Autenticidad y liderazgo

Las generaciones más jóvenes valoran cada vez más la autenticidad en el liderazgo, pero ¿este valor va acompañado de hechos y voluntad real de transformación?

Al preguntar a las personas qué es lo que más valoran del liderazgo político, la mayoría de las veces la respuesta es prácticamente unánime: la coherencia, la congruencia entre el personaje y el discurso, entre la puesta en escena y la palabra dicha por él.

La autenticidad en el liderazgo tiene tres niveles, que rompen con tres paradojas o mitos. El primero es el más emocional, el corazón, el sé tú mismo con pasión, pero también con humildad. El segundo es sé tú mismo, pero aprende y mejora cada día, es decir, crece.

Los líderes auténticos hacen del aprendizaje un hábito y son fieles a la mejor versión de sí mismos. Son capaces de encontrar esa armonía entre sus propios intereses y los de los demás. Crean las condiciones necesarias para promover el crecimiento de las personas que los rodean.

Este valor, el de la autenticidad, es especialmente valorado por las generaciones más jóvenes. No toleran
el trapicheo, la falsedad o el engaño. En estas nuevas figuras emergentes, ven aire fresco, una cierta complicidad generacional y, sobre todo, un recambio a la vieja y deteriorada clase política que asocian directamente con la corrupción, la opacidad y la mala gestión. Hay que estar atentos a estos nuevos liderazgos y evitar juicios de valor. Entre el mesianismo iluso y la desconstrucción cínica, es básico darles tiempo, porque solamente el tiempo ubica a las figuras en el lugar que les corresponde.

Existe una generación esperanzada en estas figuras. Les ven pureza ética, el principio de una nueva era, el vector de futuro de Europa. Otros solo ven un voto de castigo, un aviso serio a quienes siempre han ostentado el poder.

También hay quienes ven en este tipo de liderazgos una operación de márquetin muy bien dibujada y representada, en la que todos los elementos, incluso los que parecen improvisados y frescos, han sido calculados hasta el último milímetro por asesores de imagen e ingenieros sociales. Las valoraciones se precipitan, pero el tiempo tiene la respuesta.

No sabemos si estamos en el inicio de una nueva era política o bien estamos en el final de un mundo y estas figuras son solo el síntoma de un declive que nos conduce hacia el abismo. Lo que interesa, sobre todo, es la relevancia que tiene el valor de la autenticidad. Solo es creíble el líder auténtico, pero la cuestión es cómo saber que es auténtico.

Existen verdaderos comediantes de la palabra, orfebres de la prosa que dominan hasta la excelencia el arte de hablar y que dan la impresión a la ciudadanía de ser auténticos, de buscar un mundo alternativo, justo, equitativo y fraternal.

Su retórica, que incluye, obviamente, elementos paraverbales como la indumentaria, el peinado, el bolso o los vaqueros, atrae e incluso fascina, pero uno se pregunta si el emisor se cree, realmente, lo que dice, si se siente identificado o bien es solamente un discurso estratégico que tiene, como finalidad, persuadir a los cansados, a los aburridos y asqueados del pesebre actual.

Autenticidad y hechos

La autenticidad solo se puede verificar con los hechos. Las palabras pueden deslumbrar, así como las entrevistas televisivas realizadas o la sutileza de un tuit publicado, pero solamente a través de los hechos se
puede verificar si el emisor es auténtico o si existe una voluntad real de transformación. Por el momento, hay que dar un tiempo de exploración y un voto de confianza. Uno de los males que atenaza gravemente
a las organizaciones es la enfermedad de las chácharas, de las murmuraciones, que tienen su génesis en
el uso inadecuado de la palabra, en un uso temerario e irreflexivo que tiene, como consecuencia, todo tipo de males.

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