Suscitar motivos para pensar
Aparentemente, hoy tenemos menos interés por pensar. Las redes ocupan nuestra mente. Resulta revelador la marginación de la filosofía, que favorece una situación menos apta a la introspección.
Pensemos en la enseñanza de la historia: una materia necesaria para componer la identidad propia, para relacionar tiempos y situaciones dispares y para afrontar el futuro con experiencia, y que, sin embargo, se encuentra en decadencia. A pesar de que el único viaje del que no se vuelve con las manos vacías es el interior, no parece ser muy transitado en nuestros días. No se trata de dar datos, cronologías y nombres, sin más; se trata de ofrecer la capacidad de relacionar, reflexionar sobre las causas de las diversas actuaciones, comprendiendo los motivos que las originaron, lo que es propio de cada época y lo que corresponde a las aspiraciones y condicionamientos de nuestra naturaleza. Resulta necesario juzgar sobre la ética y la honradez de las actuaciones individuales y colectivas. Esto nos lleva a examinar, con rigor y sentido común, por ejemplo, el tema de las colonizaciones a lo largo de los siglos y casos dignos de conocerse, como el de Galileo, Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, las conversaciones de Valladolid en tiempo de Carlos V o el tema del irlandés Roger Casement.
En nuestros días las utopías han fracasado o no están de moda, pero esto no quiere decir que no deba existir un proyecto compartido, ya que el escepticismo resulta completamente estéril. Un verdadero historiador tiene en cuenta la ficción, la vida y el papel que aquella tiene en esta, la manera como una y otra se alimentan y rechazan. La educación debe llevar a fomentar actitudes creativas, ilusionadas, no destructivas o escépticas. Hay demasiados jóvenes que no se encuentran atraídos ni por el trabajo ni por el estudio, y hay que buscar medios para incitarles a proponerse el porqué de las cosas.
Debemos suscitar el espíritu crítico, lleno de preguntas, que no es exactamente el de protesta o rechazo, sino la capacidad de preguntarnos sobre el origen del hombre y su sentido, y sobre la necesidad de rechazar la ola de eslogans falsos a los que nos encontramos a menudo sometidos. Asimismo, debemos preguntarnos sobre la peligrosidad de lo políticamente correcto, actitud que nos atenaza y envilece.
Verdadero compromiso cristiano
Cuando yo estudiaba Bachillerato, mis inquietudes religiosas se compaginaban con las preocupaciones sociales. Era una España pobre, con un pueblo en tránsito del campo a los cinturones industriales de las ciudades, con mucha miseria y poca instrucción. Teníamos claro que ser cristiano implicaba preocuparse por los necesitados. En nuestros días, sin embargo, compruebo que estos compromisos parecen difuminarse. Da la impresión de que, con el Muro de Berlín y el comunismo, han caído también preocupaciones por cambiar situaciones injustas. El Estado de bienestar se ha asentado tan sólidamente que nos ha convencido de que los ciudadanos se encuentran en el mejor de los mundos.
Es verdad que la profunda crisis social sufrida nos lleva a ser más modestos. Nos lleva, sobre todo, a pensar que hemos confiado demasiado en un Estado que debiera protegernos, sin darnos cuenta que somos nosotros, cada ciudadano, los últimos responsables. Nuestros jóvenes huyen del esfuerzo y alargan la mano, convencidos de que tienen todos los derechos y casi ninguna obligación, olvidando que el mérito y el trabajo resultan determinantes. Para esto, también, el estudio de la historia resulta instructivo.
En catequesis y en clases de Religión, hay que enseñar doctrina e historia, pero, igualmente, se debe enseñar que, sin compromiso personal por la justicia y la fraternidad, no existe sentimiento ni experiencia cristiana. No es posible ser un ciudadano cabal sin una implicación personal. Resulta intolerable exigir todo al Estado y nada a uno mismo. “Creer es comprometerse”, escribió mi amigo González Ruiz. Resulta irritante tanto progre que exige al Estado la entrada libre de emigrantes sin papeles, pero es incapaz de implicarse personalmente.
No es posible ser un ciudadano cabal sin una implicación persona

