El valor de la admiración
La admiración es una pasión que tiene una influencia decisiva en la vida interior. Descartes la incluyó en su cuadro de las pasiones del alma. Antes, Aristóteles afirmó que es la madre de la filosofía.
Madre de la filosofía, y la raíz de la interrogación metafísica. “Los seres humanos”, repetía Estagirita, “admirados por la realidad, se sintieron llamados a interrogarse por ella y a averiguar el sentido de cada cosa”. La admiración es el motor de la pregunta, la fuerza motriz de la búsqueda espiritual, la raíz de la ciencia y de la filosofía. La admiración revela ignorancia y, a la vez, desconcierto y susto. Nos admira lo que no sabemos cómo es, ni cómo funciona, pero que nos conmueve por su belleza y majestuosidad.
La admiración se manifiesta por un impulso hacia lo que nos sobrepasa, como sugiere el latín “admirari”. “Mirari” significa ‘maravillarse’, mientras que el prefijo “ad” indica un movimiento verso. Un objeto suscita admiración cuando está muy por encima de nosotros. El ser humano, al admirarse, reconoce su pequeñez, pero, a su vez, su intención de conocerlo todo.
Admirar es subordinarse respetuosamente a lo superior. La admiración es, en el orden de lo secular, el sentimiento que se acerca más al fervor religioso. La admiración asocia la alabanza propia del maravillarse al sentimiento de un reconocimiento, el estremecimiento religioso y la acción de gracias.
La persona, presa de la admiración, agradece al mundo, en cierto modo, por el objeto del que le ha hecho donación. En efecto, pensar es una acción de gracias. El filósofo, ensayista y poeta alemán Martin Heidegger decía: “Denken ist danken”; que significa: ‘Pensar es agradecer’. Cuando uno piensa el mundo y todo lo que hay en él, siente un deseo de agradecer este don al que le ha dado. Este sentimiento de gratitud está íntimamente ligado a la vivencia religiosa, aunque no siempre se orienta a un Dios personal.
Un objeto de admiración se reconoce también por el siguiente carácter: su riqueza no se agota en una sola mirada, sino que se revela por medio de una frecuentación paciente, un desciframiento progresivo. La disponibilidad y la admiración son parientes cercanos, pero aportan dos contribuciones distintas a la expansión de la persona.
La vida interior la forman los aluviones, los sedimentos dejados por las emociones sentidas en contacto con el mundo. Es la prolongación de estas experiencias a través de la memoria, la condensación de estas emociones vividas que siguen resonando en nosotros cuando su objeto ha desaparecido. Podríamos decir que no hay nada en la vida interior que antes no haya sido captado por los sentidos y contemplado con la fiebre de la emoción.
La admiración es, en el orden de lo secular, el sentimiento que se acerca más al fervor religioso
Un sentimiento que hace crecer la espiritualidad y la ciudadanía
El sentimiento de admiración hace crecer la espiritualidad, también hace crecer a la ciudadanía. Refuerza el vínculo social más sólidamente que una emoción ordinaria, porque confiere a ese vínculo una calidad espiritual. La fuerza de la admiración consiste en reunir a los seres en una comunidad de espíritu. Para admirarse de algo, de un paisaje, de la belleza de la creación, de una obra, de una pieza musical, es necesaria una condición previa: pararse, desacelerar el ritmo de vida. La lentitud es su condición de posibilidad. La lentitud ensancha el breve espacio entre el pasado y el futuro. Da grosor al presente. Hace posible no solo una mayor presencia en el mundo, sino, por así decirlo, una mayor presencia en el presente. En la admiración, se aceptan los hechos dados. La admiración implica la exigencia de disponibilidad en el espíritu de posesión. Para ponerse a disposición del mundo, no hay que tener el mundo a disposición. Adoptar ante los seres y las cosas una actitud de acogida equivale a permitir que los seres y las cosas se desarrollen y facilitar su expansión. La admiración comporta una filosofía de la dulzura que consiste en respetar la existencia del mundo, en cuidarlo; en resumen, en dejar que el ser sea lo que es.

