Como el Nilo
Así es la clase de Religión, un gran río en la escuela. Navegamos río arriba desde Luxor, antigua Tebas. Ninguna alusión del guía a los padres y madres del desierto (anacoretas, eremitas, monjes) que poblaron la Tebaida; gran tesoro que los egipcios dan al mundo. Silencio sobre lo que sucede en Egipto desde el Edicto de Milán (siglo IV) hasta la aparición del islam (siglo VII). Pero sucedían cosas importantes para Occidente. Los padres de la Tebaida, chino para todos. Pero no así san Antón Abad, el que bendice nuestros animales cada diecisiete de enero. ¿Qué le lleva a Antonio a ser el fundador del movimiento eremítico? Seguir la voz del nuevo “Nilo” que había aparecido en Nazaret, y se ofrecía como agua que salta hasta la vida eterna. Siguiendo esa voz, reparte todos sus bienes entre los pobres y se retira al desierto para seguir escuchando mejor esa voz. Sin pretenderlo, crea escuela. La vida monacal vuela a Occidente, da grandes frutos: Agustín, Benito, Isidoro, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán… son legión. Con ellos, hospitales, escuelas, universidades, oración y trabajo… al estilo de Isidro Labrador (ora et labora). Son canales que acercan y reparten el agua de ese “Nilo”, para que se cumpliera lo que escribió el profeta poeta Isaías: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa, festejará con gozo y cantos de júbilo”. Lo entendían bien los afectados por la peste, lepra, enfermedades venéreas y ergotismo; llevaban aparejada la marginación social, pero eran atendidos por la Orden de los Caballeros del Hospital de San Antonio (siglo XII). Aprendieron de Antonio el gran secreto, el tesoro escondido, que él había conocido por una legión de mártires y confesores. Repartir todos tus bienes puede ser postureo; entregar toda tu vida a los enfermos, el tañer de una campana hueca. Las fuentes del Nilo están en el amor. Solo el amor, Dios, es fuente y sentido.

