Una herida infinita

No hay amor en la muerte. La herida es infinita. Siempre habrá herida, siempre; pertenece al inconsciente colectivo. Depende de cómo la recibamos y la curemos para que sea una herida luminosa.

En 2017, el escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo publicó la novela No hay amor en la muerte. Hace unas semanas, apareció el ensayo del filósofo barcelonés Josep Maria Esquirol que trata sobre la herida infinita: Humano, más humano: una antropología de la herida infinita, tercera pieza de una trilogía con La resistencia íntima (2015) y La penúltima bondad (2018), y propuesta de una antropología nueva, necesaria, urgente, aunque se inscriba en una larga meditación sobre lo incomprensible.

La lectura del ensayo me ha llevado a recuperar la novela. Abrahán se dispuso a obedecer a un Dios que le ordenaba ofrecer en sacrificio al hijo único nacido de sus entrañas envejecidas. Isaac es llevado al sacrificio por un exagerado creyente, casi fanático, que está dispuesto a abusar de su hijo para mostrar a todos los politeístas de su entorno, incluida la mujer que ríe, sus esclavos y esclavas, sus concubinas, que él sí que cree en un Dios único. Isaac es el mito fundacional de la religión judía y el ejemplo del gran miedo a Dios. Isaac supo que su padre pensó en matarle. La herida es infinita. Todo depende de que no se infecte. Siempre habrá herida, siempre. Depende de cómo la recibamos y la curemos para que sea una herida luminosa.

Franz Hinkelammert, economista y teólogo alemán-costarricense, niega en La fe de Abrahán y el Edipo occidental (1991) que Edipo (o Electra) sea mito originante de la cultura europea, como quería Freud. La editorial Du Seuil acaba de publicar La familia grande de Camille Kouchner sobre el abuso sexual a que fue sometido su hermano mellizo por un padrastro que era un verdadero icono intelectual, gentil y adorado. “Tenía catorce años y dejé que sucediera. […] Tenía catorce años, lo sabía y no dije nada”. Es la gente del París del poder de “la rive gauche”, la ‘familia grande’ (en castellano en el original), que se rige por la omertà. Incesto y sacrificio están unidos: ¿cómo puede ser cometido el mal por aquel que protege y ama? Palabras tramposas: “Es nuestro pequeño secreto”, “te hago esto porque solo tú me comprendes”, “no lo digas, los demás no lo entenderían”.

El acto de Abrahán tiene consecuencias duraderas en la vida de Isaac. En la vida de todos nosotros. Muchas veces me pregunto: si yo nunca fui educado en el temor a Dios, en el miedo, en la condena, en la violencia, en la imagen del Dios sádico, ¿cómo es que sigo oyendo a tanta gente, incluso mucho más joven, que esa es su experiencia? ¿Cómo puede ser que haya seguido siendo así, si al menos para algunos ya no lo fue durante la segunda mitad del siglo pasado? A veces pienso que se trata de un miedo ancestral, no personal. Es un mito que pertenece al inconsciente colectivo. Aunque nosotros no lo hayamos experimentado, está ahí, es nuestro mito arquetípico.

Para vivir hemos de poder olvidar,
aunque tengamos derecho a qué, cuándo y cómo olvidar

Perdón y promesa

¿Podemos seguir viviendo si sabemos que nuestro padre estuvo a punto de matarnos? ¿Podemos seguir creyendo en aquel que le dio esa orden, pues solo un fanático podía cumplirla? Sabemos que en el último momento el ángel retuvo la mano homicida. Así al menos lo refleja Rembrandt en su pintura de una fuerza y belleza impresionantes. ¿O es ese último momento, ese ángel, lo único a lo que nos podemos “agarrar”, precisamente para poder amar, creer y esperar? Nuestro ángel camina delante de nosotros, pero la herida es infinita. Aún no hemos llegado. De una vez para siempre se nos abrió un camino y podemos transitarlo. Él, el Hijo cuyo Padre no quiso su muerte, ya nos lo ha abierto “de una vez para siempre”. Podemos creerlo (escribo esto en la fiesta de la ascensión). Para vivir hemos de poder olvidar, aunque tengamos derecho a qué, cuándo y cómo olvidar. Perdón y promesa andan unidos. La promesa nos permite hacer frente a la inseguridad futura respecto a nosotros mismos, pues sabemos que podemos perdonar, según Hannah Arendt. El poder del perdón consigue, según Esquirol, que lo irreversible de lo que ya ha pasado no nos paralice del todo.

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