Transición religiosa
Transición ha vuelto a escribirse con minúscula. Lejos de ser historia, se utiliza como arma arrojadiza del debate político. Parece un período sin fin, olvidando que fue también un largo proceso de 80 años.
Es lo que nos ha recordado Santos Juliá Díaz, historiador y sociólogo español, en el libro titulado Transición. Historia de una política española (1937-2017), un volumen de 600 páginas que, hace un año, recibió el Premio Francisco Umbral.
Se reconocía la creación literaria y el mejor libro del año escrito en castellano y editado entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2017. El anterior premio recayó en Patria.
El autor declaró su sorpresa por lo de “creación literaria”, dado que había preferido dar la palabra a los protagonistas mas que cuidar el estilo de la obra. Ya en 1979, tradujo su autor un libro que incluía en el título la palabra “Transiciones”, si bien en aquel caso eran “de la antigüedad al feudalismo”.
Como “concepto fuerte”, dice Santos Juliá, la palabra “crea un campo semántico en torno suyo. «Transición» está muy relacionada siempre con fin de la Guerra Civil, amnistía general, proceso de reconciliación, recuperación de las libertades e inicio de un proceso constituyente. Eso se va repitiendo de diversos modos desde 1937, luego, en el exilio; en 1956, hay una expansión a raíz de las protestas estudiantiles y la política adoptada por el partido comunista. La transición es una historia larga, no es la invención de unos oportunistas”.
En plena Guerra Civil, se asocia a las palabras del presidente de la Segunda República Española, Manuel Azaña en el ayuntamiento de Barcelona: “Paz, piedad, perdón”; y a un grupo de intelectuales cristianos franceses.
La Transición, entre 1977 y 1978, no se entiende sin tener en cuenta que lo que se quiere no es solo pasar de una dictadura a una democracia, sino también “clausurar la guerra”, como se decía entonces. Todo el discurso de la reconciliación, creación del Partido Comunista de España (PCE), pretende señalar que la línea divisoria no es la que trazó la guerra, sino la que se trazará entre democracia y dictadura, sin preguntar a nadie de dónde viene.
De eso hablaban socialistas y monárquicos a finales de los 40, y comunistas y cristianos en los 50. La Conferencia Episcopal Española de Vicente Enrique y Tarancón, arrastrada por la Justicia y Paz de Joaquín Ruíz Jiménez, apuesta oficialmente por la reconciliación en 1975.
Todos dejaron por el camino algo de lo que habían esperado; no fue una revolución de las soñadas, pero menos una continuación de lo que había. Conviene no confundir Transición con consenso. Este duró un año, de la convocatoria de las elecciones constituyentes del 15 de junio de 1977 a las que del 1 de marzo 1978, que dan paso a la primera legislatura parlamentaria.
Tanto Suárez como González dieron por terminado el consenso. Empieza una batalla de reproches de dónde viene cada cual, que es algo constante hasta que llega el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) al poder, momento en que el pasado deja de importar, recuerda Santos Juliá. La Transición definitiva acabó bien. Venía también de una transición religiosa.
Pacto para el futuro
De un aprendizaje a negociar octogenario, de cuando un socialista se sienta con un monárquico en los años 40, o, más adelante, un católico se sienta con un comunista, o un franquista con un miembro de la oposición. Ese aprendizaje condujo a pactos políticos y también sociales, como los de la Moncloa. Y hubo un pacto para el futuro, que fue la amnistía. La transición religiosa, que suele situarse entre la económica, protagonizada por tecnócratas del Opus Dei, por cierto, y la Transición estrictamente política, en la que fueron relevantes los Demócratas Cristianos, tiene varios hitos, como el Documento de Santander a mediados de los cincuenta y el Concilio Vaticano II diez años después.
La Transición definitiva acabó bien. Venía también de una transición religiosa

