Los que ya no están

No es ya el sexo sino la muerte el gran tabú de la sociedad occidental. De ella no se habla, no existe. Aunque siempre en realidad se muere solo, en el pasado, esto no sucedía a solas. En la casa del moribundo, estaban siempre la familia, los amigos e, incluso, simples vecinos. Hoy, la muerte sucede en la mayor soledad social. En los hospitales, hay enfermos a veces terminales, pero no hay muertos: cuando se produce un deceso, llega rápida la funeraria, que se lleva al reciente difunto al tanatorio. Esa muerte solo será visible allí durante veinticuatro horas. Después, se cumplirá la exclamación de Bécquer: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos”.

Bien solos se quedan ellos excepto un día al año, el de difuntos o su víspera, Todos los Santos. Se visitan los cementerios, se les llevan flores, se encienden velas. Viene, luego, el gran olvido durante 364 días. En Occidente, no se lleva el recuerdo de los que se fueron con la devoción de otras culturas, y no solo de sociedades primitivas, también China. Y, sin embargo, la secuencia de los días 1 y 2 de noviembre obliga a pensar, meditar. Los primeros santos del catolicismo fueron difuntos próximos a la comunidad y que esta entendió que no debían haber muerto: no solo los “mártires”, también, mucho más numerosos, aquellos de una vida digna, entregada a los demás, y cuya ausencia nada puede reemplazar.

“Enterrar a los difuntos”: última de las obras de “misericordia”, de piedad, que ha de extenderse más allá del entierro o incineración, y extenderse, cuando merecido, hasta el reconocimiento de un difunto como “santo”, a su elevación a un altar familiar, como en siglos primeros de la Iglesia. Niños que me escucháis: recordad y decidme quiénes deberían estar aún aquí, aunque ya no están.

 

Revista RyE   N.º 334   Noviembre 2019

 

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