El ADN de la responsabilidad

No somos seres aislados que empiezan y terminan en sí mismos; vivimos en constante interrelación. La acción o no-acción de uno repercute en los demás, y esto es así para todos.

El valor de la responsabilidad expresa el deber de responder, pero también la sensibilidad frente a la vulnerabilidad ajena. La responsabilidad se opone, en este sentido, a la indiferencia y a la dejadez. Responsabilidad significa, por un lado, fidelidad a los compromisos adquiridos, pero, por otro, expresa la preocupación por el destino del otro. Uno es responsable cuando responde de sus opciones personales libremente asumidas en el tiempo y cuando responde activamente a la llamada de la persona vulnerable.

La palabra responsabilidad, etimológicamente, expresa con claridad el significado del concepto. Es responsable aquel que responde. El ser humano, a diferencia de cualquier otro ser, puede hablar, explicar y justificar los actos que ha realizado con libertad, puede dar razón de ellos. El ser humano es responsable porque es libre y, a su vez, la libertad humana se fundamenta en la responsabilidad.

Responsabilidad, dicho muy sencillamente, es la obligación de responder de algo. Aparentemente, esta aseveración resulta muy simple, pero, si nos detenemos a pensar, no lo es tanto, puesto que se advierten unos elementos constitutivos que habremos de analizar. La responsabilidad implica: un interpelado, ya que la apelación, obligación a responder no surge del vacío; un interpelante, ante el que se responde; una tarea, que es la misión de responder y una estructura en la que realizarse todo lo anterior.

La responsabilidad es, por tanto, partiendo de este análisis, el ejercicio de un diálogo, llevado a cabo dentro de la existencia y valiéndose de la misma.  Pero el diálogo tiene como exigencia primordial ser coherente, lo que significa que a una interpelación determinada hay que dar una respuesta acorde con la misma.

No hay auténtica responsabilidad sin libertad. El individuo tiene que ser libre para asumir el compromiso y, por lo mismo, tiene que reconocerse con capacidad para dicha asunción y consiguiente respuesta. Si no hay libertad, no se puede hablar de responsabilidad, por lo que hay que concluir que una persona es responsable cuando tiene plena conciencia de sí y se posee a sí misma.

Responder a la llamada

Todos hemos sido llamados a la vida y para responder a ella se nos ha dotado de habilidades y talentos que hemos de usar si queremos considerarnos y que nos consideren responsables. Ser responsable significa responder a la llamada de los valores que reclaman ser realizados, responder de las consecuencias de tal llamada. Ser responsable es responder con la acción a los valores de una organización. Ambas formas de respuesta implican sensibilidad para los valores: la capacidad de descubrir y reconocer la fecundidad que tienen para nuestra vida al ofrecernos posibilidades de auténtico desarrollo personal.

La responsabilidad presenta una condición relacional: entra siempre en juego un valor que insta a ser asumido y realizado y un ser humano que responde de forma positiva a tal llamada. Ser responsable es tomar las riendas de la propia vida y responder de la marcha de la misma, de su sentido o su sinsentido, de sus logros y de sus fallos. Una respuesta es una reacción a un estímulo exterior, pero la respuesta responsable no es espontánea e incontrolada, sino que surge de un juicio valorativo, quien es capaz de dar respuesta es aquel que no permanece indiferente, aquel que no queda insensible y paralizado frente a las injusticias y a las incoherencias del mundo, aquel quien, frente a las debilidades y a las necesidades, se da rápidamente para intentar equilibrar el desorden.

No somos seres aislados que empiezan y terminan en sí mismos; vivimos en constante interrelación. La acción o no-acción de uno repercute en los demás, y esto es así para todos, aun para aquellos que viven en soledad. Si uno elude su responsabilidad, será otro quien tenga que realizar su tarea o esta quedará sin realizar.

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