Conservar la memoria

No es casualidad que las autoridades hayan retirado la estatua de Colón de una plaza de Ciudad de México. Antes, López Obrador le pidió al rey de España que se disculpara por los “agravios” durante la “llamada conquista”.

Después de quinientos años de historia, con sus luces y sombras, es muy triste que se alimente tanto odio y se olviden los beneficios que tuvo el encuentro entre culturas. El año pasado, unos vándalos derribaron una estatua de fray Junípero Serra en el Golden Gate de San Francisco. Este franciscano español, lejos de ser un “genocida” y un “racista”, representó a lo largo de su vida lo contrario: el cuidado y la enseñanza a los indios, así como la fundación de misiones que dieron lugar a muchas ciudades en California. Lamentablemente, abundan los episodios de esta índole en toda América, e incluso han llegado a Europa. Una nueva ola de revisionismo histórico cargado de ideología se extiende con escasa resistencia cultural en la mayoría de la población que permanece anestesiada y preocupada por sobrevivir a los problemas del presente.

Quizá Colón no sea un ejemplo de virtudes, pero tuvo la visión de conectar dos mundos diferentes que tarde o temprano se unirían. Tampoco fue muy ejemplar Moctezuma, que esclavizó a los pueblos vecinos, ni fueron unos santos los generales que llevaron a la independencia a los pueblos de América. La historia de cualquier nación está teñida de sangre inocente y de muchas injusticias, pero también de personas de gran humanidad, como fray Junípero Serra y muchos otros misioneros que llevaron el Evangelio, la cultura y el progreso. Mientras los bandeirantes portugueses capturaban a los indios guaraníes para venderlos como esclavos, los misioneros jesuitas los protegieron y les dieron una buena educación. Mientras algunos colonos españoles explotaban a los indios en Santo Dominigo, fray Antonio de Montesinos defendió sus derechos. Es muy grave manipular la historia de un pueblo para ponerla al servicio de una ideología. Lejos de buscar la reconciliación y el encuentro, solo se consigue dividir y enfrentar a la población. En este sentido, el papa Francisco alerta de las ideologías totalitarias que cuestionan y deconstruyen la historia real y la rehacen a su antojo. Niegan o manipulan la historia al servicio del poder dominante. Para ello, “necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido” (Fratelli tutti 13).

Asumir la herencia del pasado

Como miembros de la Iglesia, debemos conocer y asumir nuestro pasado. Es una historia de salvación donde el pecado convive con la gracia, la luz con la oscuridad, el trigo con la cizaña. No nos alegramos con los pecados de la Iglesia, más bien nos avergonzamos. Debemos sentirnos orgullosos de los mártires que dieron su vida por el Evangelio, de los que contribuyeron al progreso de naciones, de los que fundaron instituciones que han llevado consejo, salud, educación y cultura a muchos pueblos. Asumir la herencia del pasado con sus luces y sombras es parte de la identidad de un pueblo. “Los pueblos que enajenan su tradición y, por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral” (Fratelli tutti 14). Los medios de comunicación sacan a la luz muchos episodios vergonzantes de la Iglesia; muchos de ellos son reales y algunos manipulados, pero no muestran su aporte a la promoción de la dignidad de las personas, a la paz y al progreso de los pueblos. Olvidan que los cristianos han sido pioneros en muchos ámbitos de la cultura, de la ciencia y del derecho.

La instrumentum laboris del pacto educativo global nos anima a “formar personas que sepan reconstruir los vínculos interrumpidos con la memoria y con la esperanza en el futuro, jóvenes que, conociendo sus raíces y abiertos a lo nuevo que llegará, sepan construir su identidad presente más serena”. Así que debemos conocer bien la historia de nuestros pueblos, aprender de los errores y alegrarnos de los logros que han conseguido nuestros antepasados. Solo así podremos construir una cultura de paz y reconciliación, una fraternidad universal.

Asumir la herencia del pasado con sus luces y sombras
es parte de la identidad de un pueblo

 

Revista RyE   N.º 353   Octubre 2021
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