Nuestra Señora
Debemos a la Edad Media la imagen de Nuestra Señora. Los sanados por ella parecen salidos de los Evangelios. Lo recordamos festivamente en agosto. Ni La Pietà, casi renacentista, la desbancará como devoción.
A lo largo del siglo XII en el XIII y hasta finales del XIV, María se convierte en “Nuestra Señora” en la literatura mariana. Ocurre mientras Occidente redescubre la humanidad de Cristo y trata de conjugar realeza y feudalismo. En torno al año 1100, inician su desarrollo las Peregrinaciones marianas, básicamente en el centro y norte de Europa. La creencia en la asunción se fortalece en paralelo al desarrollo de la redacción de relatos de milagros de la Virgen María. “Los relatos de milagros de la Virgen […] quieren asegurar la promoción de los peregrinajes tanto como promover la salvación”, según la historiadora francesa Sylvie Barnay. Efectivamente, es el tiempo del santuario de Rocamadour, que cuenta con una larga tradición de peregrinación a la Virgen María bajo la forma de una Virgen negra.
Su dimensión europea aparece en el Libro de los milagros. Compostela tomará el relevo, más europeísta que milagrero. Recogidos en colecciones, como los Milagros de Nuestra Señora de Guillermo de Malmesbury hacia 1123, por Gautier de Coinci antes de 1236, los relatos de milagros contienen las incontables buenas obras de la Virgen María. Es el caso de los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, recopilados entre 1246 y 1252, aproximadamente. Usa como fuente colecciones de milagros marianos en latín que circulaban en el siglo XIII para veinticuatro de ellos, y el número veinticinco (veinticuatro en las ediciones modernas) de fuentes desconocidas, posiblemente orales. Dan cuenta de la transferencia a María del carácter sanador de Cristo.
También los hospitales eran foco de peregrinajes sanadores. Por ejemplo, el hospital de San Antonio de Viennois de los antonianos. Congregación fundada hacia 1095, su propósito era cuidar de aquellos que sufrían la enfermedad del ergotismo. El nombre de la orden en latín (Canonici Regulares Sancti Agustini Ordinis Sancti Antonii Abbatis) los sitúa en el amplio movimiento de canónigos regulares y en la senda de la influencia de san Agustín.
Una demostración de que la espiritualización de la enfermedad, la exhortación al enfermo a la santa entrega teorizada por el santo africano, era compatible con el compromiso con el enfermo. También de la compatibilidad de la huida de “determinado mundo” con el servicio y la incidencia en “otros mundos”.
Los Hermanos del Espíritu Santo fundados por Guido de Montpellier hacia 1180, para curar a los enfermos, fueron aprobados por el Papa solo dieciocho años después. Los siglos xii y xiii son la época de “la eclosión de las obras de caridad”, según Daniel Le Blévec. Su programa, las obras de misericordia y dentro de estas visitar y cuidar a los enfermos. Esta eclosión va más allá de la caridad privada. Se articula en órdenes especializadas y en movimientos de confraternidad. Tanto las ciudades institucionalmente como simples particulares tuvieron la iniciativa de numerosos hospitales y leproserías. Resalta también el autor que aparecen “la mayoría de las veces independientemente entre sí”. Quizá, imitación común de María como intercesora, “acueducto” según la imagen del monje san Bernardo de Claraval (1090-1153).
Salidos de los Evangelios
Para Sylvie Barnay, los sanados por Nuestra Señora parecen salidos de los Evangelios. Las imágenes coronadas conviven con la figura evangélica de María “sierva”. Hacia mediados del siglo xiv, aparecen los primeros clérigos y laicos “siervos y siervas” de la Virgen. Un ejemplo es la orden de los siervos de María. “El dolor reemplaza a la alegría en las letanías ofrecidas a María y los teólogos hablan de la transmisión de la pasión entre la Virgen y su Hijo”, según la autora citada. El siglo del gran cisma de Occidente y de la caída de Constantinopla es también el de la peste negra, hambrunas y epidemias. La Pietà es la nueva iconografía de una Virgen sufriente ante las desgracias de la época.

