El Verbo se incluyó
Finalizan los trabajos de la primera fase del Sínodo de la Sinodalidad convocado por el papa Francisco, y varios datos que nos llegan del evento dan que pensar, también generan preocupación.
Por: Junkal Guevara
El pasado veintinueve de octubre concluyeron los trabajos de la primera fase del Sínodo de la Sinodalidad, convocado por Francisco en marzo 2020 bajo el lema “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión”. Es posible que algunos estén cansados ya de tanto sínodo, pero es importante pensar y hablar del “documento de síntesis final”; de las reacciones que suscitó en el aula (las votaciones, placet/non placet); y de lo que nos viene por delante hasta la celebración de la asamblea sinodal de octubre de 2024.
Esta invitación a pensar en lo pasado, y en futuro, la hago reconociendo que a mí también me cargaba un poco ya eso del “Sínodo de la Sinodalidad”, que, además, parecía un oxímoron. Ahora bien, el estudio de la asamblea sinodal de octubre me ha despertado de mi aburrimiento, y lo que comparto aquí, acertado o no, desea despertar y animar a pensar a quienes tienen algunas piezas del futuro de la Iglesia entre las manos, los educadores y, particularmente, los que responden de la transmisión de los contenidos de la fe en el aula.
El primer dato para despertar y pensar lo constituyen dos paradojas: primera, sigue siendo una asamblea de obispos, sin embargo, el veintiuno por ciento de sus miembros no lo son, y eso ha disgustado a un buen grupo de obispos, y obispos sinodales (un grupo de dieciséis/diecinueve “resistentes”); segunda, pensando la sinodalidad, “un modo de ser la Iglesia a imagen de la Trinidad” (Lumen gentium 4), y, de ahí, la referencia a la comunión, la participación y la misión, se desarrolla en un momento de tensiones y polarizaciones gravísimas ad intra de la Iglesia.
Las mujeres en la Iglesia
El segundo dato es el rechazo que a un grupo de sinodales, unos sesenta y cinco/sesenta y nueve, les produce todo lo que suene a lenguaje inclusivo, participación más incisiva de las mujeres en el gobierno de la Iglesia y, por supuesto, diaconado y sacerdocio femenino. Alguno de los párrafos de la parte segunda, apartado noveno (“Las mujeres en la vida y la misión de la Iglesia”), son los que han cosechado más rechazo. Y digo que son datos para despertar y pensar, no solo porque las mujeres constituyamos la mayor parte del pueblo de Dios, sino porque, de hecho, somos quienes con más compromiso empujamos desde abajo la misión de la Iglesia. Me gusta repetir una frase que oí una vez a Lucetta Scaraffia: “Las mujeres llevan adelante el cristianismo cotidiano”; y es que es así. “Empujamos el cristianismo cotidiano”: el de la transmisión de la fe en el hogar y en parroquias o células catequéticas cualquiera; el del consuelo de la eucaristía de los enfermos; el de la clase de Religión; el de la enseñanza confesional; el de la oración en los claustros; el de la sanidad “de campaña”; etc. Que la solicitud de un lenguaje que nos reconozca y visibilice a nosotras y a los varones (que de eso va el lenguaje inclusivo, por cierto, no de “valorarnos a nosotras”); que la reivindicación de una ministerialidad, la que sea, con participación de varones y mujeres; que la reflexión a propósito de una gobernanza desde una perspectiva más amplia (la de la mujer, ni mejor ni peor, diferente): que eso se haya constituido en “el disgusto” del sínodo es para despertarse. Y os lo digo, maestros y maestras, cinceladores de la Iglesia del futuro que educáis en un contexto de diversidad de tal magnitud que, si lo pensáis bien, podéis alucinar con el disgusto de algunos sinodales. Y es que, en el cristianismo cotidiano, lidiamos con la diversidad a todas horas y en todo, y estamos muy despiertos a la participación y a la misión, luchando con chavales, padres y autoridades del mundo de la educación, para “que la inclusión se haga costumbre”.
En este tiempo de Navidad, cuando Dios se incluye entre nosotros, os animo a seguir incluyendo; a luchar desde la escuela por una Iglesia, de verdad, a imagen de la Trinidad, donde la riqueza de la singularidad y el dinamismo de la reciprocidad nos los tomemos “con gusto”; en todo, para todos y siempre. ¡Felices fiestas de la inclusión!
Y es que, en el cristianismo cotidiano, lidiamos con la diversidad a todas horas y en todo

