El Maestro fue engendrado en el vientre de una mujer pobre de Galilea, nació en un pesebre entre animales porque no había una posada disponible y fue llevado por sus padres a Egipto en un exilio forzoso. Pasó una infancia discreta en la pequeña aldea de Nazaret. Podría haber usado la fama que le dio la autoridad de su palabra y la fuerza de sus milagros; pero mantuvo siempre una actitud discreta. No buscaba ser reconocido por sus milagros, sino por la profundidad de su mensaje. Criticó duramente a los escribas y fariseos que buscaban ocupar los primeros puestos (cf. Mt 23,1-12) y corrige a los discípulos que buscan poder y fama. Siempre que podía, les enseñaba el camino de la humidad: “El más grande entre ustedes será el que los sirva, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23,11-12). En la última cena, Jesús se inclina delante de cada uno de sus discípulos para lavarles los pies, un trabajo que correspondía exclusivamente a los esclavos (cf. Jn 13,2-15). Pedro no entiende cómo el Maestro realiza este acto de humillación propio de un siervo, pero le aclara el significado: “Vosotros me llamáis «Maestro» y «Señor», y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13,13-15).
La humildad es una característica fundamental del seguimiento de Jesús, solo entendida y practicada por los pobres y los niños: “El que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el reino de los cielos” (Mt 18,4): una humildad que se hace entrega alegre y generosa al servicio de los demás, tal como lo confiesa Pablo: “De todas las maneras posibles, les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: «La felicidad está más en dar que en recibir» (Act 20,35). Es una virtud de todo apóstol y, por supuesto, de todo el que se dedique a la educación.
“Abajarse” a dar luz
Desde antiguo, ser maestro se ha considerado como un oficio muy sacrificado y poco considerado socialmente. No se gana tanto dinero como en otros trabajos y difícilmente se asciende de clase social tan fácil como en otras profesiones. Quizá por ello no es común encontrar a jóvenes que se dediquen a la educación de los más pequeños, y espacialmente de los pobres. La humildad es muy necesaria para soportar la rutina del trabajo diario con los alumnos, para el crecimiento espiritual y la relación con los compañeros. El santo educador José de Calasanz escribe con gran acierto que “el camino más corto y más fácil para ser exaltado al propio conocimiento y de este a los atributos de la misericordia, la prudencia y la paciencia infinita de Dios es el abajarse a dar luz a los niños, y en particular a los que son como desamparados de todos, que por ser oficio a los ojos del mundo tan bajo y vil, pocos quieren abajarse a él”.
La humildad en el maestro se manifiesta en una actitud permanente de aprender, de reconocer los propios errores y tener apertura al cambio. Se adapta a la realidad de los alumnos y busca los métodos más apropiados para enseñarles. Tiene un respeto profundo hacia los demás y no se considera superior a nadie. Se alegra cuando un compañero tiene éxito en su trabajo y no hace comparaciones entre sus propios méritos y los de los demás. Estará preocupado por el bien de la escuela antes que por el bien personal, y no buscará el prestigio personal en su trabajo. Como toda virtud, la humildad no se improvisa. Se adquiere con los hábitos desde la infancia y alcanza plenitud con la gracia de Dios. Si realmente queremos que una sociedad tenga buenos maestros en el futuro, hemos de educar a los niños en esta virtud, mostrarles ejemplos claros que les inspiren especialmente, mostrándoles cuál es el “camino mejor” (cf. 1 Cor 2,31), el camino estrecho que lleva a la vida plena (cf. Mt 7,14-14): seguir e imitar a Jesús que da su vida por sus amigos (cf. Jn 15,13).

