Versículos para el discípulo
Donde se proponen tres versículos de la Escritura especialmente adecuados para el discípulo que echa la mirada atrás para revisar su compromiso misionero
Mi invitación, estos días de circunstancias inauditas, a todos los que estamos en el día a día de la misión educativa en la escuela católica es que elevemos un poco la mirada y no eludamos esa costumbre de mirar al curso que termina y hacer balance.
En mi caso siempre he encontrado un buen acompañamiento para esta tarea en tres versículos de la Escritura. El primero se encuentra en el salmo 89: “Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos”. Hemos ofrecido las obras de nuestra manos a lo largo de todo este curso en circunstancias a veces nada fáciles. Pero, para que esas obras de nuestras manos adquieran su pleno sentido, es necesario que sobre ellas descienda la bondad del Señor. ¿Han sido nuestras obras concebidas y llevadas a cabo pensando que son el lugar donde la bondad del Señor se quiere hacer presente? Necesitamos recuperar esta visión “transparente” de nuestra actividad. Esta perspectiva no anula para nada el carácter profesional de nuestro quehacer. Se trata de dotar de sentido a toda esa agenda, ya que es el sentido el que proporciona identidad a lo que hacemos. Al mismo tiempo una tal mirada a nuestra misión nos invita a vivirla con la desapropiación y con la libertad necesarias.
El segundo versículo es de Isaías (26,12): “Señor tú nos darás la paz porque todas nuestras empresas nos las realizas tú”. Necesitamos encontrar la paz en medio de esta agitación de tareas que, por momentos, puede nublarnos el espíritu. Este versículo nos sitúa en la perspectiva correcta, señalada también en otros lugares de la Escritura: trabajamos para la obra de Otro. Solo en ese caso la paz vendrá a nuestro corazón. No lo hará si la obra la vivimos como nuestra porque, si tiene éxito, nos quedaremos prisioneros de él y, si fracasa, nos entristecemos porque fracasamos nosotros.
El tercer versículo es una de las joyas de Lucas (17,10): “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. La frase se inicia con el ser. Nuestra calidad es la de ser siervos, por tanto, de existir en referencia a otro. El carácter de inútiles nos coloca en una posición de humildad. No tenemos el guion ni somos el elemento imprescindible. Lejos de colocarnos en una posición de debilidad, esta condición nos abre a la confianza absoluta y nos libera también de la “presión de los resultados”, tan extendida en nuestro trabajo como siervos.
Pero el versículo no se agota en la invitación a vivirnos como siervos. Debemos hacer lo que teníamos que hacer. Aquí se abre paso una pregunta que invita a una verdadera reflexión: ¿de verdad estamos haciendo lo que tenemos que hacer? Hay un ser, sí, pero también hay un hacer. No basta con instalarse en el ser de siervos inútiles y eludir la urgente necesidad que tenemos de revisar nuestros “haceres”. Creo que urge una profunda revisión de los mismos. Sobre ellos acechan dos grandes peligros. El primero procede del empeño en mantener modos y maneras que no responden en absoluto a los retos actuales; el segundo, por el contrario, proviene del cambio sin fundamento. En la nómina del primero se sitúan, por ejemplo, planteamientos pastorales sacramentalistas, modos y estilos directivos paternalistas, metodologías ancladas en la pasividad de los alumnos, etc. En el haber del segundo no es difícil localizar fiebres de cambios constantes sin horizonte, seguidismo de cualquier moda psicológica, etc. Frente a esta situación, me atrevo a sugerir dos caminos. El primero de ellos tiene que ver con la necesidad de desarrollar, proponer y acompañar una auténtica espiritualidad del educador cristiano. En el caso de la escuela católica, mucho hemos hablado de la misión compartida, pero mucho menos de la espiritualidad compartida. Esta primera propuesta recogería el necesario desarrollo del ser en línea con los requerimientos de los versículos que hemos comentado. El segundo camino debe iluminar necesariamente el hacer. Un hacer que reedite la pasión y el impulso fundacional de nuestras instituciones y que suponga, por tanto, una recreación de la tradición. Todo un programa.

