Camino hacia la libertad

Israel es un pueblo peregrino en salida y camino. Aunque busca establecerse, nunca lo termina de conseguir completamente. Estar “en salida” es entender que el camino es el lugar donde el pueblo crece en identidad.

En Egipto, los israelitas viven sometidos a un poder opresor que los hace frágiles. Asimismo, todo proceso educativo parte de una realidad personal frágil llamada a mejorarse y adquirir plenitud. Lluis Duch, en La educación y la crisis de la modernidad, afirma que, “cuando nace, el ser humano está completamente desorientado, sin puntos de referencia fiables. Es evidente que se encuentra lanzado a un mundo que él mismo ni ha escogido ni ha previsto, en el cual tendrá que emprender la arriesgada misión, jamás definitivamente acabada, de «pasar del caos al cosmos». Su paso por los caminos del mundo dependerá de la acogida que experimente, de la orientación que se le proporcione, de la competencia gramatical que llegue a adquirir. […] Con el tiempo, una persona descubre su vocación, se sitúa en el mundo y adquiere una identidad vinculada a un grupo”.

La salida de Egipto se relata en el libro de Éxodo (del griego éxodos: ‘salida’). Es un paso del “caos al cosmos”, de la “esclavitud a la libertad”. En el libro de los Números, sigue el relato del camino por el desierto. Dios toma la iniciativa de sacar a los israelitas de la esclavitud. Para ello, llama a Moisés, que los conducirá a la libertad. Del mismo modo, un educador recibe una llamada para sacar a sus discípulos de la esclavitud de la ignorancia y del pecado para llevarlos a la libertad. Como lo fue Moisés, el educador es un acompañante que ayuda a sus discípulos a interpretar los signos del camino y a superar las pruebas.

El camino está lleno de contradicciones, frustraciones y fracasos que desmotivan a los israelitas. A pesar del interés que Dios muestra por acompañarlos, se olvidan de la razón por la cual caminan y ponen su confianza en los ídolos. Pero, en este largo camino en el que vivieron duras pruebas, también fueron testigos de signos poderosos y recibieron una ley. En este tiempo, Dios los educó, los cubrió, los cuidó y les enseñó a caminar con lazos de amor: “¡Y yo había enseñado a caminar a Efraín, lo tomaba por los brazos! Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor” (Os 11,3-4).

Profundizar la mirada

El relato del Éxodo nos enseña que la vida es un duro camino en el que la persona experimenta la propia fragilidad; en el que se encuentra con pruebas difíciles, pero también descubre señales luminosas que la animan a seguir adelante; en el que Dios propone un estilo de vida fundamentado en la alianza, la ley del amor. Solo desde una relación de amor se construye la comunidad y las personas pueden crecer. Solo el amor educa. La persona no es totalmente dueña de su vida. Hay una voluntad misteriosa que la guía, por lo que hay que estar atentos a los acontecimientos que van apareciendo en la vida. El educador debe ofrecer herramientas para que sus discípulos lean los acontecimientos con una mirada profunda.

El proceso educativo no termina nunca. Cuando los israelitas llegan a la tierra de Canaán, han de conquistarla y mantenerla. Aun así, descubren que el final del proceso es la patria del cielo, la “nueva Jerusalén”, donde se cumplen las promesas divinas: “Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo que yo voy a crear: porque voy a crear a Jerusalén para la alegría y a su pueblo para el gozo” (Is 65,17-18). En resumen: la finalidad de un buen proceso educativo es la plenitud humana y una nueva sociedad en la que habite la justicia y el derecho.

Educar es transmitir una tradición recibida (identidad cultural) de modo que, en cada generación, pueda recrearse la misma experiencia de paso de la esclavitud a la libertad. No es solo adquirir conocimientos, entrenar habilidades o asumir unas normas morales. Es transmitir una cultura integral que dé sentido a los acontecimientos de la vida y que ofrezca una esperanza firme. Profundizar en las claves que nos ofrece la experiencia de Israel en el camino por el desierto nos ayuda a entender el verdadero sentido de una educación capaz de renovar la humanidad y construir un mundo más justo y solidario.

Como lo fue Moisés, el educador es un acompañante
que ayuda a sus discípulos a interpretar los signos

 

RyE N.º 334 Noviembre 2019
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