El arte de soltar

Tenemos que aprender a cultivar el espíritu del desapego, que nos recuerda que ningún ser u objeto nos pertenece, que cada persona sigue su destino. Esta tesis es fundamental en el humanismo.

Soltar significa desapegarse de alguien o de algo a lo que nos aferrábamos. Designa aceptar que no podemos poseerlo y esto, inevitablemente, conlleva un sentimiento de pérdida. Soltar es, en definitiva, aceptar la no permanencia de todas las cosas. Desasirse de algo es aprender a soltar, a dejar ir. Este ejercicio de desposesión no es fácil cuando uno está apegado a algo o a alguien. Trata de buscar cualquier excusa para demorar este movimiento y mantenerse, mientras sea posible, atado a lo que ama. Soltar es doloroso, pero también es liberador. Al soltar, uno se deshace de un peso, de una responsabilidad, pero, a su vez, se siente desnudo, vacío, perplejo. Cuanto más arraigada esté en una persona la actitud posesiva, más difícil le será practicar el movimiento de soltar. Por el contrario, cuanto más claro tenga uno que nada le pertenece y que todo es transitorio, más dispuesto está a dejar ir, a despedirse de lo que posee.

A veces nos sentimos impotentes, pues ciertas cosas no dependen de nosotros. Esto nos conduce a aprender a dejar ir, a no querer controlarlo todo, a crecer en confianza, en desapego, en la humildad, en la serenidad, en el amor. Esta impotencia puede ser el principio de una metamorfosis si uno es capaz de rendirse frente a lo que lo supera. La rendición se puede interpretar como una derrota, pero también como una victoria. Si, en cambio, uno se empecina en controlar lo que está fuera de su alcance, solo va a cosechar fatiga y frustración. Es natural apegarse a las personas que amamos. No hay amor sin apego. Pero tenemos que aprender a cultivar el espíritu del desapego, que nos recuerda que ningún ser nos pertenece, que cada persona sigue su destino. Esta tesis es fundamental en el humanismo. La persona no es un bien patrimonial, ni una cosa. No pertenece a nadie, ni siquiera a sí misma. Desapegarse de las personas que amamos significa asumir esta condición de no disponibilidad. No podemos disponer de los demás como si fueran objetos, tampoco mandar sobre sus vidas y destinos. Amar es dejar ser al otro lo que está llamado a ser. Eso solo es posible si uno se ejercita en el desasimiento.

Nacemos apegados físicamente a alguien, vinculados orgánicamente a otro ser que es nuestra madre. El ombligo nos recuerda este vínculo carnal. Al nacer, somos separados de ella. El cordón umbilical es cortado y uno empieza su vida de manera autónoma. Aun así, necesita el amparo de la familia para poder desarrollarse, pero es una individualidad única y no una mera prolongación de los genes de la familia. Crecer es, progresivamente, desarrollar la propia autonomía, el propio proyecto vital, pero solo es posible si los progenitores se desapegan de él y le dejan campo para correr.

No podemos disponer de los demás como si fueran objetos,
tampoco mandar sobre sus vidas

Soltar y la serenidad

Existe una íntima relación entre el ejercicio de soltar y la serenidad. La serenidad no es un don, ni un bien natural. Es el fruto de una ardua conquista. La serenidad o tranquilidad del alma (tranquillitas animæ), tal como decían los filósofos estoicos latinos, se obtiene cuando uno ha aprendido a desasirse de todo cuanto tiene, cuando es capaz de dejar lastre, de soltar y soltarse sin experimentar pena por ello. El desasosiego es consecuencia de la multiplicación de ataduras. Cuando uno no está dispuesto a desposeerse, aumentan sus padecimientos. Esta voluntad de mantenerlo todo bajo control, atado a su ser, le causa un infinito universo de aflicciones. No hay mayor carrera que la de la vida misma. Esta se ocupa de que aprendamos a soltar. Y este aprendizaje puede darse por buenos o malos cauces. Se da por malos cauces cuando no nos tornamos conscientes de la fuente de dolor o cuando, ante la pérdida, desperdiciamos nuestra energía tan solo en sufrir, sin extraer el aprendizaje que late tras cada vivencia dolorosa. Sin embargo, el aprendizaje se da por buenos cauces cuando, con cada caída, tratamos de poner consciencia en qué es lo que duele.

Revista RyE   N.º 354   Noviembre 2021

 

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