso de Florencia, lo recibió. Es diócesis distinta (ubi episcopus). Allí había nacido fra Angelico di Fiesole, el beato Angelico, enterrado en la Minerva de Roma, pintor de la celda sexta, y de otras muchas, de San Marco de Florencia, la que ocupó durante años Giorgio La Pira, “el alcalde santo”. En la Badia recibían l’Unità, el diario fundado por el filósofo marxista Antonio Gramsci. No era usual ver ese diario en una casa de religiosos. Junto con La Pira y al maestro y cura de Barbiana, Lorenzo Milani, Balducci protagonizó la “germinazione fiorentina” a partir de 1961, en la primavera de antes y durante el Concilio Vaticano II. No duró mucho. Karl Rahner e Yves-M Congar lo apoyaron cuando fue procesado por un delito contra la patria, como más tarde La Pira y Milani. Este escribió su alegato L’obbedienza non e più una vertú, aquellos años muy leído. A Fiesole me acercaron José Luis Corzo, Giuseppe Gramignoli y otros, a quienes estoy agradecido.

