Admirable comercio
Publicado en el número 336 de la versión en papel. Enero de 2020
Es lo genial de ser profesor de Religión, ese admirable comercio. Todos nos educamos unos a otros. Los alumnos se sorprenden cuando les dices que en ese intercambio el profe sale ganando. Aprende con ellos más de lo que enseña. Son una mina de sugerencias. Te llevan siempre a lo fundamental, a las cuestiones radicales. Te obligan a reformular respuestas, y los mismos planteamientos, con lenguaje nuevo. Ya sabemos todo lo que conlleva la permanente recreación de la palabra. Lo acabo de comprobar hace unos días con una treintena de profesores de colegios claretianos de toda España en unas jornadas de formación. Me invitaron a desarrollar el tema “Diálogo fe-cultura-vida hoy”. Y era de ver el hermoso espectáculo de unos rostros bailando al ritmo de la trompeta de Louis Armstrong, que pregona, en dos versos, el alegre y glorioso desfile de los santos que narra el Apocalipsis. O seguir las peripecias del río de la vida con la canoa de Pocahontas, que invita a elegir el camino estrecho, el que conduce a la vida, a la sabiduría del corazón, al amor más grande, ese de dar la vida por el amigo. O contemplar en sus rostros, suspensos, la vehemencia con la que Charles Chaplin reclama Evangelio, con cita explícita de san Lucas, en plena Segunda Guerra Mundial, en El gran dictador. Han borrado la imagen de Dios en cada ser humano, el resultado es el desbocamiento de uno de los jinetes del Apocalipsis: la guerra.
Son profesores los que tengo delante y, por un momento, me sorprendo en ESO o Bachillerato. Al hilo de lo que uno ha aprendido con los alumnos, tengo la impresión de que los profesores recuperan la inocencia original, el “niño” del Evangelio, ahora con conciencia plena. Son muy buenos alumnos estos profes, lo pregona su entusiasmo por el saber y unas enormes ganas de seguir aprendiendo.

