Un Dios que vela
El Dios que nos ha revelado Jesús no es indiferente; es amor, es atento, vela por lo que ha creado. Pero, a la vez, respeta la libertad potencial de la criatura que ha creado.
El Dios que Jesús nos ha revelado a través de su vida, de sus palabras y de sus silencios no es un Dios indiferente al mundo que ha creado, porque la indiferencia es, justamente, el extremo opuesto al amor, y quien ama, por definición, no puede ser indiferente al destino, a la desdicha o al sufrimiento del otro. Si Dios es amor, debe ser atento, debe velar por lo que ha creado, pero, a la vez, debe respetar la libertad potencial de la criatura que ha forjado a su imagen y semejanza. Si se acepta la premisa de la primera carta de Juan, que Dios es amor, necesariamente, se debe admitir que Dios no puede desentenderse de lo que ha creado y que debe experimentar un sufrimiento infinito, que no podemos ni captar, al ver que lo que ha creado es dañado, herido o destruido. Por eso, el Dios cristiano tampoco se corresponde con la imagen del Dios relojero elaborada por algunos filósofos ilustrados franceses del Siglo de las Luces. El relojero construye el artefacto, le da cuerda y se desentiende, pero un padre no es un relojero. Incluso cuando el hijo se ha fugado, se lo ha llevado todo y ha dado un portazo, el padre sale cada día, más allá del umbral del portal, para ver si vuelve, porque lo quiere y no puede dejar de hacerlo. Dios vela, pero no siempre nos damos cuenta de que vela. Aquí está el misterio. Sin embargo, no hay argumentos suficientes para mostrar que está ahí, como, a la vez, tampoco hay argumentos definitivos para mostrar que no existe.
La experiencia subjetiva de la presencia de Dios en el mundo es muy distinta según la vivencia de las personas. Hay personas que sienten esta presencia de amor y de consolación de Dios cuando todo les cae materialmente a pedazos. Se sienten, enigmáticamente, sostenidas por Dios. Es el caso de Ludwig Wittgenstein. Nos lo narra en sus diarios durante la Primera Guerra Mundial, cuando está de voluntario en las trincheras y puede perder su vida en cualquier momento. Se siente en manos de Dios, experimenta que Dios le sostiene. Es el caso, también, de Etty Hillesum de camino a Auschwitz. Se siente amada por Dios y agradecida por la vida que vive, aunque todo su mundo se hunde y se rompe en mil pedazos. Es también la situación de Edith Stein, cuando es detenida, junto con su hermana Rosa, en el convento de Echt en Países Bajos y deportada a Auschwitz, donde son exterminadas. Se siente sostenida por Dios y, en cambio, desde fuera, es fácil concluir que Dios la ha abandonado en medio de la miseria, de la inopia y de la crueldad.
¿Cómo actúa Dios?
Todos estos testigos, y muchos otros, sienten que Dios está velando amorosamente cada una de sus vidas. Otros, en cambio, ante la más pequeña contrariedad, experimentan que Dios los ha abandonado, que es indiferente a sus súplicas, que queda como un espectador indiferente a lo que pasa, sin tomar parte en ella, personas y usurpar su libertad. Dios está ahí de manera discreta, sutil, latente, sin abarcar con su presencia, sin amputar la libertad humana. Está ahí, tanto cuando las cosas van bien como cuando van mal. La acción de Dios no depende de la acción humana. Dios es soberano. Actúa cuando quiere, como quiere, de la forma que quiere. No podemos predecir su acción, ni anticipar su forma de darse a conocer.
Dios es Dios y cualquier intento de encapsularlo en un algoritmo o en un proceso mecánico es una expresión de arrogancia humana. Nos es legítimo decir que actúa a través de los hombres y mujeres de buena voluntad que aman, que velan por los demás, que practican la compasión, que trabajan por la reconciliación y para curar heridas, sean o no confesionalmente cristianos, se sientan o no miembros del pueblo de Dios. Dios actúa a través de mediaciones, de los más pequeños e inocentes, de quienes discretamente construyen un mundo de armonía incluso dentro de un contexto caracterizado por la lucha, la muerte y la desgracia.
Está ahí de manera discreta, sin abarcar con su presencia, sin amputar la libertad

