Consolar al triste

Hay varios candidatos al podio de pandemia y trastorno psicológico mayor  de nuestro tiempo. Entre ellos, está el estrés, pero, seguramente, la depresión sea el trastorno más temible. La depresión grave suele requerir atención psicológica  a fondo. La gravedad es siempre cuestión de grado. En la jerga de la psicología, se habla por eso también de “distimia”, permanente estado de ánimo abatido, por los suelos,  a menudo, sin “razón” aparente; y de “disforia”, desarreglo pasajero (a veces, duradero) en lo emotivo como consecuencia de una enfermedad, un duelo o alguna otra tribulación. A distimia y disforia el lenguaje ordinario las describe como tristeza.  El estado de tristeza no implica solo una vivencia o emoción desagradable, también falta de motivación y, en consecuencia, brazos caídos, pocas ganas de levantarse de la cama  y de emprender actividades.

El listado de las “obras de misericordia” incluye consolar al triste. ¿Es posible? Lo es, aunque no fácil. No se trata de dar palmaditas en el hombro, pero sí abrazos. Una “abrazoterapia” es posible en el aula, en el patio de recreo: con abrazos o con simples apretones de manos. Tampoco se trata de palabritas superficiales del tipo: “¡cuánto vales!”, o “la vida es bella”, pero sí de palabras verdaderas, meditadas, animosas,  que ayuden a levantar el corazón. No se trata de ponerse a bailar o a cantar (tampoco  se excluye), pero sí de gestos de aceptación, de alegría comunicativa y compartida, contagiosa. La infancia y la adolescencia, de suyo, son etapas de vitalidad. Hay niños  y adolescentes, sin embargo, tristes o, peor, tristones. El educador ha de estar atento  a los signos de tristeza y dispensarles un suplemento de atención positiva para ayudarlos a salir del hoyo en el que cayeron, a romper el caparazón en donde se encerraron.

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