Vivir como cristianos
Varios informes documentan la declinación de Iglesias cristianas frente nuevas religiones. Muchos europeos están en búsqueda, pero ya no acuden a las iglesias. Y la franja social más arreligiosa es, generalmente, la de los jóvenes.
La situación es seria, es imposible negarlo. Pero hay que verificar también con qué gafas queremos analizarla y valorarla. Si utilizamos las gafas “miopes” de la sociología religiosa, de la investigación periodística, de los diagramas estadísticos, la situación parece humanamente desesperada. Pero el cristiano, en virtud de una fe vertebrada, adulta, sabe que el metro que hay que utilizar para medir la calidad intrínseca (y no solamente la visibilidad cuantitativa) del cristianismo no es ya el teocrático-constantiniano de la societas christiana medieval, ni el apologético-tridentino de la separación confesional entre las iglesias cristianas, ni tampoco el político-diplomático de los pactos concordatarios entre Estados modernos e Iglesias mayoritarias, ni menos aún el de las Iglesias de Estado, donde la fe queda reducida a la función instrumental de “religión civil”. Estos tipos de Iglesias (o modelos históricos de cristiandad) están ya manifiestamente extintos o en vías de extinción.
No estoy exteriorizando una opinión personal. Lo constató el papa Francisco en la vigilia de la última Navidad, cuando, dirigiéndose a los miembros de la curia vaticana, dijo palabras históricas, sorprendentes: “Hermanos y hermanas: no estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados. […] No estamos ya en un régimen de cristiandad, porque la fe (especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente) ya no constituye un presupuesto obvio de la vida común”. Esta constatación confirma lo que el mismo Papa afirmó varias veces: “No estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época”.
La transición es histórica: estamos pasando de un cristianismo de la obligación estandarizada a una decisión personal tomada en libertad y responsabilidad. No es el fin de Europa, sino de una cierta Europa que se pensaba cristiana. No es el fin del cristianismo, sino de un régimen de cristiandad que funcionaba de forma automática. En ciertos aspectos, estamos regresando a los tiempos primitivos de Tertuliano, que con razón decía: “Los cristianos no nacen, se hacen”. Y hoy uno se hace cristiano no por sostener una figura institucional de Iglesia como fin en sí mismo, sino para alimentar la sociedad civil con aquellos valores comunes, democráticos, compartidos y vinculantes para todos, sin los cuales no puede existir comunidad ni convivencia humana.
Principio de laicidad
Entre estos valores, ocupa el primer puesto el principio de laicidad (¡valor bíblico y cristiano por excelencia!), que es garantía del respeto por todas las legítimas diferencias, fundado en el reconocimiento de la igual dignidad de toda persona. Un principio de laicidad bien entendido no implica en modo alguno la remoción del patrimonio cultural religioso del espacio público para circunscribirlo al ámbito de lo privado como si fuera un gueto, ni tampoco una irresponsable neutralidad del Estado y sus instituciones (en primer lugar, la escuela pública) respecto de las diferentes tradiciones religiosas y filosóficas presentes en la sociedad. Desde este punto de vista, también los códigos civiles y las constituciones nacionales reconocen que deben existir límites objetivos para el laicismo, iguales y contrarios a los límites para el dogmatismo.
Ahora bien, al vivir en una Europa secularizada, los cristianos no pueden pedir a sus Iglesias que actúen como un contrapeso político al Estado de derecho, o que se presenten como sociedades alternativas en competencia con la sociedad civil. Los cristianos, al igual que otros grupos de diversa matriz filosófica y ética, tienen, evidentemente, el derecho de confrontarse en pie de igualdad en una sociedad que se ha hecho cultural y religiosamente plural. Pero esa aportación “cristiana” (hay que recordarlo siempre, sobre todo a quienes están tentados por la nostalgia de una cristiandad que ya no existe más) solo puede ser acogida y valorada en la medida en que se haga capaz de comunicarse, y de comunicarse con argumentos razonablemente plausibles, democráticamente aceptables, jurídicamente compartidos.

