La perspectiva de la sostenibilidad

Donde se plantea una aplicación del concepto de sostenibilidad, procedente del ámbito de la ecología, a la realidad de nuestra misión educativa.

El concepto de sostenibilidad ha llegado a las playas del mundo de la educación procedente del ámbito de la ecología. Sostenibilidad o sustentabilidad, como gustan decir en otras latitudes, es un sustantivo que nombra una determinada acción referida a un presente, pero que pone el juego el futuro como criterio de la misma. Si asumimos la perspectiva del adjetivo, diremos que un determinado proyecto es sostenible cuando busca responder de la mejor manera posible a las necesidades del presente, pero asegurando que esa misma acción asegure un futuro, no solamente igual, sino incluso mejor. Lo que se ha producido en las últimas décadas como consecuencia del fracaso del paradigma moderno del progreso sin límite es la aparición del futuro como instancia ética. Me parece un escenario extraordinariamente interesante para aquellos que vivimos la esperanza derivada de nuestra fe. Ha sido sin ninguna duda la experiencia de la fe cristiana la que ha alimentado la ambición de la construcción de un mundo mejor. Por eso creo que los creyentes debemos asumir esta sensibilidad del momento que vivimos, la inquietud por el futuro.

Cuando el futuro aparece como criterio para las decisiones del presente, lo que se produce de manera inmediata es un cuestionamiento de los hábitos del presente. La inquietud por el futuro nos lleva a la pregunta clave: ¿Qué estanos haciendo en el presente? ¿No será que lo vivimos como si fuéramos los dueños de la historia? ¿No será que nos consideramos amos de lo que hoy tenemos a nuestra disposición y lo manejamos según nuestros intereses más particulares? Desde hace algún tiempo, estoy intentando aplicar la perspectiva de la sostenibilidad al ámbito educativo y confieso que me está resultando verdaderamente fecundo. La educación en general y la educación católica en particular se asientan necesariamente sobre un determinado deseo de futuro. No hay educación sin propuesta de persona y de mundo que conduce y orienta la acción educativa diaria. Desde la perspectiva de la sostenibilidad, la pregunta se impone: ¿Qué debemos hacer hoy en educación para asegurar un futuro mejor para nuestros alumnos y por medio de ellos para todo un mundo mejor? El primer efecto de esta pregunta será, sin duda, alejar a la escuela y a la educación de la tentación del presentismo, es decir, modular nuestro quehacer para responder a las demandas inmediatas del sistema, de la sociedad, de las familias o del mercado laboral, simplemente porque obliga a definir ese mundo deseado y este reto siempre es de enorme interés.

La aplicación de esta perspectiva a los avatares de la escuela católica proporciona una visión tremendamente iluminadora. Todas y cada una de las instituciones de la escuela católica se plantean, a veces de manera acuciante, qué hacer para asegurar la sostenibilidad de su propia tradición carismática, una tradición hasta ahora sostenida por la institución, pero que se ve en peligro real debido a la extrema debilidad de esas mismas instituciones. En este escenario la pregunta anterior adquiere un carácter verdaderamente crucial: ¿Qué tienen que hacer hoy esas instituciones con el fin de asegurar un mejor futuro para las tradiciones educativas de las que han sido portadoras? Si la respuesta las lleva a poner en pie estructuras centralistas basadas en el control creo que fracasan estrepitosamente. El control, como la mentira, tiene las patas muy cortas. La cuestión de fondo que hay que poner encima de la mesa es que esas instituciones no son en sí mismas el carisma. El carisma las supera, las trasciende. Y si esto es así la pregunta inteligente no es qué debo hacer para seguir manteniendo mi rol y el modo en el que lo ejercía, sino qué debo hacer hoy para que el carisma no solo esté presente de manera fecunda y gozosa, sino que lo esté todavía más en el futuro. A las alturas en las que estamos, esta perspectiva resulta algo más que urgente. Si el único camino que le queda al carisma es el camino que lleva la institución, entonces asistiremos a una clara disminución de los recursos carismáticos con los que el Espíritu ha ido adornando a su Iglesia.

Debemos asumir esta sensibilidad del momento que vivimos,
la inquietud por el futuro

Revista RyE   N.º 355   Diciembre 2021
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