Una comunidad de memoria

“El mundo está cambiando: la educación debe cambiar también. Las sociedades de todo el planeta experimentan profundas transformaciones y ello exige nuevas formas de educación que fomenten las competencias”.

Ese párrafo forma parte del preámbulo del informe publicado por la Unesco en 2015. Unos años después, se abre un debate internacional sobre los “futuros de la educación” vinculado a la agenda para el desarrollo 2030. El informe recuerda los enormes desafíos que deben ser abordados de modo eficaz por la educación, como la fragilidad ecológica del planeta, la amenaza de la guerra, las desigualdades sociales, la interculturalidad y el extremismo político. Además, la educación también debe tener presentes los avances producidos en comunicación digital, inteligencia artificial y biotecnología, que plantean grandes problemas éticos y de gobernanza. Estos nuevos desafíos exigen competencias que han de ser incorporadas a los proyectos educativos. También las escuelas de inspiración cristiana deben sumarse a esta reflexión. La Unesco reconoce la importancia de las interpretaciones religiosas del humanismo y, por tanto, la relevancia de las instituciones religiosas para un verdadero cambio educativo. Pero la escuela confesional vive una tensión entre la demanda utilitarista del mercado, las necesidades sociales emergentes y la fidelidad a su propia identidad. Lucha por permanecer en el difícil mercado educativo y tener significatividad evangélica. Se siente llamada a servir a la sociedad siendo “sal y luz”, donde los principios cristianos sean inspiración para su proyecto educativo, pero le falta fuerza evangélica.

Para Lluís Duch, la crisis global de la educación de nuestros días es en buena medida una “crisis gramatical”, o lo que es lo mismo, una “crisis de memoria” que se refiere a la tradición que ha configurado lo mejor de nuestra cultura cristiana. No se pueden diseñar los futuros de la educación sin un anclaje a una tradición cultural sólida capaz de construir una identidad personal y social genuina, es decir, a un pueblo: “No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo” (Lumen gentium 12). Para el papa Francisco, el pueblo es una “experiencia de vida común en torno a unos principios y valores, a una historia, a unas costumbres, lengua, fe, causas y sueños compartidos”. En consecuencia, no hay un proceso educativo integral aislado de un pueblo que le ofrezca una antropología y cosmología propia y, por tanto, un horizonte de sentido. Lamentablemente, el proyecto educativo de muchas escuelas no solo está desconectado de la propia tradición cultural y religiosa nacional sino de la propia comunidad local.

No se pueden diseñar los futuros de la educación
sin un anclaje a una tradición cultural sólida

Reconectar la educación con el pueblo

Para renovar la educación, urge reconectarla con el “pueblo”, o lo que llama Robert N. Bellah la “comunidad de memoria”, que expresa de forma narrativa la identidad, donde se comparte unas tradiciones, unos lenguajes y unas historias comunes con las que le dan un sentido global a la existencia. En esta “comunidad de memoria”, se puede compartir la identidad con otros, porque se tiene un pasado común que genera un vínculo especial. No es una comunidad nostálgica, sino una comunidad capaz de reconstruir las instituciones comunitarias para abrirse al futuro. Un gran desafío que tienen los sistemas educativos es cómo formar personas que amen su pueblo y sean capaces de construir una sociedad civil culturalmente fuerte y desarrollada, que sea plural e inclusiva sin renunciar a unos valores compartidos.
La escuela cristiana es una institución de Iglesia, es decir, de una “comunidad de memoria” por excelencia, de la que recibe un modelo antropológico y una visión cristiana de la naturaleza y de la historia. Sin una comunidad visible que recuerde con su testimonio los principios del Evangelio, no hay transmisión de una identidad cristiana porque la fe se asimila, sobre todo, a través del contacto con las personas que viven cotidianamente la realidad, pues la fe cristiana nace y crece en el seno de una comunidad. Así pues, es preciso incorporar en el proyecto educativo de la escuela el desarrollo de una auténtica comunidad eclesial que asuma la misión de ser formadora de discípulos y misioneros en todos sus estamentos, educadores, familias y alumnos.

Revista RyE   N.º 359   Abril 2022
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