Domingo García
Sacas la clase de Religión a la calle y se produce el milagro. El doce de mayo pasado, celebré, al fin, la fiesta de Santo Domingo de la Calzada, larga calle como la arquitectura del camino, y santo recortado a imagen de quien dijo “yo soy el Camino”. Domingo García (1019-1109), un burgalés de Viloria de Rioja, hizo habitable la entonces boscosa zona con la cultura (cultivo) del desbroce, repoblación, seguridad de la acogida (hospital)… y cebolleta. Domingo no es fruto de la generación espontánea. Como todos los santos, nace, se hace y es hecho. Buen temple debió de respirar en su casa y su pueblo (y poderosa llamaba por dentro) para que, ante las “calabazas” de los benedictinos de Valvanera y San Millán de la Cogolla, no se refugiara en el fácil pretexto de “es que los curas”. Como eremita, busca en su bautismo la savia de su injerto en Cristo. Vienen luego las “clases” de Gregorio, obispo, con quien tiende puente sobre el Oja para los peregrinos a Santiago. “Era peregrino y me hospedasteis” (Mt 25,35). Aprende que la fuerza del “oso” (patronímico García) se ve multiplicada exponencialmente a medida que sus manos van modelando lo que dictan su mente (patrón de ingenieros) y su corazón, iluminados por el día del Señor (Domingo). El Espíritu todo lo hace nuevo, viste la tierra de esplendor y belleza. Un calceatense de cincuenta y cinco, amigo providencial y experto guía, lo corrobora. Vive los rincones donde la tradición muestra y esconde las galas del alma de la fiesta. De ella dialogamos al son de los danzadores. La clase de Religión está en la calle. Pero la calle demanda aula, porque al día siguiente, como en soliloquio, dice: “Lo conocí ayer. Él no sabe, no es consciente de todo lo que me enseñó. Dios, qué pena no haberlo tenido de profesor para mí. Qué cultura, qué naturalidad”. Es fácil al calor de la amistad y “un vaso de bon vino”.

