Perdonar: empezar de nuevo
El perdón exige humildad y tiempo, porque perdonar la ofensa en caliente es difícil, pero con la distancia que dan los años es más viable el camino hacia la reconciliación.
Una de las obras más sugerentes que se han escrito durante el siglo xx sobre la virtud del perdón es la del filósofo y musicólogo francés, Vladimir Jankélévitch (1903-1985), publicada en 1967, con el título Le pardon (El perdón, Seix Barral, 1999). El perdón, tal como lo entiende Jankélévitch, no es una imposibilidad, pero tampoco es sencillo alcanzarlo. Exige humildad y, a la vez, el tiempo juega un papel clave, porque perdonar la ofensa en caliente es difícil, pero con la distancia que dan los años es más viable el camino hacia la reconciliación.
Existe el perdón fácil y el perdón difícil. Es sencillo perdonar cuando la ofensa es leve, cuando no existía el más mínimo indicio de responsabilidad, cuando una conjunción azarosa de elementos propicia el mal. Muy diferente es, en cambio, perdonar cuando ha habido clara intencionalidad, cuando la ofensa es tan grave que nada vuelve a ser como antes, cuando se puede imputar responsabilidad. El perdón no es entonces un acto que fluya espontáneamente del corazón. Es imposible determinar cuánto tiempo es necesario para perdonar un acto, cuánto resentimiento es capaz de resistir una persona dentro de su ser. Como el tiempo de luto, es imposible determinar el tiempo necesario para el ejercicio del perdón. Cada vínculo es único y diferente y cada uno vive a su modo la ausencia de un ser querido.
Prever el tiempo que va a durar el duelo o el tiempo que se tarda en perdonar una traición es insensato. Existe una constelación de elementos y variables en juego que difícilmente se pueden contener dentro de un algoritmo. El tiempo, ciertamente, juega un papel, pero, a veces, cuando ha pasado demasiado tiempo, el rencor queda tan instalado en la propia interioridad que ha anidado y no hay rendija por donde liberarlo.
También existe el falso perdón, que se formula verbalmente, se pronuncia con los labios, pero no trasciende ningún adentro, de tal modo que la ofensa queda clavada dentro del pecho, y ese perdón es una pura representación escénica. Este perdón abre un campo de confusión, porque el agresor cree ser perdonado, mientras que la víctima no lo ha perdonado realmente y no se ve capacitada para empezar de nuevo. Más que un perdón, es un ritual de despedida; mientras que el perdón es un nuevo comienzo, un saludo. Perdonar no es, en ningún caso, justificar comportamientos negativos propios o ajenos. No es un acto de condescendencia o debilidad. No es hacer injusticia; es más bien trascender toda justicia. Tampoco es, en sentido estricto, la práctica de la justicia, pues el perdón fluye del amor y no del derecho; nace del corazón y no de la racionalidad jurídica.
Reconstruir los tejidos
El proceso de reconstrucción de tejidos depende del trabajo del perdón, pero este ejercicio es siempre dual y no puede ser ejercido de forma individual. Yo puedo suplicar el perdón, pero el otro puede no dármelo. Puedo ofrecer el perdón, pero el otro puede no solicitarlo. Para que el perdón tenga lugar, es necesario un movimiento en ambos sentidos, del agresor hacia la víctima y de la víctima hacia el agresor.
El maltrato, la violencia, la agresión y la traición son prácticas inaceptables. El perdón no significa que uno apruebe o defienda la conducta de lo que ha causado sufrimiento, ni tampoco excluye que se tomen medidas para cambiar la situación o proteger los propios derechos. Perdonar no es hacer como si todo fuera bien; es un mecanismo de curación interior y esto solo es posible si se vence la simulación. Libera del veneno del odio y de la opresión espiritual. El perdón ofrece una forma de salir del círculo vicioso. Emancipa de la esclavitud del temor. Enseña que, bajo una conducta cruel e inhumana, existe un corazón; que más allá de los actos que no tienen ni un ápice de valor redimible, hay un alma valiosa, que el ser trasciende al obrar y que la persona es más que sus actos.
El perdón fluye del amor y no del derecho; nace del corazón y no de la racionalidad

