Recuperar lo simbólico
El nuevo curso seguramente nos encuentra con la mente y el corazón más despejados de como los teníamos al terminar el curso y, si tuvimos las posibilidad de vacaciones, también un poco más descansados.
Este contexto suele ser favorable para planificar el año que empieza, definir metas y objetivos y organizar nuestra tarea docente. Es un marco propicio para animarnos a lo novedoso sosteniéndonos en aquellos valores que dan sentido nuestra vocación y misión. Esta invitación a avanzar con apertura hacia los nuevos desafíos desde la afirmación de aquellos aspectos esenciales de nuestra identidad es a la que nos tiene habitualmente acostumbrados el papa Francisco desde su testimonio, palabras y magisterio. Y es una clave de lectura para acercarnos a la reflexión que nos regaló el veintinueve de junio de este año en la carta apostólica Desiderio desideravi, sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios.
En este texto, el papa Francisco nos invita a volver a descubrir el sentido de la liturgia como celebración del misterio pascual en la vida de la Iglesia, al mismo tiempo que nos invita a afrontar las particularidades del tiempo presente. Nos plantea que la “fe cristiana, o es un encuentro vivo con él, o no es. La liturgia nos garantiza la posibilidad de tal encuentro”. Desde estas premisas, reafirma los principios generales enunciados por el Concilio Vaticano II, que posibilitaron el redescubrimiento de la comprensión teológica de la liturgia y de su importancia en la vida de la Iglesia.
El propósito principal de la carta apostólica Desiderio desideravi, planteado en su mismo título, es el de motivar e impulsar la formación litúrgica del pueblo de Dios, pero entendiéndola no como mera instrucción, es decir, “saber de liturgia”, sino como respuesta a la pregunta acerca de cómo recuperar la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica partiendo de la misma celebración que “da forma” a la vida entera de la comunidad eclesial.
Aunque no se dirija a nosotros directamente, el papa Francisco nos deja un reto a los educadores en relación a un aspecto fundamental de esta formación litúrgica al expresar que “otra cuestión decisiva [reflexionando de nuevo sobre cómo nos forma la liturgia] es la educación necesaria para adquirir la actitud interior, que nos permita situar y comprender los símbolos litúrgicos” (Desiderio desideravi 47). Como queda claro, no se trata solamente de explicar las partes de una celebración, o enseñar las oraciones y respuestas, sino de favorecer esa predisposición interior para el encuentro con el Señor que se hace presente sacramentalmente, es decir, por medio de palabras y símbolos.
El Santo Padre piensa en la sencilla y a veces oculta tarea de los padres, abuelos, párrocos, catequistas, lista a la que podríamos agregar también a los educadores, de los que aprendimos el poder de los gestos litúrgicos. Nos dice que, “a partir de ese momento, ese gesto, su fuerza simbólica, nos pertenece o, mejor dicho, pertenecemos a ese gesto, nos da forma, somos formados por él. No es necesario hablar demasiado, no es necesario haber entendido todo sobre ese gesto: es necesario ser pequeño, tanto al entregarlo como al recibirlo. El resto es obra del Espíritu. Así hemos sido iniciados en el lenguaje simbólico. No podemos permitir que nos roben esta riqueza. A medida que crecemos, podemos tener más medios para comprender, pero siempre con la condición de seguir siendo pequeños” (Desiderio desideravi 47).
Desde nuestra tarea, tenemos la oportunidad de favorecer y educar en esa actitud interior
El sentido y el valor de lo simbólico
Como decíamos al principio, tenemos un año por delante en el que se nos presentarán nuevos desafíos y oportunidades. A partir de esta reflexión sobre la formación litúrgica, un propósito para este curso escolar podría ser llevar adelante acciones educativas que ayuden a recuperar el valor de lo simbólico y el sentido profundo de la liturgia, que no es más ni menos que vivir cada día el regalo de la Pascua que da sentido a nuestra existencia. Desde nuestra tarea, tenemos la oportunidad de favorecer y educar en esa actitud interior que hace posible que la celebración de la fe sea realmente una experiencia vital.

